El análisis
Empatan en la mayor grieta territorial del test y casi no discuten de economía
En territorio les separan ciento noventa y seis puntos, la mayor distancia de los ciento treinta y seis pares del test, empatada solo con Núcleo Nacional. En economía, la distancia es de apenas quince: la CUP es la formación más intervencionista de las diecisiete y Falange empata exactamente con Sumar.
01Ciento noventa y seis puntos, ninguna de las cuatro preguntas en común
CalibraciónEl eje territorial separa a la CUP y a Falange Española de las JONS ciento noventa y seis puntos, la mayor distancia de los ciento treinta y seis pares del test, y solo la iguala la que separa a la CUP de Núcleo Nacional. Las cuatro preguntas del eje se responden en sentido opuesto, desde si Cataluña, el País Vasco y Galicia son naciones con derecho a decidir hasta si el castellano debe ser lengua vehicular garantizada por ley.
El dato no es un accidente del vector agregado. La CUP puntúa noventa y ocho en este eje, la cifra más alta de los diecisiete partidos, por delante de Esquerra y de Junts, en noventa y cinco. Falange puntúa menos noventa y ocho, y ahí coincide de forma exacta con Núcleo Nacional: los dos partidos más centralistas del test. La CUP es el borde extremo de todo el eje; Falange, el del lado contrario.
Esa distancia no arrastra, sin embargo, la afinidad global hasta el fondo de la tabla. Con un treinta y siete por ciento, este par queda entre los cinco más bajos de los ciento treinta y seis, empatado con Esquerra frente a Falange; por debajo solo Ciudadanos frente a Falange, Ciudadanos frente a Núcleo y Vox frente a la CUP. El territorio es el techo del desacuerdo, no el único material del que está hecho.
02Un partido nacido contra la nación pequeña, otro nacido para hacerla
RegistroFalange Española nace en 1933 de la mano de José Antonio Primo de Rivera con un programa que define a España como una unidad de destino y trata a los nacionalismos catalán y vasco como una amenaza de fragmentación que combatir desde el Estado, no acomodar dentro de él. El centralismo integral iba junto al rechazo del parlamentarismo liberal entre sus pilares declarados.
Ese programa no quedó en papel. Al terminar la Guerra Civil en 1939, la Generalitat de Catalunya fue abolida como institución de autogobierno, y su presidente, Lluís Companys, capturado por la Gestapo en la Francia ocupada y entregado a las autoridades españolas, fue fusilado en 1940 tras un consejo de guerra sumarísimo. El centralismo que Falange predicaba en 1933 se tradujo, pocos años después, en la disolución armada del autogobierno catalán.
La izquierda independentista catalana de la que la CUP hereda tradición nace del lado opuesto de ese desenlace. En el referéndum constitucional de 1978, buena parte de ese espacio pidió el no o la abstención, por entender que el nuevo marco no reconocía a Cataluña un derecho a decidir su encaje. Esquerra acabó integrándose en las instituciones autonómicas que ese texto creaba; la tradición de la que sale la CUP tardó casi tres décadas más.
03El eje donde casi no hay pelea
CalibraciónLa distancia más pequeña de las nueve no es la económica: es la de régimen, solo diez puntos, sin sorpresa. La CUP puntúa menos ochenta y cinco y Falange menos noventa y cinco, y las cuatro preguntas del eje (monarquía, sustitución del sistema, vigencia de la Constitución, traición de las élites) se responden de forma idéntica. Dos rupturismos coinciden en que hay que tirar el edificio, aunque no se pongan de acuerdo en qué construir después.
La sorpresa está en la economía: quince puntos, casi tan poca distancia como en régimen. Coinciden en siete de ocho preguntas del eje, entre ellas rechazar bajar impuestos a las empresas y defender los topes al alquiler y el impuesto a las grandes fortunas. La CUP es la formación más intervencionista de las diecisiete, con menos noventa; Falange puntúa menos setenta y cinco, exactamente lo mismo que Sumar. Su propia ficha resume la doctrina como «ni capitalismo ni marxismo», y ese anticapitalismo aterriza más cerca de la CUP que del PP o de Vox.
La única grieta económica real es la renta básica universal: la CUP la apoya como respuesta a la pérdida de empleo por automatización, Falange la rechaza. Es la frontera exacta del acuerdo: el nacionalsindicalismo quiere salario familiar y sindicato vertical encuadrando al trabajador dentro de la nación, no una transferencia individual gestionada fuera de esa estructura.
04Costumbre, cuerpo y quién es el sujeto: los tres frentes sin frontera común
CalibraciónEn tradición y en religión, los ejes que miden a Burke frente a Paine, la distancia es de ciento cincuenta y ciento setenta puntos. La CUP rechaza el modelo familiar tradicional como referencia legal, la tauromaquia como patrimonio y las costumbres heredadas, y defiende la memoria histórica como política de Estado; Falange sostiene lo contrario en las cuatro. En religión se repite el patrón, con la concertada, los privilegios de la Iglesia y los símbolos religiosos en lo público: Falange los defiende todos, la CUP se opone a todos.
En libertad civil, ciento treinta y ocho puntos separan a una CUP que apoya el aborto sin restricciones, la eutanasia como derecho amplio y la despenalización del consumo adulto de drogas, de una Falange que sostiene lo contrario en las cuatro preguntas del eje. El menos noventa y ocho de Falange aquí es la puntuación más autoritaria de los diecisiete partidos en materia de cuerpo y libertad individual: ni siquiera Núcleo Nacional llega tan lejos.
Y en identidad, ciento setenta y cinco puntos separan dos polos que no son variantes de lo mismo: el eje no es simétrico y su centro es el universalismo. La CUP se sitúa en el polo del reconocimiento de minorías (cuotas, lenguaje inclusivo, derechos colectivos de LGTBI, mujeres y naciones sin Estado); Falange, en el opuesto, el de la identidad de mayoría. Llamar «identitarias» a las dos por igual borraría justo lo que el eje distingue: no protegen al mismo sujeto.
05Coinciden en que alguna opinión debe ser delito
CalibraciónEn libertad de expresión la distancia vuelve a ser pequeña, veinte puntos. A la afirmación de que ninguna opinión debe ser delito por su contenido, la llame alguien «fascista», «de odio», «antiespañola» o «blasfema», las dos responden que no. Dicho sin el doble negativo: las dos aceptan que el Estado convierta en delito determinadas opiniones. La coincidencia no es libertaria, es punitiva.
Lo que cambia es el catálogo. La CUP apoya penalizar el discurso de odio hacia colectivos protegidos y rechaza proteger a la corona, al ejército o a los símbolos del Estado; su propia ficha la describe como «autoritaria en discurso». Falange sostiene lo contrario: defiende penar las ofensas a la corona y a los símbolos nacionales, y rechaza el discurso de odio por considerarlo un dispositivo del régimen que quiere derribar. Cada una protege su catálogo de sentimientos heridos y castiga el del contrario.
Sumadas las coincidencias, quince de las cuarenta y dos afirmaciones del test, y se reparten solo entre cuatro ejes: economía, régimen, libertad de expresión y la prioridad de la soberanía nacional sobre cualquier marco supranacional, aunque la nación que cada una quiere soberana no sea la misma. Las veintisiete divergencias se concentran en tradición, religión, identidad y territorio: dos rupturismos que comparten el diagnóstico del régimen y no comparten casi nada de lo que vendría después.
El dato incómodo no es que la CUP y Falange se parezcan: es en qué se parecen. Ninguna coincide con la otra por moderación; coinciden porque las dos son, cada una en su extremo, formaciones que rechazan el mercado, rechazan el régimen del 78 y aceptan penar alguna opinión ajena. La mayor distancia territorial del test convive con esa coincidencia sin contradecirla: compartir el diagnóstico de a quién hay que derribar no dice nada sobre quién debería ocupar su lugar.
