El análisis
Divergen más por el mapa que por el 78, y ahí el PNV sale más firme que Vox
En territorio la distancia es de ciento cincuenta y cinco puntos, la mayor de las nueve; en régimen, el eje que debería medir el pulso con el 78, se queda en noventa, y ahí el PNV, que nunca respaldó la Constitución, sale calibrado más continuista que Vox. En economía, tradición y religión, en cambio, casi no discuten.
01Un partido centenario y una candidatura de una legislatura
RegistroEl PNV nace en 1895 de la mano de Sabino Arana, sobre una base católica y foralista que deriva pronto en democracia cristiana. Desde el restablecimiento de la autonomía vasca controla el Gobierno vasco de forma casi continua, apoyado en diputaciones forales y ayuntamientos anteriores al propio Estado autonómico. El Concierto Económico que administra no nace de la Constitución de 1978: es un régimen fiscal foral que el partido entiende como derecho histórico.
Esa distinción explica su relación con el 78: el PNV se abstuvo en el referéndum constitucional y nunca ha suscrito el texto como propio, aunque sí ha sostenido presupuestos e investiduras de gobiernos de distinto signo a cambio de competencias y financiación. Su continuismo institucional no nace de haber firmado la Constitución, sino de haber negociado dentro de ella durante décadas.
Se Acabó La Fiesta no tiene ese recorrido. La encabeza Alvise Pérez, que antes de fundar el partido difundía denuncias de corrupción a una comunidad de seguidores en Telegram y logra representación en el Parlamento Europeo tras las elecciones de junio de 2024. No hay diputaciones, ayuntamientos ni décadas de cuadros locales detrás: la organización es, todavía, poco más que su fundador y el canal que lo dio a conocer.
02El mapa: la distancia más grande del par
CalibraciónLa distancia mayor de las nueve no está en el régimen sino en el territorio: ciento cincuenta y cinco puntos, cuarenta más que el siguiente desacuerdo del par, el internacional. El PNV puntúa setenta y cinco, en el polo federal y plurinacional; SALF, menos ochenta, cerca del extremo centralista del test.
Las cuatro preguntas del eje divergen en bloque. El PNV sostiene que Cataluña, País Vasco y Galicia son naciones con derecho a decidir su autogobierno y defiende avanzar hacia un Estado federal; SALF rechaza las dos. El PNV se opone a imponer por ley el castellano como lengua vehicular en los territorios con lengua propia y a recentralizar competencias autonómicas; SALF defiende ambas cosas.
No hay matiz que corregir: ninguna de las cuatro respuestas necesita ajuste manual en ninguno de los dos partidos. Es el eje donde el modelo capta con más limpieza qué separa a un nacionalismo periférico centenario de un populismo que hace del centralismo bandera explícita en su propia descripción.
03Quién es la nación y quién manda fuera de ella
CalibraciónLos dos siguientes desacuerdos van juntos porque miden la misma pregunta desde ángulos distintos. En internacional la distancia es de ciento quince puntos: el PNV, con cincuenta y cinco, es europeísta sin matices, apoya la Unión Europea y la regularización de inmigrantes con arraigo, y rechaza blindar fronteras; SALF, con menos sesenta, sostiene lo contrario en las cuatro preguntas.
En identitarismo, eje que no es simétrico, quedan en polos opuestos: el PNV en treinta y cinco, del lado de las minorías protegidas, porque entre los grupos que reconoce están las naciones sin Estado; SALF en menos setenta, del lado etnonacional que protege a la mayoría española. Ciento cinco puntos entre dos identitarismos que no son la misma cosa con distinto signo.
Hay un matiz compartido y es un silencio, no un acuerdo: a ninguno de los dos le encaja bien la pregunta de priorizar a los ciudadanos españoles frente a los inmigrantes. El PNV queda neutral porque su sujeto son los vascos y el modelo lo corrige a mano; SALF, en cambio, sí la suscribe, coherente con un etnonacionalismo cuyo sujeto es España entera.
04El régimen: el PNV sale más firme que Vox sin haber firmado nada
CalibraciónEl régimen es solo el cuarto desacuerdo del par, noventa puntos, y es el que mejor retrata la paradoja del PNV: con sesenta puntos, queda calibrado más continuista que Vox, que se queda en veinticinco, pese a no haber firmado la Constitución que Vox defiende sin matices. La diferencia está en cómo se construye cada vector: Vox lleva un ajuste manual que le resta continuismo por su discurso antiélite; el PNV no necesita ningún ajuste en este eje, sus cuatro respuestas salen limpias del vector.
Las cuatro preguntas divergen con SALF. El PNV defiende que la monarquía debe preservarse, que la Constitución sigue funcionando y que el sistema no debería sustituirse, y niega que las élites hayan traicionado a nadie; SALF necesita corrección manual en las cuatro, porque su rupturismo es de denuncia práctica, sin proyecto institucional detrás: queda neutral en monarquía y suscribe lo contrario del PNV en las otras tres.
Aun así, SALF es, de los doce partidos del polo rupturista, el segundo menos alejado del centro, solo por detrás de Sumar: menos treinta, lejos de los menos noventa y cinco de Falange o Núcleo. Rechaza el edificio sin proponer uno articulado; el PNV, que tampoco lo firmó, lleva décadas negociando dentro de él sin que el modelo le corrija una sola respuesta.
05Donde casi no discuten: mercado, costumbre y templo
CalibraciónEn economía casi no discuten: veinticinco puntos de distancia y coincidencia en seis de las ocho preguntas. Los dos bajarían los impuestos a las empresas y flexibilizarían el despido, y los dos rechazan subir el salario mínimo, romper el reparto íntegro de las pensiones, una sanidad exclusivamente pública y la renta básica universal. Solo discrepan en los topes al alquiler y en el impuesto a las grandes fortunas, que el PNV aplica en Euskadi y SALF rechaza.
En tradición coinciden en las cuatro preguntas: familia de referencia, tauromaquia como patrimonio, costumbres heredadas a preservar y memoria histórica fuera de la política de Estado. En religión, la menor distancia del par, apenas cinco puntos, coinciden también en las cuatro: concertada religiosa financiada, símbolos religiosos en lo público, religión con efectos académicos y privilegios fiscales de la Iglesia intactos.
El acuerdo se rompe en el cuerpo y se reparte en la palabra. En libertad civil el PNV es reformista: aborto, eutanasia y despenalización de las drogas; SALF no toma postura en las dos primeras y rechaza la tercera. En expresión coinciden solo en rechazar las leyes que penalizan ofensas a los símbolos del Estado, y divergen en todo lo demás: el PNV sí penalizaría el discurso de odio y SALF no, y SALF pide una regulación mínima de medios que el PNV rechaza.
La afinidad es del cincuenta y nueve por ciento, con dieciséis de cuarenta y dos respuestas compartidas: para el PNV es la quinta más baja del test, empatada con la CUP y por delante solo de Vox, Frente Obrero, Núcleo y Falange, sus cuatro relaciones más frías. Para SALF, en cambio, es su tercera mejor relación con un nacionalismo periférico, por detrás de Aliança Catalana y Junts. Al PNV le obliga a explicar por qué su mapa institucional, negociado durante décadas, coincide en el mercado y en la costumbre con un partido sin un solo ayuntamiento propio. A SALF, por qué su propio índice de ruptura, menos treinta, queda más cerca del centro que los sesenta puntos de continuismo del partido que nunca firmó el pacto que mejor defiende.
