«The enemy is not merely any competitor or just any partner of a conflict in general. He is also not the private adversary whom one hates. An enemy exists only when, at least potentially, one fighting collectivity of people confronts a similar collectivity. The enemy is solely the public enemy […] The enemy is hostis, not inimicus in the broader sense […] The often quoted “Love your enemies” […] reads “diligite inimicos vestros,” […] and not diligite hostes vestros. No mention is made of the political enemy. […] The enemy in the political sense need not be hated personally.»
testpolitica / conceptos / amigo-enemigo
Distinción amigo-enemigo.
Tesis de Carl Schmitt: lo político no se reduce a lo económico, lo moral o lo estético, sino a la distinción existencial entre amigo y enemigo público.
También conocido como: amigo/enemigo · el concepto de lo político (Schmitt) · criterio de lo político · Freund/Feind
Sección 01
Definición
canónica.
Carl Schmitt publicó «Der Begriff des Politischen» tres veces, y las tres son textos distintos. La primera fue un artículo de 1927 en el «Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik» (vol. 58, cuaderno 1, pp. 1-33, Tubinga, J. C. B. Mohr). La segunda, ampliada, salió como libro en 1932 en Duncker & Humblot. La tercera apareció en 1933 en la Hanseatische Verlagsanstalt, considerablemente modificada, el mismo año en que Schmitt se afilió al partido nazi (1 de mayo de 1933, carné 2.098.860). Cuando en 1963 autorizó la reimpresión, eligió el texto de 1932 y descartó el de 1933, que era el último en el que había trabajado. Esa decisión editorial explica que el texto canónico hoy, el que Alianza publica en castellano desde 1991 en traducción de Rafael Agapito, sea el de 1932. Conviene saberlo antes de discutir «lo que dice Schmitt»: no dice lo mismo en las tres versiones, y la más marcada por el clima político en que salió es precisamente la que el propio autor dejó caer.
El problema que venía a resolver era circular. La teoría del Estado de su tiempo definía lo político por referencia al Estado, y el Estado por su carácter político, y Schmitt abre el texto invirtiendo el orden: «el concepto del Estado presupone el concepto de lo político». Si el Estado es una forma histórica concreta, tiene que haber algo anterior que lo constituya. Para localizarlo busca un criterio, no una definición exhaustiva: igual que la moral se ordena por bueno y malo, la estética por bello y feo y la economía por rentable y no rentable, lo político se ordena por amigo y enemigo. La analogía tiene truco, y quien lo advierte es el propio texto: lo político es independiente, pero «no en el sentido de un dominio nuevo y distinto», sino en que no puede fundarse en ninguna de las otras contraposiciones ni reducirse a ellas. No es una provincia de la cultura con materia propia; es un grado de intensidad, y la formulación exacta es que la distinción amigo-enemigo «denota el grado máximo de intensidad de una unión o una separación». En 1927 el texto decía en ese punto justo lo contrario (allí lo político sí era «independiente, como una zona separada junto a otros ámbitos relativamente autónomos»), lo que da la medida de cuánto se movió entre versiones. Leo Strauss, en las notas que publicó sobre el libro en 1932, señaló otra asimetría del par: de los dos elementos manda el enemigo, porque toda «totalidad de hombres» «busca amigos solo, tiene amigos solo, porque ya tiene enemigos».
De ahí salen tres distinciones internas que la discusión pública confunde casi siempre. La primera separa el enemigo público del privado. «El enemigo no es simplemente cualquier competidor ni cualquier antagonista en general. Tampoco es el adversario privado al que se odia», escribe Schmitt; «el enemigo es hostis, no inimicus». Lo apoya en un detalle filológico que casi nunca se cita: el mandato evangélico dice «diligite inimicos vestros» (Mateo 5:44), no «diligite hostes vestros», de modo que el precepto de amar al enemigo se refiere al enemigo personal y no toca al político. Y remata con una frase que desactiva la mitad de los usos actuales del concepto: «el enemigo en sentido político no necesita ser odiado personalmente». Amigo-enemigo no describe una antipatía; describe la posibilidad real de que dos colectividades lleguen a enfrentarse.
La segunda distinción es que lo político no tiene contenido propio. «Todo antagonismo religioso, moral, económico, ético o de otro tipo se transforma en antagonismo político si es lo bastante fuerte como para agrupar efectivamente a los seres humanos en amigos y enemigos.» La religión, la lengua, la clase o la nación no son políticas por naturaleza: lo son cuando alcanzan esa intensidad. De ahí dos consecuencias. Una, que la categoría no es étnica por sí misma: el contenido del nosotros y del ellos queda abierto. Otra, la que subraya Lars Vinx: es ingenuo suponer que lo político se apagará cuando se enfríe el conflicto de turno, porque la intensidad se muda a otra distinción y hereda su carga letal.
La tercera distinción es la que más se pierde y la que más falta hace. Ya en 1932 Schmitt describe la degradación: una guerra que se presenta como la guerra definitiva de la humanidad «degrada al enemigo a categorías morales y se ve obligada a hacer de él un monstruo que no solo hay que derrotar, sino aniquilar por completo». Más adelante, en el mismo libro, evoca «una expresión algo modificada de Proudhon: quien invoca la humanidad quiere engañar», y explica el mecanismo: confiscar la palabra «humanidad» sirve para «negar al enemigo la cualidad de ser humano y declararlo fuera de la ley de la humanidad». Tres décadas después, en «Theorie des Partisanen» (1963), le pone nombre: enemigo real frente a enemigo absoluto. Y define el real por contraste: «Enemigo no es alguien que, por una razón u otra, deba ser eliminado y destruido por carecer de valor. El enemigo está a mi mismo nivel.» Tratar al rival como enemigo público legítimo es lo contrario de tratarlo como escoria moral. Solo lo segundo autoriza el exterminio.
El concepto entró en castellano mal traducido y por la versión equivocada. Francisco Javier Conde publicó la primera traducción española en 1941, dentro de «Estudios políticos» (Cultura Española, Madrid): partió de la edición de 1933, la que Schmitt acabaría descartando, y, según el reproche de Francisco Elías de Tejada que recogen sus editores actuales, trabajó siguiendo al pie de la letra la traducción italiana en lugar de servirse del original alemán, de modo que vertió el neutro «lo político» como «la política» y «politicidad», que es justo lo que el libro niega. Los juristas del primer franquismo (Conde, Luis Legaz Lacambra, Carlos Ollero) adoptaron a Schmitt y a la vez le amputaron la pieza incómoda: negaron que dentro del nuevo Estado pudiera existir un enemigo político interior, porque admitirlo equivalía a admitir pluralismo. El efecto, como resume José Antonio López García, fue que toda actividad política distinta de la oficial quedaba relegada a la esfera privada, «en la cual no hay “enemigo” propiamente dicho, no hay hostis, sino inimicus». La disidencia dejaba de ser política y pasaba a ser delito. Los vínculos españoles de Schmitt fueron largos: sus dos conferencias de marzo de 1962, en Pamplona y en Zaragoza, son el origen declarado de «Teoría del partisano».
Desde los años noventa el esquema también se trabaja desde la izquierda posmarxista. Chantal Mouffe acepta el diagnóstico (el antagonismo no se puede erradicar) y rechaza la conclusión: propone instituciones que conviertan el antagonismo en agonismo, es decir, en un conflicto que no adopte «la forma de una lucha entre enemigos (antagonismo), sino entre adversarios (agonismo)». El adversario es «el oponente con el que compartimos una adhesión común a los principios democráticos de libertad e igualdad para todos, aunque discrepemos sobre su interpretación». Mouffe insiste en que eso no es el competidor del liberalismo, que ve el campo político como «un terreno neutral en el que distintos grupos compiten por posiciones de poder» sin cuestionar la hegemonía dominante. Y añade el giro más útil para leer un telediario: cuando se declara superado el modelo amigo-enemigo, la frontera no desaparece, se redibuja en clave moral entre «nosotros los buenos» y «ellos los malvados». «Cuando el oponente se define en términos morales y no políticos, no puede ser concebido como un adversario, sino solo como un enemigo», y con el enemigo moral, escribe, no cabe debate agonista.
En el test, el concepto opera implícito en varios ejes. El polo de coacción civil (Hobbes, Schmitt), el polo soberanista del eje internacional y el polo etnonacional del eje identitarista descansan en lecturas de la política como conflicto irreductible, y el eje de régimen separa a quien reforma dentro del marco constitucional de quien lo trata como un enemigo a sustituir. El indicador de distancia afectiva es la medición más directa: seis preguntas sobre cuánto se rechaza a quien piensa lo contrario, formuladas sin nombrar partidos. Mide, en la vida cotidiana de quien responde, si el que discrepa es un adversario o un enemigo.
Sección 02
Fuentes
verificadas.
Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.
«Every religious, moral, economic, ethical, or other antithesis transforms into a political one if it is sufficiently strong to group human beings effectively according to friend and enemy.»
«Such a war is necessarily unusually intense and inhuman because, by transcending the limits of the political framework, it simultaneously degrades the enemy into moral and other categories and is forced to make of him a monster that must not only be defeated but also utterly destroyed. […] Here one is reminded of a somewhat modified expression of Proudhon’s: whoever invokes humanity wants to cheat. To confiscate the word humanity, to invoke and monopolize such a term probably has certain incalculable effects, such as denying the enemy the quality of being human and declaring him to be an outlaw of humanity; and a war can thereby be driven to the most extreme inhumanity.»
«Una determinación conceptual de lo político se puede lograr solamente a través del descubrimiento y verificación de las categorías políticas específicas. De hecho, lo político es independiente, como una zona separada junto a otros ámbitos relativamente autónomos del pensar y del quehacer humano […] La distinción política específica, a la que pueden remitirse las acciones y motivos políticos, es la distinción entre amigo y enemigo. […] El enemigo político no necesita ser moralmente malo ni estéticamente feo; no debe mostrarse como un competidor económico e incluso puede ser beneficioso hacer negocios con él. Pero sigue siendo el otro, un extranjero.»
«An enemy is not someone who, for some reason or other, must be eliminated and destroyed because he has no value. The enemy is on the same level as am I. For this reason, I must fight him to the same extent and within the same bounds as he fights me. […] The partisan has a real, but not an absolute enemy. […] Lenin shifted the conceptual center of gravity from war to politics, i.e., to the distinction of friend and enemy. […] But Lenin, as a professional revolutionary of global civil war, went still further and turned the real enemy into an absolute enemy.»
«By which I mean that in democratic societies, while conflict cannot and should not be eradicated, neither should it take the form of a struggle between enemies (antagonism), but rather between adversaries (agonism). This is why, in my view, the central category of democratic politics is the category of the „adversary“, the opponent with whom we share a common allegiance to the democratic principles of „liberty and equality for all“ while disagreeing about their interpretation. […] According to my conception of „adversary“, and contrary to the liberal view, the presence of antagonism is not eliminated but „tamed“, so to speak. What liberals call an “adversary” is actually a “competitor”. They envision the field of politics as a neutral terrain in which different groups compete for positions of power, that is, their objective is to dislodge others in order to occupy their place, without challenging the dominant hegemony […] It is a genuine confrontation but one that is played out under conditions regulated by a set of democratic procedures accepted by the adversaries. […] frontiers between us and them, far from having disappeared, are continually reinscribed, but since the „them“ can no longer be defined in political terms — given that the adversarial model has supposedly been overcome — these frontiers are drawn in moral categories, between „us the good“ and „them the evil ones“. […] When the opponent is defined in moral rather than political terms, he cannot be envisioned as an adversary but only as an enemy. With the „evil them“, no agonistic debate is possible — they must simply be eradicated.»
«[…] en 1963, Schmitt autoriza la reimpresión de la versión de 1932 y no la de 1933, que no solo era la última en la que había trabajado, sino la más desarrollada de acuerdo al ambiente político […] en el que se publicó. […] La primera traducción de El Concepto de lo Político que se publicó en español fue la versión de 1933 y con un gran desacierto: Francisco Javier Conde tradujo [des Politischen], es decir, lo político por la política. […] Este texto apareció en 1941 en Estudios Políticos. […] La incursión formal de Schmitt en el Nacionalsocialismo se produjo el 1 de mayo de 1933 con su afiliación al partido nazi. Su número fue: 2.098.860. […] Cuando Alianza Editorial adquiere los derechos de publicación de El Concepto de lo Político, descarta la versión de Conde, elige la versión schmittiana de 1932 y con la traducción de Rafael Agapito publica, por primera vez, en 1991.»
«El efecto más importante del no reconocimiento del enemigo público interior es que toda actividad política diferente a la franquista sólo puede quedar en la esfera privada «en la cual no hay “enemigo” propiamente dicho, no hay hostis, sino inimicus». […] Reducido todo a la esfera privada, la oposición política al franquismo solamente podía desarrollarse como actividad privada: como oposición ético-privada o como delito.»
«Though Schmitt had not been a supporter of National Socialism before Hitler came to power, he sided with the Nazis after 1933. […] Since the political is not tied to any particular substantive distinction, Schmitt argues, it is naïve to assume that the political will disappear once conflicts arising from a particular distinction no longer motivate opposing groups to fight. Political identification is likely to latch on to another distinction that will inherit the lethal intensity of political conflict.»
«Sobre esta versión, escribe Tejada: “Hay una traducción castellana por Francisco Javier Conde incluida a las páginas 109-191 de Estudios políticos, Madrid, Cultura Española, 1941. Pero no es recomendable por adolecer de graves defectos en la versión, entre ellos la imprecisión de traducir el neutro «político» por «política» y «politicidad», debido a que el traductor realizó su trabajo siguiendo al pie de la letra la traducción italiana de D. Cantinori en los Principii politici del Nazionalsocialismo, Firenze, G. C. Sansoni, 1935, en lugar de servirse del original alemán”»
Sección 03
En España,
hoy.
En España el término circula sobre todo como reproche, y se lanza en las dos direcciones con el mismo vocabulario: llamar «schmittiano» a un rival, o acusarle de «polarizar» o de «levantar un muro», es una jugada disponible para cualquiera y no identifica a ningún bando. Hay una excepción documentada, y es la línea que arranca de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que asume la construcción de una frontera política como método explícito y no como patología: Íñigo Errejón publicó con la propia Mouffe un libro de diálogo, «Construir pueblo» (Icaria, 2015), en pleno ciclo de irrupción de Podemos. Hay además una capa histórica que el castellano arrastra y que conviene conocer antes de usar la palabra: los juristas del primer franquismo importaron a Schmitt negando que dentro del nuevo Estado pudiera existir un enemigo político interior, con el resultado de que la oposición dejaba de ser política y pasaba a ser delito. Quien hoy apela a los «enemigos» de una comunidad, sea la que sea, se mueve en un terreno con ese antecedente. Merece la pena separar tres cosas que suelen decirse a la vez. Describir un conflicto como político en el sentido de Schmitt (hay dos bandos y la discrepancia es de fondo) no es lo mismo que construir esa frontera a propósito para movilizar, y ninguna de las dos es lo mismo que moralizarla hasta convertir al rival en monstruo, que es lo que Schmitt describía como degradación de lo político. El test no puntúa nada de esto en los nueve ejes: lo recoge aparte, en el indicador de distancia afectiva, que pregunta por «alguien con posiciones contrarias a las mías» y evita nombrar partidos justamente para que la medida no se convierta en otro marcador de bando.
Sección 04
Trampas
comunes.
- Confundir el enemigo público (hostis) con el privado (inimicus). Schmitt distingue los dos con un argumento filológico sobre Mateo 5:44 y dice expresamente que «el enemigo en sentido político no necesita ser odiado personalmente». Buena parte de los artículos que invocan el «amigo-enemigo» lo aplican a una antipatía personal o a una bronca de tertulia, que es exactamente el caso que el texto excluye.
- Leerlo como programa y no como criterio. Schmitt sostiene que la distinción amigo-enemigo es lo que define lo político, no que haya que fabricar enemigos para hacer política. Usar «schmittiano» como sinónimo de «polarizador» es un uso derivado y muy posterior. Que la descripción sea acertada no obliga a celebrarla, y que el autor se pusiera del lado del nazismo no la vuelve falsa: son dos juicios distintos.
- Confundir enemigo real con enemigo absoluto. Es la distinción que Schmitt formula en «Teoría del partisano» (1963) y que ya insinúa en 1932: el enemigo absoluto se define por carecer de valor, y por eso autoriza a aniquilarlo; el real «está a mi mismo nivel». La retórica que convierte al adversario en escoria moral no es más schmittiana, es lo que Schmitt describía como el momento en que lo político se degrada en moral.
- Dar por hecho que la categoría es étnica. El texto dice lo contrario: cualquier antagonismo (religioso, económico, lingüístico, de clase) se vuelve político al intensificarse, y el contenido del nosotros queda abierto. Pero el error inverso también es un error: Schmitt se afilió al NSDAP el 1 de mayo de 1933, se puso del lado del nazismo a partir de ese año y la tercera versión del libro se reescribe en ese clima. Leerlo sin la biografía es ingenuo; reducirlo a la biografía es perder el diagnóstico.
- Suponer que es una herramienta de un solo bando. En España la usó el franquismo, pero al revés de como se supone: negando que hubiera enemigo político interior, para que la oposición no fuera política sino delito. Y desde los años noventa el esquema se trabaja también desde la izquierda posmarxista, con Chantal Mouffe aceptando el diagnóstico de que el antagonismo no se erradica y discutiendo la salida.
- Traducir el «adversario» de Mouffe por buenos modales en el debate. Ella misma marca la diferencia: el competidor liberal disputa posiciones dentro de un terreno que da por neutral, mientras que el adversario disputa qué proyecto hegemónico se impone, y el antagonismo no se elimina, solo se «domestica» bajo procedimientos democráticos aceptados por las partes. Agonismo no es consenso ni cortesía: es conflicto real con reglas compartidas.
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Y tú
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