El análisis
Cuarenta y dos respuestas iguales: el test mide cuánta periferia, no cuál
Responden lo mismo en las cuarenta y dos afirmaciones, sin una sola divergencia, con un noventa y cuatro por ciento de afinidad: la segunda más alta de los ciento treinta y seis pares. Solo tres coinciden en todo el cuestionario, y este es el único de los tres cuyos partidos no se disputan un voto.
01Aliados que nunca se han disputado un voto
RegistroEsquerra Republicana de Catalunya se funda en 1931, en vísperas de la Segunda República, republicana, de izquierdas y laica, y sobrevivió a la clandestinidad y al exilio. Es el partido de Macià y de Companys, con una continuidad que no tiene equivalente en el independentismo español.
La izquierda abertzale llega por un camino incomparable. Procede de una escisión de ese mismo tronco nacionalista, y el espacio en el que nace no condenó durante décadas la violencia de ETA, lo que acabó dejándolo fuera de las urnas con la Ley de Partidos de 2002. ETA se disolvió en 2018; EH Bildu se constituye en 2012, tras un debate interno que asumió vías exclusivamente políticas.
Lo que las junta en Madrid es más viejo que las dos marcas: la coordinación de los nacionalismos periféricos en el Congreso. Las dos han sostenido investiduras y negociado presupuestos pidiendo lo mismo, competencias y desjudicialización del conflicto. Y un detalle explica esa comodidad mejor que ninguna afinidad ideológica: ningún elector tiene a los dos en la papeleta.
02Ni una casilla distinta
CalibraciónEsquerra y EH Bildu responden igual a las cuarenta y dos afirmaciones del cuestionario: ni un matiz, ni una casilla distinta. De los ciento treinta y seis pares que salen de los diecisiete partidos, solo tres coinciden en todo: Núcleo Nacional y Falange, con un noventa y ocho por ciento de afinidad, este par con un noventa y cuatro, y Sumar y Podemos con un noventa y dos.
La compresión es real y no un artefacto del recuento. Ningún eje los separa más de veinte puntos, y solo un par de los ciento treinta y seis está más apretado, esos mismos Núcleo y Falange, que no pasan de diez. Sumadas, las nueve distancias dan noventa puntos frente a los ciento veinte de Sumar y Podemos. Cuatro ejes los separan quince puntos o más, y ninguno produce una respuesta distinta.
La dirección de esas diferencias desmiente el paquete que suele venderse junto. El más intervencionista es EH Bildu, setenta puntos frente a cincuenta y cinco, y también el más rupturista con el régimen del 78. Pero el más laico es Esquerra, que con setenta y cinco comparte con la CUP el extremo secular de los diecisiete, y es además el más reformista en costumbres y el más europeísta. Radicalidad económica y cultural no viajan juntas ni dentro de la izquierda soberanista.
03El eje territorial no pregunta por qué nación
CalibraciónEl territorio es el eje que más separa a los partidos españoles: entre los ciento treinta y seis pares la distancia media supera los noventa puntos, más que en cualquier otro. Este par se queda en cinco, Esquerra en noventa y cinco y EH Bildu en noventa, y responde igual a las cuatro preguntas: naciones con derecho a decidir, Estado federal, ninguna imposición del castellano como lengua vehicular y ninguna recentralización.
De ahí sale la lectura decisiva, y conviene enunciarla como límite del instrumento y no como hallazgo. El eje mide la arquitectura del Estado, cuánto autogobierno y bajo qué reglas, no el sujeto de la soberanía. Ninguna de las cuatro afirmaciones pregunta qué nación, porque están escritas desde el punto de vista del Estado que reparte el poder. Dos independentismos de naciones distintas responden idénticamente porque la pregunta es cuánta periferia, no cuál.
El test, por tanto, no ve lo único que hace de estos dos partidos dos partidos y no uno. Y no es una laguna que se arregle con preguntas nominales: si el cuestionario preguntara por cada nación por separado, seguirían coincidiendo, porque cada uno reconoce el derecho a decidir del otro. El sujeto solo se vuelve desacuerdo cuando hay una frontera o un elector en disputa, y aquí no hay ninguno.
04La casilla que dejó de separarlos
CalibraciónUna de las cuarenta y dos afirmaciones pregunta si el Estado debe priorizar a los ciudadanos españoles frente a los inmigrantes en sanidad, vivienda y ayudas. Los dos quedan neutrales por la misma razón registrada en el modelo: no usan a los españoles como categoría propia. La casilla queda vacía en ocho de los diecisiete: los siete nacionalismos sin Estado (Esquerra, Junts, la CUP, Aliança Catalana, EH Bildu, el PNV y el BNG) más el PP, cuya neutralidad tiene otro motivo documentado. Hasta que llegó al soberanismo vasco, esa casilla era la única diferencia del par, y ni siquiera era un desacuerdo: uno rechazaba el criterio y el otro no reconocía el sujeto.
En identitarismo la distancia es de cero puntos exactos, los dos en cincuenta, y solo tres pares de los ciento treinta y seis empatan en este eje. No es simétrico: su centro es el universalismo, su polo positivo el identitarismo de minorías y el negativo el de mayoría. Quedan en el primero no por la agenda de la diversidad, sino porque la comunidad que defienden carece de Estado propio. En las cinco restantes van juntos, y una importa más que las otras: los dos apoyan que el Estado proteja los derechos colectivos de los grupos históricamente diferenciados, y la afirmación cita entre ellos a las naciones sin Estado.
Los dos niegan a la vez que la identidad cultural española sea un bien que el Estado deba proteger. La tensión conviene nombrarla sin coartada: piden amparo colectivo para una identidad nacional y se lo niegan a otra. El criterio de la asimetría es que la identidad protegible es la que no tiene Estado; es defendible, pero no es neutral. El eje no es ciego a la distinción: Aliança Catalana, que empata con EH Bildu en territorio, queda en el polo contrario del identitario. Lo que el modelo no distingue no es qué se hace con la nación, sino cuál es.
05Por qué el más laico de los dos es el catalán
RegistroLas dos grietas culturales del par, religión y costumbres, tienen explicación histórica y ninguna es programática. El republicanismo catalán del que nace Esquerra fue anticlerical desde su origen: separar la Iglesia del Estado no fue para ese linaje una consecuencia de estar en la izquierda, sino una seña fundacional.
El nacionalismo vasco nació de la fórmula contraria. Sabino Arana lo formuló como Dios y Ley Vieja, con la religión católica en el mismo plano que el fuero. Durante el franquismo, parte del clero vasco amparó la lengua y la causa nacional, y hubo sacerdotes procesados y encarcelados por ello. Nunca hubo un momento en que ser nacionalista vasco implicara ser anticlerical, y el giro a la izquierda no lo creó después.
El sustrato cultural funciona igual. Ese nacionalismo se ha sostenido sobre instituciones comunitarias heredadas: la lengua transmitida, la escuela propia, la vida asociativa del pueblo, materiales que en un eje construido sobre la discusión entre Burke y Paine puntúan como preservación. El catalanismo republicano tuvo una vertiente racionalista, de ateneo y escuela nueva, que puntúa como reforma. Dos genealogías, no dos programas.
El dato que incomoda a los dos es el mismo: su partido más afín no está en su nación. Esquerra está más cerca de EH Bildu, noventa y cuatro por ciento, que de Junts, setenta y ocho, con quien comparte objetivo y electorado; y EH Bildu, más cerca de Esquerra que del PNV, sesenta y ocho, con quien comparte el sujeto nacional entero. La distancia política no crece con la ideológica sino con la proximidad de la competencia: los otros dos pares que coinciden en las cuarenta y dos siguen rotos porque se disputan un electorado, y estos no tienen nada que disputarse. Si consiguieran lo que piden, el resultado serían dos Estados gobernados con políticas casi idénticas, y su único desacuerdo sería a cuál pertenece cada cual. Eso no lo mide ningún eje.