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Referente del test

Jean Bodin.

1530-1596

Jurista y politique francés. En plena guerra de religión define la soberanía como poder único, absoluto, perpetuo e indivisible: padre conceptual del Estado-nación moderno. Sin esta categoría, no se entiende el Estado moderno ni Hobbes, ni Schmitt, ni el jacobinismo.

La vida

Jean Bodin nace en Angers en 1529 o 1530, en una familia acomodada de la burguesía de la ciudad: su padre, Guillaume Bodin, era un próspero maestro sastre, y su madre se llamaba Catherine Dutertre. Su primer valedor fue el obispo de Angers, Gabriel Bouvery, sobrino del canciller Poyet y hombre versado en latín, griego y hebreo. Bajo su protección, con quince o dieciséis años, Bodin profesó en la casa carmelita de Notre-Dame de Angers, y en 1545 fue enviado con otros tres jóvenes monjes a estudiar filosofía en el convento de la orden en París. Allí recibió las dos formaciones que después se le notan en todo lo que escribe: el aristotelismo escolástico de las escuelas, que le dejó para siempre el estilo de la disputa, y la nueva erudición del Collège des Quatre Langues, el futuro Collège de France, donde el griego y el hebreo desplazaban a la teología y Platón desplazaba a Aristóteles. De ahí salió su platonismo y su costumbre de tratar a Aristóteles como el adversario a refutar y no como el maestro a seguir.

La estancia en el convento acabó mal. En 1547 el prior de los carmelitas de Tours y dos hermanos, uno de ellos llamado Jean Bodin, fueron citados ante el Parlamento de París por haber discutido con demasiada libertad materias de fe; el prior y uno de los hermanos acabaron en la hoguera, y el llamado Jean Bodin no. No hay certeza de que fuera él, porque el nombre era corriente en el siglo XVI, ni se sabe por qué se salvó. Lo que sí consta es que con dieciocho o diecinueve años pidió dispensa de sus votos, dejó el convento y cambió la filosofía por el derecho. En 1550 estudiaba en la facultad de leyes de Toulouse bajo la dirección de Arnaud du Ferrier, y allí enseñó jurisprudencia antes de instalarse en París como abogado. En 1560 el Parlamento de París lo recibió como consejero del rey; en 1562 firmó el juramento de catolicidad que exigía el cabildo de Notre-Dame, y ese mismo año empezaron las guerras de religión que durante tres décadas dejaron a Francia sin paz ni orden. Toda su obra política se escribe dentro de esa guerra.

Su segunda vida parisina fue la de un funcionario con acceso a los papeles. En 1570 fue nombrado gruyer y procurador del rey en una comisión sobre los bosques de Normandía, y durante el debate sobre el viejo derecho real a cobrar diezmos por la venta de madera se opuso tanto al diezmo como a la venta: consideraba ambas cosas formas de enajenación, porque el rey era a su juicio un simple usuario de unos bosques que pertenecían al pueblo. Carlos IX ignoró la objeción y firmó en 1571 un edicto enajenando esos derechos. Pese al roce, ese mismo año Bodin entró como maestro de peticiones y consejero en la casa de François, duque de Alençon, hermano menor del rey y jefe oficial del partido de los politiques. El puesto le dio lo que después alimenta su libro: correspondencia diplomática, conversaciones con embajadores extranjeros y con franceses recién vueltos del exterior, un viaje a Inglaterra donde vio la corte de Isabel y la Universidad de Cambridge, y otro a los Países Bajos en 1583. En febrero de 1576 se casó con Françoise Trouilliart y heredó de su cuñado el cargo de procurador del rey en el presidial de Laon.

1576 fue también el año de su única aparición en la vida pública, y le salió cara. Elegido por el Tercer Estado de Vermandois para los Estados Generales convocados en Blois, llegó a presidir a los diputados de su estamento y se negó a transigir en tres asuntos. Se opuso a reabrir la guerra contra los hugonotes y sostuvo que el problema religioso solo se resolvía negociando; defendió el derecho del Tercer Estado a disentir de los dos órdenes privilegiados pese a la oposición de estos; y rechazó la enajenación del dominio real como manera de financiar la guerra, que era exactamente lo que el rey necesitaba. Cuando vio que no podía impedir que la petición de los Estados pidiese al rey unificar a sus súbditos en la religión católica, consiguió que se insertara la cláusula «sin guerra», que dejaba el resto sin filo. Sus dos éxitos le costaron el favor de Enrique III. Publicó su propia relación de lo ocurrido en un opúsculo, el «Recueil de tout ce qu'il s'est négocié en la compagnie du Tiers Etat de France», y volvió a Laon.

Los últimos años transcurren en provincias y en un clima cada vez más peligroso. En Laon compuso la «Démonomanie», y su interés por la materia se volvió contra él: el 3 de junio de 1587 el procurador general del Parlamento de París ordenó al lugarteniente del bailío de Laon registrar su casa por sospecha de brujería, y el registro no dio resultado gracias a la intervención de ocho vecinos notables y dos sacerdotes. Tras el asesinato del duque de Guisa en diciembre de 1588 la Liga impuso su terror en Laon como en tantas otras ciudades, y en enero de 1590 Bodin publicó una carta explicando por qué él y la mayoría de los habitantes se habían adherido a ella: el artículo 9 del edicto de Unión de 1588 obligaba a hacerlo bajo pena de lesa majestad, se temía el saqueo de la ciudad por un regimiento y él mismo había escapado por poco de varios intentos de asesinato. Vio la llegada de Enrique IV en 1594, pero la adhesión a la Liga le cerró cualquier ascenso. Murió de peste en Laon entre junio y septiembre de 1596, tras declarar en su testamento que quería ser enterrado en la iglesia de los franciscanos de la ciudad.

La obra

El primer libro que importa es el «Methodus ad facilem historiarum cognitionem» (1566), un método para entender la historia que en realidad es un programa de derecho comparado. Bodin reprochaba a los civilistas haber descrito «las leyes de ningún pueblo excepto los romanos» y proponía hacer lo que según él recomendaba Platón: reunir y comparar todas las leyes de todos los Estados y extraer de ellas los mejores modelos. La idea estaba en el aire (François Hotman publica el «Antitribonien» en 1567), pero Bodin llegó antes y de forma más sistemática, y sobre todo trasladó el peso del texto jurídico a la experiencia histórica: costumbres de los pueblos, nacimiento, crecimiento, cambio y decadencia de los Estados. Ese método es lo que después le permite despegar la soberanía de sus asociaciones romanas y tratarla como el rasgo de todos los Estados en todas las épocas, y no como una peculiaridad del derecho imperial.

En 1568 apareció la «Response aux paradoxes de M. de Malestroit», su intervención en la primera gran discusión monetaria francesa. Malestroit, maestro de cuentas de la moneda, había sostenido en sus «Paradoxes» que los precios reales no habían subido en tres siglos y que la carestía era un espejismo causado por la menor cantidad de oro y plata contenida en las monedas. Bodin lo negó y señaló como causa principal y singular la abundancia de oro y plata, algo que, decía, nadie había alegado antes; añadió como causas secundarias los monopolios de mercaderes y artesanos agrupados en gremios y cofradías, la escasez de artículos de lujo y la guerra, que crea desabastecimiento. De ahí salían dos conclusiones incómodas para su época: que el precio del oro y la plata debía fijarlo el mercado y no un edicto real, y que un príncipe «que cambia el precio del oro y la plata arruina a su pueblo, a su país y a sí mismo». La discusión sobre la hacienda pública, a la que llamó los nervios del Estado, ocupa además el libro VI de la «République».

«Les Six Livres de la République» (París, 1576) abre definiendo la cosa antes que el poder: una república es «el recto gobierno de varias familias, y de lo que les es común, con poder soberano». La operación decisiva viene después. La tradición y los juramentos de coronación entendían al rey como encarnación de la justicia, cuya función primera era juzgar; Bodin no incluye siquiera la jurisdicción entre los atributos de la soberanía, porque el rey la ejerce por delegación, y pone en su lugar el poder de hacer la ley. De ahí se siguen los demás atributos indelegables (guerra y paz, nombramientos, última apelación, juramento de fidelidad) y la tesis que le importaba: que la constitución mixta que admiraban los lectores de Aristóteles y de Polibio es imposible, porque lo absoluto no se divide. La contrapartida son los límites, que el propio texto repite: el príncipe soberano no está atado por la ley civil que él o sus predecesores promulgaron, pero sus leyes no pueden derogar ni modificar las de Dios y las de la naturaleza. El libro incluye además una defensa extensa de la propiedad individual contra Platón y Moro, y un libro V que explica las formas políticas por el entorno, el clima y la latitud. Tuvo diez ediciones francesas en vida del autor, una versión latina ampliada por él mismo en 1586 y traducciones al italiano, español, alemán e inglés; en 1581 Bodin respondió a sus críticos con la «Apologie de René Herpin», firmada con nombre supuesto.

El resto de la obra se aparta de la política y explica por qué su fama se fijó en un solo libro. En 1578 publicó la «Juris universi distributio», un manual breve donde completaba su idea de un derecho universal. En 1580 apareció «De la démonomanie des sorciers», con dedicatoria fechada en diciembre de 1579: cuatro libros sobre la definición del brujo, la invocación de espíritus, los remedios lícitos contra los hechizos y, en el cuarto, el procedimiento judicial, las pruebas exigibles y las penas, donde recomienda en la mayoría de los casos la muerte en la hoguera. El blanco explícito era Johann Wier, que negaba la realidad de la brujería. Al final de su vida se dedicó a la naturaleza y a la religión: el «Universae naturae theatrum» (1596) es una enciclopedia del saber natural en forma de diálogo, y el «Colloquium Heptaplomeres», escrito hacia 1588, es una conversación entre siete sabios de creencias distintas que Bodin nunca se atrevió a publicar. Apareció incompleto en 1841 por obra de Guhrauer y completo en 1857 por la de Noack, más de dos siglos y medio después de su muerte.

Cómo se le ha leído

La discusión que sigue viva es si Bodin es un teórico de la soberanía o un teórico del absolutismo, y depende en buena medida de un accidente de vocabulario. La palabra «absolutismo» se introduce en el siglo XIX, y a partir de ahí los historiadores de la filosofía política empezaron a leer a Bodin como su fundador, atribuyéndole una doctrina que le era ajena. Cuando él escribe «absoluto» lo hace como romanista, en el sentido de «absolutus», es decir «legibus solutus»: no atado por la ley civil que uno mismo ha promulgado. J. H. Franklin llegó a hablar de una «conversión al absolutismo» de Bodin; en la dirección contraria, F. H. Hinsley describió su hallazgo como la proeza de establecer un poder de gobierno necesariamente ilimitado y a la vez distinguirlo de un absolutismo libre de toda regla, y Daniel Lee sostuvo en 2021 que Bodin no concibe la soberanía como poder incondicionado de mandar al modo del positivismo jurídico moderno, sino como autoridad normativa sujeta al derecho natural, al derecho de gentes y a sus propios contratos. El desacuerdo se ordena bastante si se atiende a con quién se le compara: leído contra Maquiavelo y contra los juristas de su siglo aparece un constitucionalista, y leído contra Hobbes, Rousseau o el siglo XIX aparece un precursor del poder sin freno.

La segunda capa de la recepción es biográfica y bastante más turbia. A Bodin se le han atribuido conversiones de todo tipo: al judaísmo, al protestantismo, al absolutismo y a la Liga, esta última calificada además de apostasía; también se le ha descrito como nicodemita, es decir como alguien que disimulaba sus creencias. Varias de esas pistas son falsas de origen: su madre no era judía, y la escena en la que escapa de la matanza de San Bartolomé refugiándose en casa del presidente del Parlamento de París es tardía e inverificable, además de haberse construido confundiéndolo con otro Jean Bodin. Ni siquiera la etiqueta más repetida, la de «politique», tiene apoyo documental: no consta que Bodin se llamara nunca a sí mismo así, y la clasificación se ha transmitido de una generación de historiadores a la siguiente sin que nadie buscara la fuente. Hay además una tendencia identificada por sus propios estudiosos a proyectar sobre él el ideal moderno de tolerancia religiosa, cuando lo que él defendía era la concordia y una tolerancia provisional hasta lograr la reunificación en una sola fe. En sentido inverso, la «Démonomanie» incomodó sobre todo a sus biógrafos del siglo XIX, que la vivieron como una mancha: Baudrillart escribió en 1853 que en los márgenes de cada página de ese libro desdichado habría que anotar «fanatismo absurdo, ridículo y odioso». La autoría del «Heptaplomeres» sigue discutida, con especialistas a favor y en contra desde hace tres décadas.

En cuanto a la herencia, el reparto es desigual y explica por qué se le cita más de lo que se le lee. La parte de la soberanía triunfó tanto que dejó de discutirse: Hobbes, los escritores realistas ingleses y Locke dan por supuesto que la esencia de la soberanía es la autoridad para hacer la ley y le atribuyen los mismos poderes que él; Hobbes toma su análisis de las formas, Filmer repite entera la comparación entre ellas, e incluso Harrington, que atribuía la autoridad última al pueblo, conserva el esqueleto. La otra mitad del libro, la del entorno y el clima, cayó en el olvido porque se apoyaba en una cosmología que se estaba abandonando mientras él escribía, hasta el punto de que Montesquieu pudo presentar «El espíritu de las leyes» como una obra sin padres, y que en 1896 Fournol tuviera que publicar un libro titulado precisamente «Bodin, prédécesseur de Montesquieu». En el siglo XX el nombre reaparece por dos vías opuestas. Carl Schmitt lo invoca de forma explícita al abrir su libro de 1922 con la frase «soberano es quien decide sobre el estado de excepción», aunque en ese texto apenas queda nada del sometimiento del soberano a la ley divina y natural que en Bodin era la mitad de la definición. Y críticos como Jacques Maritain y Bertrand de Jouvenel tratan la soberanía misma como una idolatría, un concepto intrínsecamente equivocado que conviene abandonar. Mientras tanto, la práctica ha ido por su cuenta: los Estados miembros de la Unión Europea son soberanos en defensa y no lo son en moneda, comercio o buena parte de la política social, de modo que la soberanía no absoluta, que para Bodin era una contradicción en los términos, es hoy la situación ordinaria de media Europa.

Fuentes de esta biografía · 3

  1. «Everyone writing after Bodin, by direct or indirect influence, repeats what he has to say in whole or in part on these subjects. Hobbes, the royalist writers, and Locke all assume that the essence of sovereignty is the authority to make law, and attribute to the sovereign the powers which he does. Hobbes takes over his analysis of essential forms, the royalists his defence of monarchy on grounds of expediency, and Filmer repeats the whole comparative discussion of the characteristics of each form. [...] Moreover the fact that he based his doctrine of environment on a cosmological system which was on the point of being abandoned at the very time he was writing probably contributed to the oblivion which was the fate of this part of his work. Montesquieu could claim that the Esprit des Lois was a work which had no parentage.»

    M. J. Tooley, introducción a «Six Books of the Commonwealth» de Jean Bodin, Basil Blackwell, Oxford, 1955. fuente · sostiene 4 pasajes de esta ficha

  2. «He viewed the problem of order as central and did not think that it could be solved through outdated medieval notions of a segmented society, but only through a concept in which rulers and ruled were integrated into a single, unitary body politic that was above any other human law, and was in fact the source of human law. This concept was sovereignty. Only a supreme authority within a territory could strengthen a fractured community. [...] Explicitly invoking both of these philosophers was the early twentieth century German philosopher and jurist Carl Schmitt, for instance. His book of 1922 opens with the line, “Sovereign is he who decides on the exception” (trans. G. Schwab, 1985).»

    Daniel Philpott, «Sovereignty», Stanford Encyclopedia of Philosophy, secciones 2 y 3. fuente

  3. «With all his breadth and liberality of mind Bodin was a credulous believer in witchcraft, the virtues of numbers and the power of the stars, and in 1580 he published the Démonomanie des sorciers, a work which shows that he was not exempt from the prejudices of the age. Himself regarded by most of his contemporaries as a sceptic, and by some as an atheist, he denounced all who dared to disbelieve in sorcery, and urged the burning of witches and wizards.»

    «Bodin, Jean», Encyclopædia Britannica, undécima edición, vol. 4, 1911. fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Territorial · polo Estado unitarioLos seis libros de la República · 1576

Jurista y politique francés. En plena guerra de religión define la soberanía como poder único, absoluto, perpetuo e indivisible: padre conceptual del Estado-nación moderno. Sin esta categoría, no se entiende el Estado moderno ni Hobbes, ni Schmitt, ni el jacobinismo.

«La soberanía es el poder absoluto y perpetuo de una República. El poder absoluto de los príncipes y señoríos soberanos no se extiende en modo alguno a las leyes de Dios y de la naturaleza.»

Original: «La souveraineté est la puissance absolue et perpétuelle d'une République.»

Sutileza / error común

Bodin NO es absolutista a lo Hobbes: la soberanía está limitada por la ley divina, la ley natural y las «lois fondamentales du royaume» (sucesión, inalienabilidad del dominio público). Era un constitucionalista en su contexto: defendía soberanía única para acabar con las guerras de religión, no para tiranizar. Pero la lógica «soberanía indivisible» que funda excluye estructuralmente el federalismo y se convierte en el armazón teórico del unitarismo continental.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Jean Bodin también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Los seis libros de la República

Jean Bodin · 1576 · Tecnos (parcial)

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