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Referente del test

John Locke.

1632-1704

Locke separa tajantemente las «cosas civiles» (vida, libertad, propiedad, salud) que competen al magistrado, de la «salvación de las almas» que compete a la Iglesia voluntaria. El Estado no puede imponer la verdadera religión por la fuerza porque la fe coaccionada no es fe.

La vida

Nace el 29 de agosto de 1632 en Wrington, Somerset, a unas diez millas de Bristol, en casa de un hermano de su madre. La familia es puritana y de medios modestos. Su padre, también John Locke (1606-1661), era procurador rural, escribano de los jueces de paz del condado y agente de uno de ellos, Alexander Popham. Cuando estalla la guerra civil, Popham levanta un regimiento de caballería parlamentario y el padre de Locke sirve en él como capitán. Ese detalle no es anecdótico: de la clientela de Popham, ya diputado, sale el dinero y el aval que llevan al hijo a Westminster School en 1647 y a Christ Church, Oxford, en el otoño de 1652. Locke crece, por tanto, dentro del bando que decapitó a Carlos I, abolió la monarquía, la Cámara de los Lores y la Iglesia anglicana, y montó el Protectorado de Cromwell, y llega a la edad adulta justo cuando todo aquello se deshace en la Restauración de 1660. La experiencia de fondo de su generación no es la libertad: es el desorden.

En Oxford se gradúa (bachiller en 1656, máster en 1658) y obtiene una plaza de Senior Student en Christ Church, que da renta pero no es vitalicia. Enseña griego desde 1660 y retórica desde 1663. Ahí llega el punto de bifurcación de su vida: los estatutos del colegio reservaban cincuenta y cinco de esas plazas a ordenados o a candidatos a órdenes, y solo cinco a laicos (dos en medicina, dos en derecho, una en filosofía moral). Lo esperable era hacerse clérigo. Locke elige medicina. La decisión lo coloca en la órbita de la filosofía experimental que estaba naciendo en Oxford alrededor de John Wilkins y luego de Robert Boyle, el núcleo del que saldría la Royal Society, de la que Locke fue miembro temprano. De Boyle toma el lenguaje de las cualidades primarias y secundarias; con Thomas Sydenham hace investigación clínica. Conviene retener esto cuando se le lee como filósofo político: nunca ocupó una cátedra de filosofía, y su oficio declarado durante décadas fue el de médico.

En 1666 conoce a Anthony Ashley Cooper, futuro primer conde de Shaftesbury, y en 1668 le organiza una operación hepática que le salva la vida, probablemente la intervención mejor documentada del siglo en Inglaterra: Locke consultó a médicos de todo el país y priorizó la limpieza. A partir de ahí vive de su patrón, en un puesto que hoy llamaríamos de asesor y hombre de confianza: médico de la casa, secretario, redactor. Y ese empleo lo mete de lleno en la administración imperial. Es secretario del Council of Trade and Foreign Plantations, el organismo que centraliza la información sobre comercio y colonias, y secretario de los Lords Proprietors de Carolina, los ocho hombres a quienes Carlos II había regalado la colonia. En esa condición redacta las Constituciones fundamentales de Carolina de 1669, cuyo artículo 110 concede a todo hombre libre poder absoluto sobre sus esclavos negros. Y entre 1672 y 1675 figura entre los accionistas de la Royal African Company, la compañía que gestionaba la trata inglesa: las acciones le llegaron por transferencia de terceros, verosímilmente como pago por su trabajo para los propietarios de Carolina y las Bahamas, y las vendió en julio de 1675. Ninguna presentación honesta de Locke puede omitir estos dos hechos, y ninguna puede resolverlos con una frase.

De 1675 a 1679 vive en Francia, sobre todo quince meses en Montpellier, mientras la carrera de Shaftesbury se hunde. A la vuelta encuentra a su patrón dirigiendo la crisis de Exclusión: el intento de impedir por ley que Jacobo, hermano católico del rey, herede el trono. El proyecto pasa en los Comunes y muere en los Lores. Shaftesbury acaba dos veces en la Torre, es absuelto de traición por un jurado afín, y en noviembre de 1682 huye a Holanda, donde muere dos meses después. Cuando en junio de 1683 se descubre el complot de Rye House para asesinar al rey y a su hermano, Locke pone en orden sus asuntos esa misma semana y en septiembre está exiliado en Holanda. El gobierno inglés intenta que lo extraditen y Oxford le retira la plaza de Christ Church. En el exilio termina el Ensayo, publica en latín la Epistola de tolerantia y frecuenta al círculo tolerantista de Ámsterdam y Róterdam, con Benjamin Furly y Pierre Bayle. La cronología importa: los libros por los que se le conoce se escriben o se rematan mientras es un exiliado político con orden de captura, no como comentario académico a un régimen ya establecido.

Vuelve a Inglaterra en febrero de 1689 y publica en dos años lo esencial de su obra, casi todo anónimo. A partir de entonces vive de cargos públicos: comisionado de apelaciones de impuestos especiales, con doscientas libras al año y un trabajo casi de sinecura que conservó hasta morir, y desde el 15 de mayo de 1696 miembro del nuevo Council of Trade, con mil libras al año y un calendario de tres y luego cinco reuniones semanales, del que fue el vocal más activo hasta su retirada en 1700. El asma le impedía respirar el humo de Londres más de cuatro meses al año, así que desde 1691 se domicilió en Oates, en la parroquia de High Laver (Essex), casa de sir Francis Masham y de Damaris Cudworth, hija del platónico de Cambridge Ralph Cudworth y filósofa por derecho propio, con quien mantuvo una relación intelectual y personal muy estrecha hasta el final. El 27 de octubre de 1704 no pudo levantarse; el 28 pidió que lo vistieran y le pidió a lady Masham que le leyera los salmos, y murió tranquilamente mientras ella leía. Lo enterraron, como había dejado ordenado, con el menor aparato posible en el cementerio de High Laver, bajo un epitafio latino que él mismo había escrito. Dejó 4.555 libras de patrimonio personal, además de sus libros.

La obra

Los Dos tratados sobre el gobierno civil (1689) son un libro doble y hoy se lee a medias. El primero es una refutación exegética, versículo a versículo, de la Patriarcha de sir Robert Filmer, publicada en 1680, que sostenía que la autoridad del rey desciende del dominio que Dios dio a Adán y que, por tanto, ningún súbdito puede resistirla legítimamente. Es un texto que apenas nadie lee y su ausencia deforma la recepción del segundo: el Segundo tratado no es una construcción abstracta desde cero, sino la alternativa que hay que ofrecer una vez demolido el título adánico. El adversario no es Hobbes, es Filmer. Y la datación cambia por completo el sentido político del libro: el prefacio de 1689 daba a entender que justificaba la revolución de 1688, pero desde los trabajos de Peter Laslett se acepta que fue escrito hacia 1681, durante la crisis de Exclusión, cuando algunos dirigentes del partido del país planeaban un levantamiento armado. No es la explicación de una revolución hecha; es munición para una que no llegó a estallar.

El Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) nace, según él mismo cuenta, de una reunión de cinco o seis amigos en su cuarto de Exeter House que se atascó discutiendo de moral y de religión revelada. Su conclusión fue que antes de discutir esas cosas había que examinar de qué es capaz el entendimiento humano. El libro niega las ideas innatas y sostiene que todo el material del conocimiento entra por dos vías, la sensación y la reflexión, sobre una mente que compara con papel en blanco. El proyecto es deliberadamente modesto: se presenta como peón de albañil que despeja escombros del camino del saber, en una época de maestros de obra como Boyle, Huygens y Newton. La conexión con su política es directa aunque él no la haga explícita: si nadie tiene acceso privilegiado ni innato a la verdad, la pretensión del magistrado de imponer la doctrina correcta pierde su base epistemológica antes de perder la moral.

Alrededor de esos dos libros hay una obra de aplicación que suele quedar fuera del canon y que explica mejor de qué se ocupaba realmente. Pensamientos sobre la educación (1693) es el desarrollo de unas cartas escritas desde Holanda en 1684 a su amigo Edward Clarke sobre cómo criar a un hijo. La racionabilidad del cristianismo (1695) reduce el mínimo doctrinal exigible al cristiano y le costó un ataque frontal de John Edwards, al que respondió con dos Vindications. Y hay una obra económica considerable: en Some Considerations (1691) y Further Considerations (1695) Locke discute el valor de la moneda contra el proyecto de William Lowndes de rebajar el patrón, gana el debate, y la ley de abril de 1696 que restaura la acuñación se aprueba en lo sustancial según sus principios. En la primavera de 1695, unas notas contra la ley de licencias de imprenta que su amigo Edward Clarke leyó en una conferencia entre ambas cámaras, y que se le atribuyen a él aunque Macaulay lo dudara, contribuyeron a que la ley se abandonase. En 1697, como comisionado del Board of Trade, firma un informe sobre los pobres que atribuye su multiplicación a la relajación de la disciplina y la corrupción de las costumbres, y propone escuelas de trabajo obligatorias para los hijos de los pobres desde los tres años, servicio forzoso en la armada para los mendigos varones sanos y casas de corrección con trabajos forzados durante tres años para los demás.

Falta una pieza para entender su trayectoria, y estuvo perdida tres siglos. Entre 1660 y 1662, con veintiocho años, Locke escribió dos textos que dejó inéditos y que Philip Abrams publicó por primera vez en 1967 con el título Two Tracts on Government. El primero lleva por encabezamiento la pregunta de si el magistrado civil puede lícitamente imponer y determinar el uso de las cosas indiferentes en el culto religioso; el segundo, en latín, plantea lo mismo y anota al pie affirmatur. Es decir: el joven Locke contesta que sí, que la autoridad civil puede fijar los ritos, porque la alternativa que ha visto con sus propios ojos es la anarquía de las conciencias y la guerra civil. La posición de 1689 es la contraria. Su tolerancia no es una convicción heredada ni una intuición de juventud: es un cambio de bando documentado, y el documento existe.

Cómo se le ha leído

Locke publicó sus dos libros políticos sin firma y nunca los reconoció en vida, pero para 1700 ya era el filósofo de referencia de Europa, y durante el siglo XVIII los whigs ingleses tomaron de él su filosofía política entera. El préstamo más visible es americano: la Declaración de Independencia de 1776 reescribe su trinidad de derechos, aunque conviene no atribuirle la fórmula de Jefferson, porque la de Locke era otra. Su expresión es vidas, libertades y haciendas, que agrupa bajo el nombre general de propiedad; la búsqueda de la felicidad es una sustitución deliberada de 1776, no una cita. En el siglo XX la disputa sobre qué dijo realmente se organizó en tres frentes. C. B. Macpherson (1962) lo leyó como teórico del individualismo posesivo: los límites que pone a la acumulación (no acaparar lo que se estropea, dejar suficiente y tan bueno para los demás) se disuelven en el propio texto cuando aparece el dinero, y lo que queda es la justificación de la acumulación capitalista ilimitada. Alan Ryan y James Tully le respondieron señalando, entre otras cosas, el deber de caridad hacia quien no tiene otro medio de subsistir que el Primer tratado establece expresamente. Leo Strauss (1953) sostuvo que las contradicciones de Locke sobre la ley natural están puestas ahí para que el lector atento entienda que en realidad no cree en ella y es un hobbesiano encubierto. Y John Dunn (1969), James Tully y Jeremy Waldron argumentaron lo contrario: la premisa de igualdad de Locke es teológica, todos somos criaturas y hechura de un mismo creador, y sin ese suelo religioso el argumento entero se queda sin fundamento. Es la conclusión más incómoda para quien lo quiere como padre de un liberalismo secular.

El segundo frente es el colonial, y es el que más ha crecido desde los años noventa. Los hechos están establecidos y ya se han enumerado: el artículo 110 de las Constituciones de Carolina, en un documento que él redactó, y las acciones de la Royal African Company. A eso David Armitage añadió en 2004 un dato que complica la defensa fácil: hay pruebas de que Locke seguía revisando aquel texto en el verano de 1682, precisamente en el momento en que con más probabilidad estaba componiendo el capítulo sobre la apropiación del Segundo tratado, de modo que su teoría de la propiedad tuvo un contexto colonial inmediato e identificable. De un lado, Domenico Losurdo, Charles W. Mills o Robert Bernasconi leen todo esto como prueba de que el liberalismo no es que traicionara sus principios con la esclavitud racial, sino que nació compatible con ella. Del otro, Holly Brewer, James Farr y Barbara Arneil discuten el alcance de cada pieza: que las Constituciones eran el encargo de ocho propietarios que querían un gobierno acorde con la monarquía y evitar una democracia numerosa, y no la doctrina del secretario que las puso por escrito; que vendió sus acciones en 1675 justo cuando la compañía empezaba a ser rentable y él rompía con la corte; y que su teoría de la esclavitud, admisible solo como consecuencia de guerra justa y no transmisible a los hijos del cautivo, es incompatible con la esclavitud atlántica hereditaria, que es el mismo estatus heredado contra el que arremete el resto del libro. El Primer tratado, de hecho, se abre declarando la esclavitud un estado vil y miserable. El lector no está obligado a elegir bando: está obligado a saber que las dos series de documentos existen y que la discusión sigue abierta.

Queda el capítulo de las tergiversaciones corrientes, que son cuatro. La primera es convertirlo en demócrata moderno: Locke no defiende el sufragio universal en ninguna parte, da por supuesto un cuerpo político de propietarios varones, y su derecho de resistencia es un remedio extremo frente a la tiranía, no un procedimiento electoral. La segunda es reducir la mente como papel en blanco a la negación de toda naturaleza humana, cuando lo que niega son las ideas innatas, no las facultades ni la ley natural, que sigue considerando obligatoria y accesible a la razón. La tercera es leerlo como si fuese Hobbes con mejor prensa, o como su simétrico exacto, cuando su blanco declarado era Filmer y su desacuerdo con Hobbes es sobre qué hay antes del Estado, no sobre si hace falta. La cuarta es la más productiva académicamente: la cláusula de dejar suficiente y tan bueno para los demás la recuperó Robert Nozick en 1974 para fundar el Estado mínimo, pero de ese mismo texto han salido en las últimas décadas las teorías libertarias de izquierda, que aceptan la propiedad de uno mismo y concluyen que los recursos naturales deben repartirse igualitariamente. El mismo párrafo sostiene lecturas contrarias, lo cual dice menos de la ambigüedad de Locke que de la costumbre de citarlo por el trozo que conviene.

Fuentes de esta biografía · 9

  1. «for the mutual preservation of their lives, liberties and estates, which I call by the general name, property.»

    John Locke, Second Treatise of Government, cap. IX §123 (1689), edición de Project Gutenberg fuente

  2. «One hundred and nine. No person whatsover shall disturb, molest, or persecute another for his speculative opinions in religion, or his way of worship. One hundred and ten. Every freeman of Carolina shall have absolute power and authority over his negro slaves, of what opinion or religion soever.»

    The Fundamental Constitutions of Carolina, artículos 109 y 110 (1 de marzo de 1669), documento redactado por Locke como secretario de los Lords Proprietors fuente

  3. «Question: Whether the Civil Magistrate may lawfully impose and determine the use of indifferent things in reference to Religious Worship.»

    Encabezamiento del primer tract de John Locke (escrito hacia 1660, inédito hasta 1967), en Philip Abrams (ed.), Two Tracts on Government, Cambridge University Press, 1967. El segundo tract, en latín, plantea la misma pregunta y anota «Affirmatur» fuente

  4. «Let us then suppose the mind to be, as we say, white paper, void of all characters, without any ideas:—How comes it to be furnished? […] To this I answer, in one word, from EXPERIENCE. In that all our knowledge is founded; and from that it ultimately derives itself.»

    John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, libro II, cap. I, §2 (1690), edición de Project Gutenberg fuente

  5. «[…] it can be nothing else but the relaxation of discipline and corruption of manners; virtue and industry being as constant companions on the one side as vice and idleness are on the other. […] The first step, therefore, towards the setting of the poor on work, we humbly conceive, ought to be a restraint of their debauchery by a strict execution of the laws provided against it, more particularly by the suppression of superfluous brandy shops and unnecessary alehouses, especially in country parishes not lying upon great roads.»

    John Locke, «On the Poor Law and Working Schools», informe redactado como comisionado del Board of Trade, 1697. El mismo informe propone escuelas de trabajo para los hijos de los pobres desde los tres años fuente

  6. «Soon afterwards, on 27 Oct. 1704, he was unable to rise; but on the 28th he asked to be dressed. Lady Masham meanwhile read the psalms at his request. While she was reading he became restless, raised his hands to his eyes and died quietly. He was buried, as he had directed, with the least possible show, in the churchyard at High Laver.»

    Leslie Stephen, «Locke, John (1632-1704)», Dictionary of National Biography, vol. 34, Londres, Smith, Elder & Co., 1885-1900 fuente

  7. «Locke was born in Wrington to Puritan parents of modest means. His father was a country lawyer who served in a cavalry company on the Puritan side in the early stages of the English Civil War. […] After his retirement from the Board of Trade in 1700, Locke remained in retirement at Oates until his death on Sunday 28 October 1704.»

    William Uzgalis, «John Locke», The Stanford Encyclopedia of Philosophy, ed. 2022, secciones 1.1 y 1.3 fuente

  8. «the essay provides evidence that Locke was engaged in revising the Fundamental Constitutions of Carolina at just the moment in the summer of 1682 when he was most likely to have composed chapter V […] there was an immediate and identifiable colonial context that contributed to his distinctive theory of property.»

    David Armitage, «John Locke, Carolina, and the Two Treatises of Government», Political Theory 32(5), octubre de 2004, pp. 602-627, resumen del autor (DOI 10.1177/0090591704267122) fuente

  9. «In terms of the Carolina constitutions, Locke was a secretary – he drafted a legal document as a lawyer drafts a will. […] In 1672-73, Charles paid Locke in Royal African Company stock. […] In July 1675, Locke sold his stock in the Royal African Company, and Shaftesbury quickly followed.»

    Holly Brewer (catedrática Burke de Historia de América, Universidad de Maryland), «Does Locke's entanglement with slavery undermine his philosophy?», Aeon fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Religión · polo SecularCarta sobre la tolerancia · 1689

Locke separa tajantemente las «cosas civiles» (vida, libertad, propiedad, salud) que competen al magistrado, de la «salvación de las almas» que compete a la Iglesia voluntaria. El Estado no puede imponer la verdadera religión por la fuerza porque la fe coaccionada no es fe.

«La república me parece ser una sociedad de hombres constituida únicamente para procurar, preservar y promover sus propios intereses civiles. Aquellos que niegan la existencia de Dios no han de ser en absoluto tolerados: las promesas, pactos y juramentos no tienen ningún asidero sobre un ateo.»

Original: «The commonwealth seems to me to be a society of men constituted only for the procuring, preserving, and advancing their own civil interests… those are not at all to be tolerated who deny the being of a God.»

Sutileza / error común

Locke NO es un pluralista universal moderno. Su tolerancia tiene dos exclusiones explícitas: (a) los ATEOS, porque sin temor de Dios el juramento no obliga, y la sociedad civil descansa sobre juramentos; (b) los CATÓLICOS, no por su fe sino por su lealtad política a «otro príncipe» extranjero (el Papa), una exclusión política, no teológica. Convertir a Locke en bandera de la laicidad francesa es anacrónico: él funda la TOLERANCIA con límites, no la NEUTRALIDAD militante.

Alcance en 2026

Locke escribió en una Inglaterra confesionalmente protestante, asumiendo una sociedad cristiana sin más debate religioso que entre denominaciones internas. No enfrentó pluralismo religioso global (Islam europeo, religiones orientales, ateísmo militante mayoritario) ni el laicismo filosófico continental al estilo francés. Su argumento sigue siendo el suelo de la libertad religiosa moderna, pero traducirlo al debate sobre velo islámico, financiación pública de la Iglesia o blasfemia digital exige distinguir sus límites históricos (que él mismo ponía a su tolerancia) del principio general que sostuvo.

Lib. civil · polo Libertad civilSegundo tratado sobre el gobierno civil · 1689

Frente a Hobbes, sostiene que existen derechos naturales prepolíticos (vida, libertad, salud, posesiones). El gobierno legítimo es el que los protege; cuando los viola sistemáticamente, el pueblo tiene derecho de resistencia.

«El estado de naturaleza tiene una ley de naturaleza que lo gobierna y obliga a todos: y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad, con sólo que la consulte, que siendo todos iguales e independientes, nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones.»

Original: «The state of nature has a law of nature to govern it… that being all equal and independent, no one ought to harm another in his life, health, liberty, or possessions.»

Sutileza / error común

La lectura libertaria de Locke («propiedad sagrada») proyecta atrás un Nozick que no está en el texto. La «propiedad» lockeana incluye vida, salud, libertad y posesiones; el cuerpo no es plenamente enajenable: por eso prohíbe el suicidio (Cap. II §6) y la esclavitud voluntaria. Tomarlo como bandera del laissez-faire absoluto exige amputarle el iusnaturalismo cristiano que lo sostiene.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que John Locke también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Carta sobre la tolerancia

John Locke · 1689 · Tecnos

Segundo tratado sobre el gobierno civil

John Locke · 1689 · Alianza Editorial

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