Nació en Lausana el 25 de octubre de 1767, en el país de Vaud, entonces territorio bernés y refugio de hugonotes franceses. Los Constant de Rebecque venían de Artois y se habían instalado allí tras la revocación del Edicto de Nantes. Su padre, Juste Constant de Rebecque, era coronel de un regimiento suizo al servicio de Holanda; su madre, Henriette de Chandieu, murió a consecuencia del parto a los pocos días. La primera frase de sus memorias de juventud enumera esos tres datos (el linaje refugiado, el padre militar en un ejército extranjero, la madre muerta) sin añadir ningún comentario. Es la partida de nacimiento de alguien que crece sin casa fija, sin país propio y sin madre, y que será toda su vida un extranjero profesional: suizo de origen, alemán de corte, escocés de formación, francés por una ley de 1790 que devolvía la nacionalidad a los descendientes de los protestantes expatriados.
La educación fue una sucesión de preceptores contratados y despedidos. Del primero que recuerda, un alemán apellidado Stroelin, escribe que lo molía a golpes y luego lo ahogaba a caricias para que no se quejara al padre, y que al mismo tiempo tuvo con él una ocurrencia brillante: enseñarle griego haciéndole creer que lo estaba inventando. Fabricaron juntos un alfabeto y un diccionario, y a los cinco años el niño sabía gramática griega convencido de que la había creado. A los catorce lo enviaron a la universidad de Erlangen, en Franconia, donde la margravina de Bayreuth lo adoptó como diversión de corte, le dio un título y lo dejó jugar al faraón; las deudas las pagó el padre. Un escándalo con una amante de mala reputación cerró la estancia. El 8 de julio de 1783 llegaba a Edimburgo, y ese año lo describiría después como el más agradable de su vida: estudió en serio, entró en las sociedades literarias y filosóficas de estudiantes y se hizo escuchar en ellas en una lengua que no era la suya, entre futuros juristas e historiadores escoceses. Volvió a jugar, volvió a endeudarse y se marchó dejando acreedores.
Lo que siguió fue una juventud desastrosa de la que él mismo levantó acta, sin coartada y con una frialdad que hoy sorprende. En 1787, enamorado de una señorita Pourrat que no le correspondía, escribía a la hija cartas proponiéndole el rapto mientras usaba a la madre de confidente; cuando la situación se hizo humillante delante de un tercero, se tragó un frasco de opio que llevaba encima desde que Isabelle de Charrière, escritora y amiga íntima, le había dado la idea. Poco después huyó a Inglaterra con veintisiete luises y anduvo semanas errante. En 1788 su padre lo colocó de chambelán en la corte de Brunswick; allí se casó en 1789 con Minna von Cramm, se separó en 1793 y se divorció en 1795. En septiembre de 1794 conoció en Lausana a Germaine de Staël, y en 1808 se casó en secreto, en Besançon, con Charlotte von Hardenberg. El juego lo acompañó hasta el final y le costó buena parte de su patrimonio.
La carrera pública empieza el 25 de mayo de 1795, cuando llega a París con Madame de Staël. Escribe folletos a favor del Directorio, la prensa neojacobina lo ataca como «profesor de oligarquía», fracasa en las elecciones del año VI y queda excluido de las del año VII, y acaba acercándose a Sieyès, que lo hace nombrar tribuno el 24 de diciembre de 1799, seis semanas después de Brumario. Su primer discurso, el 5 de enero de 1800, denuncia el régimen de servidumbre y de silencio que se estaba montando, y el 17 de enero de 1802 Bonaparte lo depura del Tribunado. Vienen doce años fuera de la vida política francesa: Coppet, Alemania, Weimar (donde trata a Goethe, Schiller, Wieland y Herder), la academia de Gotinga, una traducción en verso del Wallenstein de Schiller. El episodio que le costaría la reputación durante un siglo llega en la primavera de 1815. Constant acababa de publicar el más duro de sus libros contra Napoleón y de atacarlo por escrito en la prensa parisina cuando llegó la noticia del desembarco desde Elba; se preparaba para huir a Nantes y de ahí a Estados Unidos. El 14 de abril el emperador lo mandó llamar y le pidió una constitución. El 20 entraba en el Consejo de Estado y el 22 se firmaba el Acta adicional a las Constituciones del Imperio, que el conde de Montlosier bautizó como «la Benjamine». Fue ratificada en plebiscito el 1 de junio con más del ochenta por ciento de abstención y no llegó a aplicarse. Cinco años después publicó su defensa, y no es una defensa lastimera: sostiene que aceptó libremente, sabiendo de antemano lo que le iba a costar, porque una oportunidad para la libertad de un pueblo no se rechaza aunque sea remota.
Tras Waterloo se refugió en Bruselas y luego en Londres, donde publicó Adolphe en 1816. De vuelta en París hizo periodismo de combate en La Minerve française y llevó a la opinión pública el caso de Wilfrid Regnault, un jacobino normando condenado a muerte en agosto de 1817 por el asesinato de una viuda en Amfreville: Constant rehízo la instrucción pieza a pieza, mandó levantar un plano del pueblo, publicó dos folletos y consiguió la conmutación de la pena, aunque nunca la absolución ni el indulto. Fue elegido diputado por el Sarthe el 26 de marzo de 1819, y volvió a serlo por París en 1824 y por Estrasburgo en 1827 y 1830, siempre en el lado izquierdo de la Cámara, entre los Independientes. Se batió en duelo con Forbin des Issarts en junio de 1822, a los cincuenta y cuatro años. Combatió la ley del sacrilegio, la del derecho de primogenitura y las leyes de prensa. En julio de 1830 apoyó la entronización de Luis Felipe y aceptó del nuevo rey una suma que un contemporáneo cifró en doscientos mil francos. Murió en París el 8 de diciembre de 1830. El funeral, cuatro días después, fue nacional y multitudinario; unos jóvenes quisieron llevar el féretro al Panteón, un diputado lo propuso formalmente, la Cámara lo votó y lo rechazó. Está enterrado en el Père-Lachaise.