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Referente del test

Benjamin Constant.

1767-1830

El liberal post-revolucionario que disecciona la confusión jacobina. Distingue libertad de los antiguos (participación directa en la soberanía colectiva) de la de los modernos (gozar pacíficamente de la independencia privada). Confundirlas, dice, produce el Terror.

La vida

Nació en Lausana el 25 de octubre de 1767, en el país de Vaud, entonces territorio bernés y refugio de hugonotes franceses. Los Constant de Rebecque venían de Artois y se habían instalado allí tras la revocación del Edicto de Nantes. Su padre, Juste Constant de Rebecque, era coronel de un regimiento suizo al servicio de Holanda; su madre, Henriette de Chandieu, murió a consecuencia del parto a los pocos días. La primera frase de sus memorias de juventud enumera esos tres datos (el linaje refugiado, el padre militar en un ejército extranjero, la madre muerta) sin añadir ningún comentario. Es la partida de nacimiento de alguien que crece sin casa fija, sin país propio y sin madre, y que será toda su vida un extranjero profesional: suizo de origen, alemán de corte, escocés de formación, francés por una ley de 1790 que devolvía la nacionalidad a los descendientes de los protestantes expatriados.

La educación fue una sucesión de preceptores contratados y despedidos. Del primero que recuerda, un alemán apellidado Stroelin, escribe que lo molía a golpes y luego lo ahogaba a caricias para que no se quejara al padre, y que al mismo tiempo tuvo con él una ocurrencia brillante: enseñarle griego haciéndole creer que lo estaba inventando. Fabricaron juntos un alfabeto y un diccionario, y a los cinco años el niño sabía gramática griega convencido de que la había creado. A los catorce lo enviaron a la universidad de Erlangen, en Franconia, donde la margravina de Bayreuth lo adoptó como diversión de corte, le dio un título y lo dejó jugar al faraón; las deudas las pagó el padre. Un escándalo con una amante de mala reputación cerró la estancia. El 8 de julio de 1783 llegaba a Edimburgo, y ese año lo describiría después como el más agradable de su vida: estudió en serio, entró en las sociedades literarias y filosóficas de estudiantes y se hizo escuchar en ellas en una lengua que no era la suya, entre futuros juristas e historiadores escoceses. Volvió a jugar, volvió a endeudarse y se marchó dejando acreedores.

Lo que siguió fue una juventud desastrosa de la que él mismo levantó acta, sin coartada y con una frialdad que hoy sorprende. En 1787, enamorado de una señorita Pourrat que no le correspondía, escribía a la hija cartas proponiéndole el rapto mientras usaba a la madre de confidente; cuando la situación se hizo humillante delante de un tercero, se tragó un frasco de opio que llevaba encima desde que Isabelle de Charrière, escritora y amiga íntima, le había dado la idea. Poco después huyó a Inglaterra con veintisiete luises y anduvo semanas errante. En 1788 su padre lo colocó de chambelán en la corte de Brunswick; allí se casó en 1789 con Minna von Cramm, se separó en 1793 y se divorció en 1795. En septiembre de 1794 conoció en Lausana a Germaine de Staël, y en 1808 se casó en secreto, en Besançon, con Charlotte von Hardenberg. El juego lo acompañó hasta el final y le costó buena parte de su patrimonio.

La carrera pública empieza el 25 de mayo de 1795, cuando llega a París con Madame de Staël. Escribe folletos a favor del Directorio, la prensa neojacobina lo ataca como «profesor de oligarquía», fracasa en las elecciones del año VI y queda excluido de las del año VII, y acaba acercándose a Sieyès, que lo hace nombrar tribuno el 24 de diciembre de 1799, seis semanas después de Brumario. Su primer discurso, el 5 de enero de 1800, denuncia el régimen de servidumbre y de silencio que se estaba montando, y el 17 de enero de 1802 Bonaparte lo depura del Tribunado. Vienen doce años fuera de la vida política francesa: Coppet, Alemania, Weimar (donde trata a Goethe, Schiller, Wieland y Herder), la academia de Gotinga, una traducción en verso del Wallenstein de Schiller. El episodio que le costaría la reputación durante un siglo llega en la primavera de 1815. Constant acababa de publicar el más duro de sus libros contra Napoleón y de atacarlo por escrito en la prensa parisina cuando llegó la noticia del desembarco desde Elba; se preparaba para huir a Nantes y de ahí a Estados Unidos. El 14 de abril el emperador lo mandó llamar y le pidió una constitución. El 20 entraba en el Consejo de Estado y el 22 se firmaba el Acta adicional a las Constituciones del Imperio, que el conde de Montlosier bautizó como «la Benjamine». Fue ratificada en plebiscito el 1 de junio con más del ochenta por ciento de abstención y no llegó a aplicarse. Cinco años después publicó su defensa, y no es una defensa lastimera: sostiene que aceptó libremente, sabiendo de antemano lo que le iba a costar, porque una oportunidad para la libertad de un pueblo no se rechaza aunque sea remota.

Tras Waterloo se refugió en Bruselas y luego en Londres, donde publicó Adolphe en 1816. De vuelta en París hizo periodismo de combate en La Minerve française y llevó a la opinión pública el caso de Wilfrid Regnault, un jacobino normando condenado a muerte en agosto de 1817 por el asesinato de una viuda en Amfreville: Constant rehízo la instrucción pieza a pieza, mandó levantar un plano del pueblo, publicó dos folletos y consiguió la conmutación de la pena, aunque nunca la absolución ni el indulto. Fue elegido diputado por el Sarthe el 26 de marzo de 1819, y volvió a serlo por París en 1824 y por Estrasburgo en 1827 y 1830, siempre en el lado izquierdo de la Cámara, entre los Independientes. Se batió en duelo con Forbin des Issarts en junio de 1822, a los cincuenta y cuatro años. Combatió la ley del sacrilegio, la del derecho de primogenitura y las leyes de prensa. En julio de 1830 apoyó la entronización de Luis Felipe y aceptó del nuevo rey una suma que un contemporáneo cifró en doscientos mil francos. Murió en París el 8 de diciembre de 1830. El funeral, cuatro días después, fue nacional y multitudinario; unos jóvenes quisieron llevar el féretro al Panteón, un diputado lo propuso formalmente, la Cámara lo votó y lo rechazó. Está enterrado en el Père-Lachaise.

La obra

Constant no dejó una obra maestra única, y eso ha condicionado cómo se le lee. Su pensamiento político vivió repartido en folletos de circunstancias, manuscritos inéditos y recopilaciones. Empezó con dos panfletos del Directorio: «De la force du gouvernement actuel et de la nécessité de s'y rallier» (1796), un intento de convencer a los republicanos de que el régimen imperfecto que tenían delante merecía apoyo antes que otra ronda de derribos, y «Des effets de la Terreur» (1797), donde sostiene que el Terror no salvó a la Revolución sino que la desacreditó. Entre 1806 y 1810 escribió un tratado largo de principios políticos que dejó sin publicar; lo que sacó en 1815 con ese título es una versión condensada y ajustada a la constitución que acababa de redactar. El «Cours de politique constitutionnelle» (1818-1820) es una compilación de textos ya aparecidos. El lector que hoy busca «el libro de Constant» no lo encuentra porque no existe.

«De l'esprit de conquête et de l'usurpation dans leurs rapports avec la civilisation européenne» (1814) es su libro contra Napoleón, escrito desde el exilio con el Imperio todavía en pie. Su argumento no es moral sino de época: la conquista se ha vuelto un anacronismo porque el mundo moderno es comercial, y un pueblo que comercia no obtiene por la guerra nada que no obtenga antes comprando; la gloria militar dejó de ser un fin nacional. La segunda mitad del libro, la dedicada a la usurpación, es la que lo separa de cualquier otro panfleto antibonapartista de aquellos meses. Su tesis es que el usurpador resulta más corrosivo que el déspota heredado precisamente porque necesita fabricar consentimiento: tiene que mentir de forma sistemática, envilecer al ejército, comprar a una parte del país para que vigile a la otra y vaciar de sentido las palabras, hasta que moderación signifique violencia y justicia signifique iniquidad. De ahí sale la frase que cierra el mecanismo, y que está escrita ciento treinta años antes del vocabulario con el que el siglo XX describiría la propaganda: la mentira del poder no daña solo cuando engaña, daña igual cuando ya no engaña a nadie.

Los «Principes de politique applicables à tous les gouvernements représentatifs» (1815) contienen la aportación técnica por la que sobrevive en los manuales de derecho constitucional, y que no es la limitación de la soberanía sino el poder neutro. El planteamiento es mecánico: si los poderes clásicos chocan y se traban, hace falta una fuerza que los devuelva a su sitio, y esa fuerza no puede estar dentro de ninguno de ellos, porque entonces le serviría para destruir a los demás. Constant desdobla el ejecutivo y cuenta cinco poderes: el real, el ejecutivo (los ministros), el representativo de la duración (cámara hereditaria), el representativo de la opinión (cámara electiva) y el judicial. El primero está en medio pero por encima, y su condición es no poder actuar en lugar de los otros: sus únicos instrumentos son destituir ministros, nombrar pares, vetar o disolver la cámara e indultar. Ahí sitúa exactamente la frontera entre monarquía absoluta y monarquía constitucional, y ahí resuelve el problema que la Revolución había dejado abierto: cómo tener un árbitro sin tener un dictador.

Las dos obras que menos se citan son las que más dicen de él. «Adolphe» se escribió en 1806 en unas semanas y se publicó en Londres en 1816: una novela corta de dos personajes en la que un hombre consigue el amor de una mujer y después no logra librarse de él sin destruirla. Constant contó que había nacido como apuesta técnica, para demostrar a dos o tres amigos reunidos en el campo que se podía sostener el interés de un relato con solo dos personajes y una situación que no cambia; y que el asunto real era el daño que hacen los débiles, no los crueles. «De la religion, considérée dans sa source, ses formes et ses développements» (cinco volúmenes, 1824-1831) es el trabajo de cuarenta años que él consideraba suyo por encima de todo lo demás: una historia comparada del sentimiento religioso apoyada en la tesis de que ese sentimiento es un hecho permanente de la naturaleza humana, mientras que sus formas están sometidas a la perfectibilidad y tienen que evolucionar o romperse. La consecuencia política la extrae él mismo y es coherente con todo lo anterior: la autoridad no puede actuar sobre la convicción, solo sobre el interés, y por tanto no tiene nada que hacer en materia de creencia, ni siquiera para defenderla.

Cómo se le ha leído

Su entierro y su descrédito fueron simultáneos. En diciembre de 1830 lo despidió una multitud, unos jóvenes intentaron llevar el ataúd al Panteón y la Cámara votó que no; el monumento proyectado no se levantó y durante décadas ninguna plaza llevó su nombre. Tres años más tarde, un artículo de la Revue des Deux Mondes que salía en su defensa reconocía de paso que había cobrado doscientos mil francos por afirmarse en su adhesión a Luis Felipe, y llamaba a aquello una mancha que no pensaba lavar. Sumado a su hoja de servicios (republicano en 1795, hombre del Directorio, tribuno de Bonaparte, redactor de la constitución del emperador en 1815, diputado bajo los Borbones, orleanista en 1830), el episodio lo fijó como veleta, y Sainte-Beuve, que en 1845 hizo la disección psicológica más citada de su juventud, le concedía haber sido un gran espíritu y haber prestado servicios a Francia, pero llamaba a los Cien Días «la más irreparable de sus locuras», la que le falseó todo el final de la carrera. El efecto es medible: los «Principes de politique» de 1815 no se reeditaron ni una sola vez entre esa fecha y 1957.

La recuperación llegó por dos vías distintas. La erudita, con la edición de la Pléiade de 1957, la relectura francesa de 1980 (los Écrits politiques presentados por Marcel Gauchet) y el Instituto Benjamin Constant de Lausana, que lleva décadas publicando manuscritos, diarios y correspondencia; el resultado ha sido deshacer la imagen del oportunista, porque lo que cambia en su trayectoria no son los principios sino el régimen al que intenta aplicarlos. La otra vía es angloamericana y ha tenido mucho más eco: la conferencia de 1819 sobre las dos libertades se convirtió en su texto canónico y en la antesala obligatoria del ensayo de Isaiah Berlin de 1958. Y ahí está la tergiversación que más le persigue. Se le cita como el hombre que eligió la libertad privada frente a la participación política, cuando el último tramo de esa misma conferencia dice lo contrario: que no hay que renunciar a ninguna de las dos sino aprender a combinarlas, que el peligro específico de los modernos es abandonar por comodidad su parte de poder político, y que la obra del legislador no está completa cuando se ha limitado a dejar tranquilo al pueblo. Leído entero, Constant resulta bastante más incómodo para un liberalismo de puro repliegue privado de lo que sugiere la cita suelta.

Su idea con más descendencia jurídica no es esa, sino el poder neutro, que viajó mejor que su firma. La Constitución brasileña de 1824 y la Carta portuguesa de 1826 crearon un Poder Moderador calcado de su construcción: un cuarto poder, personal del monarca, situado por encima de los otros tres y encargado de equilibrarlos; en Brasil funcionó hasta que el parlamentarismo lo fue vaciando a partir de 1846, y en Portugal duró hasta 1910. En España, el «Curso de política constitucional» lo tradujo «libremente al español» Marcial Antonio López y se publicó en Madrid en 1820, en pleno Trienio, cuando el país rehacía su ingeniería constitucional. Y el artículo 56.1 de la Constitución de 1978 dice que el Rey «arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones»: la filiación documentada de forma directa es la brasileña y la portuguesa, pero la función descrita es la que Constant formuló en 1815. Hoy lo reivindican a la vez los liberales económicos (por la esfera privada intocable), los constitucionalistas (por los límites a lo que puede decidir cualquier mayoría) y los republicanos deliberativos (por el final de la conferencia de 1819). Los cinco tomos sobre religión, el proyecto al que dedicó cuarenta años, no los reivindica prácticamente nadie.

Fuentes de esta biografía · 9

  1. «Dans toute mon aventure avec mademoiselle Pourras, il y avait une erreur fondamentale, c’est que je jouais le roman à moi tout seul.»

    Benjamin Constant, Le « Cahier rouge ». Ma vie (1767-1787), cap. II, ed. Calmann-Lévy, París, 1907, sobre el episodio del opio de 1787. FUENTE PRIMARIA. fuente

  2. «Le pouvoir royal (j’entends celui du chef de l’état, quelque titre qu’il porte), est un pouvoir neutre. Celui des ministres est un pouvoir actif. […] Le pouvoir royal est au milieu, mais au-dessus des quatre autres, autorité à la fois supérieure et intermédiaire, sans intérêt à déranger l’équilibre, mais ayant au contraire tout intérêt à le maintenir.»

    Benjamin Constant, Principes de politique applicables à tous les gouvernements représentatifs, cap. II, «De la nature du pouvoir royal dans une monarchie constitutionnelle», 1815. FUENTE PRIMARIA. fuente

  3. «Car les mensonges de l’autorité ne sont pas seulement funestes quand ils égarent et trompent les peuples ; ils ne le sont pas moins quand ils ne les trompent pas.»

    Benjamin Constant, De l’esprit de conquête et de l’usurpation dans leurs rapports avec la civilisation européenne, cap. VIII, «Action d’un gouvernement conquérant sur la masse de la nation», 1814 (ed. Ficker, París, 1914, pp. 33-38). FUENTE PRIMARIA. fuente

  4. «Loin donc, Messieurs, de renoncer à aucune des deux espèces de liberté dont je vous ai parlé, il faut, je l’ai démontré, apprendre à les combiner l’une avec l’autre. […] L’œuvre du législateur n’est point complète quand il a seulement rendu le peuple tranquille. Lors même que ce peuple est content, il reste encore beaucoup à faire.»

    Benjamin Constant, De la liberté des anciens comparée à celle des modernes, discurso en el Ateneo de París, 1819, párrafos finales, en Œuvres politiques, ed. Charles Louandre, Charpentier, París, 1874, pp. 258-286. FUENTE PRIMARIA: es el pasaje que desmiente la lectura habitual del texto. fuente

  5. «Tel est, à notre avis, le sentiment religieux. Les hordes sauvages, les tribus barbares, les nations qui sont dans la force de l’état social, celles qui languissent dans la décrépitude de la civilisation, toutes éprouvent la puissance de ce sentiment indestructible.»

    Benjamin Constant, De la religion, considérée dans sa source, ses formes et ses développements, tomo I, libro I, cap. I, «Du sentiment religieux», ed. Pichon et Didier, París, 1830. FUENTE PRIMARIA. fuente

  6. «Ce n’est pas sans quelque hésitation que j’ai consenti à la réimpression de ce petit ouvrage […] cette anecdote, écrite dans l’unique pensée de convaincre deux ou trois amis, réunis à la campagne, de la possibilité de donner une sorte d’intérêt à un roman dont les personnages se réduisaient à deux, et dont la situation serait toujours la même.»

    Benjamin Constant, prefacio a la tercera edición de Adolphe (1824), en Adolphe, Charpentier, París, 1857, pp. 29-34. FUENTE PRIMARIA. fuente

  7. «Benjamin Constant reçut, pour s’affermir dans son adhésion à la royauté de Louis-Philippe, une somme de deux cent mille francs dont il avait grand besoin […] Sans doute, elle est honteuse cette offrande secrète, et c’est une triste misère que cette somme glissée sourdement dans la main de ce pauvre grand homme»

    Loève-Veimars, «Lettres sur les hommes d’État de la France. II. Benjamin Constant», Revue des Deux Mondes, 1833. Testimonio contemporáneo y favorable a Constant que aun así documenta el pago del rey. fuente

  8. «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales […] y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.»

    Constitución Española de 1978, artículo 56.1, texto consolidado del BOE. Es la formulación española de la función que Constant describió en 1815 como pouvoir neutre. fuente

  9. «Benjamin Constant a été un grand esprit, et il a eu un assez grand rôle ; politiquement et à travers quelques inconséquences singulières, il a rendu des services à une cause qui était, en somme, celle de la France. […] les cent-jours, cette folie la plus irréparable des siennes et qui faussa toute sa fin de carrière»

    Charles-Augustin Sainte-Beuve, «Un dernier mot sur Benjamin Constant», Revue des Deux Mondes, 1845. El crítico que fijó su mala reputación póstuma, en el texto donde matiza su propio veredicto. fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Lib. civil · polo Libertad civilSobre la libertad en los antiguos y en los modernos · 1819

El liberal post-revolucionario que disecciona la confusión jacobina. Distingue libertad de los antiguos (participación directa en la soberanía colectiva) de la de los modernos (gozar pacíficamente de la independencia privada). Confundirlas, dice, produce el Terror.

«Es, para cada cual, el derecho a no estar sometido más que a las leyes, a no poder ser arrestado, ni detenido, ni condenado a muerte, ni maltratado de ninguna manera por efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos.»

Original: «C'est pour chacun le droit de n'être soumis qu'aux lois, de ne pouvoir être ni arrêté, ni détenu, ni mis à mort, ni maltraité d'aucune manière, par l'effet de la volonté arbitraire d'un ou de plusieurs individus.»

Sutileza / error común

Constant no opone «libertad» a «democracia» sino dos contenidos de libertad. La de los antiguos se ejercía votando en la asamblea, aceptando que la polis te indicara con quién casarte y qué creer; la de los modernos consiste en que el Estado te deje en paz cuando llegas a casa. Para Constant, Rousseau importó la primera al mundo moderno con consecuencias trágicas: el «Contrato social» es jacobinismo en germen. No es crítica conservadora a la Revolución (eso lo hizo Burke); es crítica liberal DESDE DENTRO del proyecto revolucionario.

Régimen · polo Continuista del 78Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos · 1815

Defensor de la monarquía constitucional con poder neutro, libertades modernas e individuo blindado frente a la voluntad general. Liberal moderado anti-jacobino. Inspirador directo de los regímenes parlamentarios de la Restauración y, vía Tocqueville, del constitucionalismo del XX.

«La soberanía no existe sino de manera limitada y relativa. Donde comienzan la independencia y la existencia individual, allí se detiene la jurisdicción de esa soberanía. Es falso que la sociedad entera posea sobre sus miembros una soberanía sin límites.»

Original: «La souveraineté n'existe que d'une manière limitée et relative. Au point où commencent l'indépendance et l'existence individuelle, s'arrête la juridiction de cette souveraineté.»

Sutileza / error común

Constant escribe contra Rousseau y contra el Terror. Para él, la SOBERANÍA POPULAR ILIMITADA es tan tiránica como el absolutismo. Es la formulación temprana de lo que el constitucionalismo del XX llamará «derechos fundamentales como contralímites»: hay cosas que ninguna mayoría, por amplia que sea, puede decidir contra el individuo. Esa es la lógica del Tribunal Constitucional español y de cualquier constitucionalismo serio.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Benjamin Constant también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Sobre la libertad en los antiguos y en los modernos

Benjamin Constant · 1819 · Tecnos

Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos

Benjamin Constant · 1815 · Katz Editores

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