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Referente del test

Joseph de Maistre.

1753-1821

Aristócrata saboyano, católico ultramontano. Para Maistre, las constituciones que duran no se redactan: crecen. Lo verdaderamente constitutivo de un pueblo es lo no escrito, lo recibido, lo sagrado. La soberanía política, en última instancia, descansa en la autoridad espiritual del Papa.

La vida

Nació en Chambéry el 1 de abril de 1753, y el dato importante no es la fecha sino la frontera. Chambéry era la capital del ducado de Saboya: se hablaba francés, se leía a los autores de París y se obedecía al rey de Cerdeña, que gobernaba desde Turín. Maistre fue toda su vida un francófono que nunca fue súbdito francés, y esa posición de borde explica su relación con Francia mejor que cualquier doctrina: la admiraba sin pertenecerle. Solía decir que el destino quiso hacerle nacer en Francia y que, perdido el camino en los Alpes, lo dejó caer en Chambéry; repetía, tomándolo de Grocio, que Francia era el más hermoso reino después del reino de los cielos. Era el mayor de diez hermanos. Su padre, François-Xavier de Maistre, presidía el Senado de Saboya, que no era una cámara política sino un tribunal soberano; su madre, Christine de Motz, le dio la primera formación religiosa y los jesuitas la segunda. Estudió derecho en la Universidad de Turín. Uno de sus hermanos menores, Xavier, se hizo escritor y oficial del ejército ruso.

Siguió la carrera de su padre. Fue sustituto del abogado general y en 1788 senador del mismo tribunal que su padre presidía. De aquellos años quedan tres discursos de estrado (un elogio de Víctor Amadeo III en 1775, un discurso sobre la virtud en 1777 y otro sobre el carácter exterior del magistrado en 1784) que durante la Revolución le valieron fama de tibio y hasta de jacobino: era un magistrado ilustrado de provincia, no un ultra. En esos mismos años se afilió a la masonería. El «Dictionnaire de théologie catholique» registra las dos logias por su nombre, la saboyana de los Trois-Mortiers y luego la del rito escocés llamada la Sincérité, y su contacto con el círculo lionés de Willermoz y con el iluminismo martinista de Martinez de Pasqually y Louis-Claude de Saint-Martin. Es el dato que suelen borrar tanto sus admiradores como sus críticos: el futuro azote de la Ilustración pasó su treintena en una logia de mística cristiana. Su hijo Rodolphe, al publicar la biografía familiar en 1851, lo despachó como «una simple logia blanca perfectamente insignificante». Isaiah Berlin añade otro detalle biográfico de consecuencias: Maistre perteneció además a una cofradía laica cuya obligación era asistir a los condenados y acompañarlos al patíbulo. Quien escribiría las páginas más citadas sobre el verdugo había estado antes al pie del cadalso, con el reo.

En septiembre de 1792 el ejército revolucionario francés ocupó Saboya y su vida se partió en dos. Salió hacia Aosta con la familia. Su mujer, embarazada de nueve meses, cruzó el Gran San Bernardo a lomos de mula el 5 de enero para intentar salvar algo del patrimonio, con dos niños pequeños envueltos en mantas. Días después, quince soldados registraron la casa de Chambéry; el susto adelantó el parto y nació la tercera hija, a la que Maistre no conocería hasta 1814, cuando ella tenía veinte años. Él se negó a jurar, se negó a inscribirse en el registro de ciudadanos activos y se negó a pagar la contribución de guerra. Emigró a Lausana en enero de 1793. Sus bienes fueron confiscados y vendidos, y así se lo comunicó a un amigo, en una línea suelta y sin comentario: «Tous mes biens sont vendus, je n'ai plus rien». En Lausana escribió las «Lettres d'un royaliste savoisien» y las «Considérations sur la France». La policía del Directorio exigió su expulsión; volvió a Turín en 1797 y, cuando los franceses tomaron también Turín, bajó el Po en diciembre de 1798 en una barcaza de sal cargada de emigrados, con pasaporte prusiano falso y el río helado, hasta Venecia. Fueron los meses más duros: vivió de vender los restos de una vajilla de plata.

En 1800 el rey lo nombró regente de la cancillería real en Cerdeña, la primera magistratura de la isla, y en septiembre de 1802 lo envió a San Petersburgo como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario. Representaba a un monarca que había perdido sus estados de tierra firme y vivía de subsidios ingleses y rusos: era una embajada casi sin dinero, sin ejército detrás y con poco que ofrecer. Duró quince años. Estuvo doce separado de su mujer y de sus hijas; su hijo Rodolphe se le unió en 1806 y entró en los chevaliers-gardes del zar. Dormía tres horas y sufría accesos súbitos de sueño en sociedad que, contados en Turín, se convirtieron en el rumor de que había perdido la cabeza. En 1807, después de Tilsit, hizo algo que no encaja con su retrato de fanático: pidió audiencia a Napoleón por su cuenta, ofreciéndose a ir a París sin título y por tanto sin protección, poniéndose «absolutamente en sus manos». Dio su palabra por escrito de que su rey no sabía nada. Napoleón no contestó nunca.

Los últimos años en Rusia se le torcieron por la cuestión religiosa. Se le atribuyó proselitismo católico entre la aristocracia rusa, acusación que él redujo a que, si alguien le hacía confidencias, la conciencia le impedía decirle que se equivocaba. Los jesuitas fueron expulsados de San Petersburgo en diciembre de 1815 y del imperio cuatro meses después, y su posición se volvió insostenible: «basta la sospecha», escribió, «para producir una inquietud que estropea la vida». Pidió el relevo y embarcó el 27 de mayo de 1817 en un navío ruso de 74 cañones. Llegó a Turín a finales de año, después de veinticinco años fuera, y fue nombrado jefe de la gran cancillería con título de ministro de Estado, es decir guardasellos sin el nombre. Volvió arruinado: tras medio siglo de servicio compró una finca modesta con la indemnización a emigrados y mil luises que le prestó el conde de Blacas, y eso fue toda la herencia que dejó. Publicó «Du Pape» en 1819 y «De l'Église gallicane». A principios de 1821, en un consejo de ministros que discutía reformas legales mientras se incubaba el levantamiento piamontés, dijo sus últimas palabras conocidas: «Señores, la tierra tiembla, y ustedes quieren construir». Murió en Turín el 26 de febrero de 1821, de una parálisis lenta, a los sesenta y siete años. Once días más tarde estallaba la revolución. Está enterrado en la iglesia de los jesuitas de Turín.

La obra

Las «Considérations sur la France» son su irrupción y su libro más leído: escritas en 1796 y publicadas sin firma con pie de imprenta falso de Londres (los catálogos las fechan en 1796, circularon en 1797). Su blanco inmediato era la Constitución del año III, pero su argumento apunta más abajo, a la metafísica del acontecimiento. La tesis que escandalizó a sus contemporáneos y que sigue siendo su aportación más original es que la Revolución no tiene autores: «la revolución francesa conduce a los hombres más de lo que los hombres la conducen», y los propios terroristas «no entran en ella sino como simples instrumentos». Robespierre, Collot y Barère no diseñaron el Terror, escribe, fueron llevados a él por las circunstancias, y eran «los hombres del reino más asombrados de su propio poder». De ahí se sigue lo que discutía con sus compañeros de emigración, tan interesados en fabricar una contrarrevolución: si nadie hizo la Revolución, nadie puede deshacerla por ingeniería política. Y de ahí se sigue también su choque con Condorcet y con la filosofía del progreso: la historia no es un plan humano perfeccionable, sino una economía providencial que se sirve de los hombres sin consultarles.

Los libros de madurez son todos de San Petersburgo, aunque solo los puliera de vuelta en Turín. El «Essai sur le principe générateur des constitutions politiques» (1808) formula la doctrina institucional. «Du Pape» (1819) es su obra de doctrina y la que discute con la Iglesia francesa, no con los protestantes. Su plan lo había resumido él mismo en una carta al duque de Blacas del 22 de mayo de 1814, en forma de cadena: sin religión no hay moral práctica ni carácter nacional; sin cristianismo no hay religión europea; sin catolicismo no hay cristianismo; sin Papa no hay catolicismo; sin la supremacía que le corresponde no hay Papa. El libro recorre esa cadena en cuatro partes, según el Papa se considere en su relación con la Iglesia católica (que abre con un capítulo sobre la infalibilidad), con las soberanías temporales, con la civilización y la felicidad de los pueblos, y con las iglesias separadas. El primer libro discute contra Bossuet y las máximas galicanas; el tercero, contra el «Essai sur les mœurs» de Voltaire, al que responde reivindicando el papel civilizador del papado medieval. «De l'Église gallicane» (1821) es su continuación explícita.

«Les Soirées de Saint-Pétersbourg», publicadas póstumamente en 1821, son un libro distinto: once diálogos entre un conde, un senador y un caballero sobre el gobierno temporal de la Providencia, es decir sobre el problema del inocente que sufre. Las páginas del verdugo, las más citadas y las más descontextualizadas, pertenecen al primer diálogo y son la respuesta a esa pregunta concreta, no una apología suelta de la crueldad: el verdugo aparece como figura de un orden que se sostiene sobre algo que nadie quiere mirar. El volumen se cierra con un «Éclaircissement sur les sacrifices», y el séptimo diálogo, sobre la guerra, aplica la misma clave. Póstumo también es el «Examen de la philosophie de Bacon» (1836), donde va contra la raíz que él identifica en toda la deriva moderna: la ciencia experimental erigida en única forma de conocimiento verdadero. Y hay una obra menor de interés directo para el lector español: las «Lettres à un gentilhomme russe sur l'Inquisition espagnole», escritas para un corresponsal ruso como refutación del informe con el que la comisión de las Cortes de Cádiz argumentó la abolición del Santo Oficio. Su defensa es doble. Jurídica: el tribunal, sostiene, es «puramente real», porque el rey designa al inquisidor general y los eclesiásticos no dictan la pena de muerte. Y consecuencialista: con sesenta procesos por siglo, España se ahorró las guerras de religión que costaron al resto de Europa «un montón de cadáveres que superaría la altura de los Alpes».

Cómo se le ha leído

Lo primero que sorprende de su recepción es de quién viene. Auguste Comte, fundador del positivismo, tomó de él la rehabilitación del papel civilizador del papado medieval sin aceptar nada de su sistema. Baudelaire anotó en «Mon cœur mis à nu» una deuda que no era de contenido sino de método: «De Maistre y Edgar Poe me enseñaron a razonar». Victor Hugo, en cambio, lo despachó en un poema titulado «Écrit sur la première page d'un livre de Joseph de Maistre», donde reparte los papeles dentro de una misma capilla doble: Bonald corona al príncipe y Maistre consagra al verdugo. Y dentro del propio catolicismo fue un autor en disputa, no una autoridad pacífica: el abad Baston refutó «Du Pape» punto por punto en defensa de las máximas galicanas, y un siglo después Ferdinand Brunetière todavía discutía en la «Revue des Deux Mondes» si el libro estaba mal compuesto y si valía su método de arrancar concesiones al adversario. El Concilio Vaticano I definió la infalibilidad pontificia como dogma en 1870, cincuenta y un años después de que «Du Pape» abriera con ese capítulo, y desde entonces la corriente ultramontana lo tuvo por precursor.

La pelea del siglo XX es otra y sigue abierta: si es un reaccionario del Antiguo Régimen o un anticipo del fascismo. La formuló Isaiah Berlin en un ensayo cuyo título ya es la tesis, «Joseph de Maistre and the Origins of Fascism», donde escribe que su visión «tiene una afinidad con el mundo paranoico del fascismo moderno, sorprendente de encontrar tan pronto en el siglo XIX». Berlin no lo lee como un anacronismo sino como un profeta involuntario: habló el idioma del pasado y describió el futuro. La objeción de peso, que el propio Berlin reconoce en nota que no todos comparten su lectura, no está en negar la violencia de sus páginas sino en mirar la otra mitad de la doctrina. La autoridad que Maistre defiende es un Papa y un trono hereditario, y niega la soberanía popular en todas sus formas, incluida la plebiscitaria sobre la que se levantaron los movimientos de masas del siglo XX. Un nacionalismo no puede usar a un autor que somete el estado nacional al arbitraje de una autoridad extranjera y espiritual. Leerlo como fascismo anticipado obliga a dejar fuera justo lo que lo hace inservible para cualquier nacionalismo. Miguel de Unamuno, que también lo leyó, se quedó con la imagen contraria y habló del «matadero del difunto conde José de Maistre».

Hoy se le tergiversa por dos vías opuestas. La primera es la cita del verdugo convertida en eslogan de dureza, arrancada del diálogo teológico sobre el sufrimiento del inocente al que pertenece y usada como si fuera un programa penal. La segunda es más silenciosa: quienes lo reivindican desde la derecha reaccionaria contemporánea suelen quedarse con la prosa y el gesto, y muy pocos aceptarían la pieza central de su doctrina, que es la sumisión de su propio estado a un árbitro pontificio. Y luego está la frase que se le escapó del todo. «Toda nación tiene el gobierno que se merece» es hoy sabiduría de barra de bar, se atribuye a Tocqueville o a nadie, y se usa como reproche moral a los pueblos. En su sitio original, una carta de 1811 desde San Petersburgo, no es un veredicto moral sino un pronóstico técnico y bastante frío: Maistre sostiene que el ruso no es «susceptible» de un gobierno organizado como los europeos, que los ensayos filosóficos de Alejandro I acabarán devolviendo al pueblo donde lo encontraron, y que toda ley es inútil e incluso funesta si la nación no está hecha para ella. Unas líneas más abajo, en la misma carta, escribe que si en Rusia apareciera «algún Pugatschev de universidad» al frente de un partido, vería el Neva espumeante de sangre.

Fuentes de esta biografía · 12

  1. «Et cependant toute grandeur [...] toute subordination repose sur l'exécuteur : il est l'horreur et le lien de l'association humaine. [...] Le glaive de la justice n'a point de fourreau ; toujours il doit menacer ou frapper.»

    Joseph de Maistre, «Les Soirées de Saint-Pétersbourg» (obra póstuma, 1821), Premier entretien; seconde édition, Lyon y París, Rusand et Compagnie, 1831, t. I, pp. 39-41. fuente

  2. «La révolution Françoise mène les hommes plus que les hommes ne la mènent. Cette observation est de la plus grande justesse [...] Les scélérats même qui paroissent conduire la révolution, n'y entrent que comme de simples instrumens; et dès qu'ils ont la prétention de la dominer, ils tombent ignoblement.»

    Joseph de Maistre, «Considérations sur la France» (1796), cap. I, «Des révolutions»; nouvelle édition, la seule revue et corrigée par l'auteur, París, Potey, 1821, pp. 6-7. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  3. «L'Eglise a donc seule l'honneur, la puissance et le droit des missions ; et, sans le souverain pontife, il n'y a point d'Eglise. N'est-ce pas lui qui a civilisé l'Europe, et créé cet esprit général, ce génie fraternel qui nous distinguent?»

    Joseph de Maistre, «Du Pape» (1819), libro III («Du Pape dans son rapport avec la civilisation et le bonheur des peuples»), cap. I, «Missions»; «Œuvres complètes», édition ne varietur, Lyon, Vitte, t. II, p. 333. fuente

  4. «De quel front ose-t-on reprocher à l'Espagne une institution qui les auroit toutes prévenues. Le Saint-Office avec une soixantaine de procès dans un siècle [...] nous auroit épargné le spectacle d'un monceau de cadavres qui surpasserait la hauteur des Alpes [...] et arrêterait le cours du Rhin et du Pô.»

    Joseph de Maistre, «Lettres à un gentilhomme russe sur l'Inquisition espagnole» (escritas en 1815), lettre IV; París, Méquignon fils aîné, 1822, p. 93. fuente

  5. «On croit que l'inquisition est un tribunal purement ecclésiastique ; cela est faux. On croit que les ecclésiastiques qui siègent dans ce tribunal condamnent certains accusés à la peine de mort ; cela est faux. [...] Le tribunal de l'inquisition est purement royal»

    Joseph de Maistre, «Lettres à un gentilhomme russe sur l'Inquisition espagnole», première lettre; París, Méquignon fils aîné, 1822, pp. 10-11. fuente

  6. «Dans une autre, tout aussi simplement laconique, il s'exprime ainsi : « Tous mes biens [...] sont vendus, je n'ai plus rien. »»

    Rodolphe de Maistre, «Notice biographique», en «Lettres et opuscules inédits du comte J. de Maistre», 5ª ed., t. I, París, Vaton frères, 1869, sobre las cartas de la emigración. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  7. «Le comte de Maistre assistait au conseil des ministres, où l'on agitait d'importants changements dans la législation. [...] Ses derniers mots furent [...] Messieurs, la terre tremble, et vous voulez bâtir. [...] Le 26 février, le comte de Maistre s'endormit dans le Seigneur, et le 9 mars la révolution éclatait.»

    Rodolphe de Maistre, «Notice biographique de M. le comte Joseph de Maistre», en «Lettres et opuscules inédits du comte Joseph de Maistre», t. I, París, A. Vaton, 1851, pp. xxv-xxvj. fuente · sostiene 4 pasajes de esta ficha

  8. «Ses discours au Sénat de Savoie [...] lui vaudront, pendant la Révolution, une réputation de jacobinisme qui ne disparaîtra jamais complètement. [...] Dans ces mêmes années, il fut affilié à la maçonnerie anglaise dans la loge savoisienne des Trois-Mortiers, puis à la maçonnerie de rite écossais dans la loge la Sincérité. [...] Enfin à ce même moment, par les francs-maçons de Lyon, il s'instruisait des doctrines martinistes et des spéculations religieuses de Saint-Martin, le philosophe inconnu.»

    «Maistre (Joseph de)», en A. Vacant, E. Mangenot y É. Amann, «Dictionnaire de théologie catholique», t. 9.2, París, Letouzey et Ané, 1927, secc. I, «Vie». fuente

  9. «Point de morale pratique ni de caractère national sans religion ; point de religion européenne sans le christianisme ; point de christianisme sans le catholicisme ; point de catholicisme sans le Pape ; point de Pape sans la suprématie qui lui appartient»

    Joseph de Maistre, carta al duque de Blacas, 22 de mayo de 1814, citada por Ferdinand Brunetière, «Joseph de Maistre et son livre Du Pape», Revue des Deux Mondes, 1906. fuente

  10. «De Maistre et Edgar Poe m'ont appris à raisonner.»

    Charles Baudelaire, «Mon cœur mis à nu», XVI (escrito hacia 1864), en «Œuvres posthumes». fuente

  11. «Double chapelle, et double apôtre. Bonald en l'une, altier zéro, Couronne le prince, et, dans l'autre, De Maistre sacre le bourreau.»

    Victor Hugo, «Écrit sur la première page d'un livre de Joseph de Maistre», en «Les Quatre Vents de l'esprit», Le Livre satirique, VIII (1881). fuente

  12. «It has an affinity with the paranoiac world of modern fascism, which it is startling to find so early in the nineteenth century. [...] Maistre may have spoken the language of the past, but the content of what he had to say presaged the future. [...] Yet life is not for Maistre a meaningless slaughter, not what the Spanish thinker Miguel de Unamuno called the «abattoir of the late Count Joseph de Maistre».»

    Isaiah Berlin, «Joseph de Maistre and the Origins of Fascism», The New York Review of Books, 27 de septiembre de 1990 (recogido después en «The Crooked Timber of Humanity»). fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Tradición · polo TradicionalistaConsideraciones sobre Francia · 1796

Aristócrata saboyano, católico ultramontano. Para Maistre, las constituciones que duran no se redactan: crecen. Lo verdaderamente constitutivo de un pueblo es lo no escrito, lo recibido, lo sagrado. La soberanía política, en última instancia, descansa en la autoridad espiritual del Papa.

«La constitución de 1795, como sus predecesoras, está hecha para el hombre. Pero no hay hombre alguno en el mundo. He visto en mi vida franceses, italianos, rusos, etc.; sé incluso, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa: pero, en cuanto al hombre, declaro no haberlo encontrado nunca.»

Original: «La constitution de 1795, tout comme ses aînées, est faite pour l'homme. Or, il n'y a point d'homme dans le monde… mais quant à l'homme, je déclare ne l'avoir rencontré de ma vie.»

Sutileza / error común

Maistre NO es el equivalente católico de Burke. Burke razona empíricamente desde los hábitos reales de los pueblos; Maistre razona teológicamente desde la providencia. Burke es whig parlamentario; Maistre es ultramontano y monárquico de derecho divino. Mezclarlos borra la diferencia entre conservadurismo anglosajón (prudencial, empírico) y tradicionalismo continental (teológico, contra-revolucionario). Sus «Soirées» defienden el verdugo como pilar del orden social: Burke jamás escribiría eso.

Saboyano legitimista, embajador de Cerdeña en San Petersburgo, teólogo-político de la Contrarrevolución. La Revolución Francesa es castigo divino y prueba de que la sociedad sin trono y altar se autodestruye. «Du Pape» propone el ultramontanismo absoluto: el Papa, autoridad infalible, árbitro de Europa.

«Sin infalibilidad, no hay soberanía: siendo la Religión la primera de las leyes fundamentales del Estado, la intervención de la suprema autoridad espiritual es el medio más plausible para mantener a las soberanías temporales dentro de sus límites legítimos.»

Original: «Point d'infaillibilité, point de souveraineté.»

Sutileza / error común

Maistre NO es simplemente «un reaccionario». Es un pensador de extraordinaria coherencia interna que anticipa la teología política del siglo XX (Carl Schmitt lo cita expresamente). El error frecuente es leerlo como nostálgico del Antiguo Régimen cuando es post-revolucionario: escribe DESPUÉS de 1789 y CONTRA 1789, con la lucidez del que ha visto caer todo. Su confesionalismo es ultramontano (poder pontificio sobre los reinos), no galicano ni regalista.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Joseph de Maistre también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Consideraciones sobre Francia

Joseph de Maistre · 1796 · Tecnos

Del Papa

Joseph de Maistre · 1819

Y tú

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