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Referente del test

Voltaire.

1694-1778

El modelo del intelectual ilustrado contra el «infame»: superstición, fanatismo, intolerancia eclesiástica. El criterio para conservar una costumbre no es su antigüedad sino su utilidad pública y su compatibilidad con la razón. La tradición no se respeta por serlo.

La vida

François-Marie Arouet nació en París el 21 de noviembre de 1694 y fue bautizado al día siguiente en la iglesia de Saint-André-des-Arts. No venía ni de la nobleza ni de la pobreza. Su padre, François Arouet, era notario en el Châtelet desde 1675 y después recaudador de derechos en la Cámara de Cuentas; su madre, Marie-Marguerite d'Aumart, era hija de un escribano criminal del Parlamento. Es la burguesía de toga: la que compra cargos, vive de ellos y trata a diario con aristócratas sin serlo. Esa posición intermedia explica buena parte de lo que vino después, porque le dio educación, contactos y dinero para moverse en los salones, y ningún título que le protegiera cuando alguien de arriba decidiera humillarlo. Los jesuitas del colegio Louis-le-Grand le dieron una formación clásica de primer orden y, de paso, el adversario de toda su vida. El padre lo quería jurista; el hijo frecuentaba el círculo libertino del Temple, escribía versos y no aparecía por el bufete. En 1713 lo enviaron a La Haya como secretario privado del marqués de Châteauneuf, embajador de Francia, y en Navidad ya estaba de vuelta, expulsado del puesto por un escándalo amoroso con Olympe du Noyer. Su padre llegó a plantearse embarcarlo hacia América.

El 16 de mayo de 1717, con veintidós años, entró en la Bastilla por una carta sellada del rey. Había confiado a un tal Beauregard, en realidad un confidente de la policía, que era el autor de unos versos satíricos contra el Regente. Estuvo encerrado once meses. Salió, estrenó «Œdipe» en 1718 con un éxito enorme y firmó por primera vez con el nombre que ya no dejaría. La segunda detención fue la decisiva. En enero de 1726, el caballero Guy-Auguste de Rohan-Chabot, de una de las casas más ilustres del reino, lo interpeló en la Comédie-Française: «Señor de Voltaire, señor Arouet, ¿cómo se llama usted?». La réplica («¡Voltaire! Yo empiezo mi nombre y usted acaba el suyo») corrió por todo París. Días más tarde, mientras cenaba en casa de su amigo el duque de Sully, lo hicieron bajar a la calle y los criados de Rohan le dieron una paliza a bastonazos. Voltaire quiso denunciar y batirse; ninguno de sus amigos aristócratas lo acompañó siquiera ante el comisario. Un pariente de Caumartin resumió el ambiente: «Seríamos bien desgraciados si los poetas no tuvieran hombros». Los Rohan consiguieron que el apaleado fuese arrestado: entró en la Bastilla el 17 de abril y salió dos semanas después con la condición de exiliarse. Aquello no fue un incidente de honor entre caballeros. Fue la comprobación práctica de que, sin rango, la ley no ofrecía nada, y esa experiencia está debajo de casi todo lo que escribió luego sobre la justicia.

Los dos años y medio en Inglaterra (1726-1728) lo cambiaron. Bolingbroke, que vivía exiliado en Francia y a quien ya trataba, le abrió la puerta a Swift, Pope y Gay. A la vuelta resolvió el problema del dinero de una manera que conviene no adornar: en 1729 el gobierno francés montó una especie de lotería para amortizar deuda real, un amigo suyo advirtió que la estructura de la emisión dejaba un hueco aprovechable para los inversores, formó una sociedad para comprar participaciones en una cena a la que asistía Voltaire, y este entró. Aquel otoño hizo una fortuna, y por las mismas fechas cobró la herencia paterna. Desde entonces no volvió a depender de un mecenas, cosa insólita en un escritor de su siglo, y eso le permitió publicar lo que quiso sin pedir permiso a nadie que le pagara. El escándalo de las «Lettres philosophiques» en 1734 le valió una orden de arresto y lo empujó al castillo de Cirey, en la frontera de Lorena, donde vivió quince años con Émilie du Châtelet. Ella no fue una anfitriona: era matemática, autora de un tratado propio de filosofía natural y traductora al francés de los «Principia» de Newton, todavía hoy la única versión francesa completa. Trabajaron juntos en la difusión del newtonianismo y discreparon en público sobre Leibniz. Du Châtelet murió de parto en 1749.

Muerta Du Châtelet, aceptó por fin la invitación de Federico II y se instaló en Berlín en 1750. Duró tres años. Una sátira suya contra Maupertuis, presidente de la Academia de Berlín, obligó al rey a elegir; Federico eligió a Maupertuis y mandó quemar los ejemplares en la plaza pública a manos del verdugo. Voltaire salió de Prusia el 26 de marzo de 1753, y el 31 de mayo, ya en Fráncfort, ciudad libre del Imperio, el residente del rey lo hizo detener para recuperar un libro de poemas de Federico que temía que usara mal. Pasó más de un mes retenido y humillado junto a Madame Denis. Nunca volvió a vivir bajo la protección de un príncipe. Tras un paso por Ginebra, que le resultó igual de incómoda por calvinista, compró tierras en la frontera francosuiza y desde comienzos de 1759 hasta su muerte vivió en Ferney. Allí hizo de empresario: drenó marismas, plantó, levantó casas para atraer pobladores e implantó sederías, tejerías y sobre todo relojería. Cuando en 1770 fracasó la revuelta de los «natifs» ginebrinos, acogió a varios centenares de refugiados, con setenta y seis años se convirtió en su banquero, les suministró materia prima, les negoció ventajas fiscales y exportó sus relojes a Rusia, Turquía, el Magreb y América. En 1777 pudo escribir que «una guarida de cuarenta salvajes se ha convertido en una pequeña ciudad opulenta habitada por 1.200 personas útiles».

Ferney fue también el despacho desde el que libró los pleitos que le dieron su fama moderna. El 22 de marzo de 1762 supo que el Parlamento de Toulouse había hecho romper en la rueda, estrangular y quemar a Jean Calas, comerciante protestante, de sesenta y ocho años según el propio Voltaire, acusado sin pruebas de haber matado a un hijo que quería convertirse al catolicismo. Como una sentencia de un parlamento no admitía apelación, el único recurso era el Consejo privado del rey, y solo él tenía el prestigio necesario para llegar hasta ahí. Tardó tres años en conseguir la anulación y la indemnización de la familia. Repitió la operación con Sirven, condenado en rebeldía en marzo de 1764 por un caso casi idéntico, y con el caballero de La Barre, un chico de diecinueve años de Abbeville juzgado por no descubrirse ante una procesión y sospechoso de haber mutilado un crucifijo: le cortaron la lengua, lo decapitaron y lo quemaron el 1 de julio de 1766, y en la misma pira ardió un ejemplar del «Dictionnaire philosophique». «Esa sangre inocente grita, y yo gritaré también; y gritaré hasta mi muerte», escribió a d'Argental. En febrero de 1778 volvió a París, tras veintiocho años de ausencia, para el estreno de su tragedia «Irène». El 30 de marzo lo aclamaron en la Academia y en la Comédie-Française, donde el público interrumpió la función y gritó «¡Viva el defensor de los Calas!». Murió el 30 de mayo de 1778, a los ochenta y tres años, en casa del marqués de Villette. Su sobrino, el abate Mignot, trasladó el cuerpo embalsamado a la abadía de Sellières y lo enterró en sagrado con urgencia, antes de que el obispo de Troyes, avisado desde París, pudiera prohibirlo.

La obra

Conviene empezar por lo que hoy casi nadie lee, porque es lo que fue en vida. Para el siglo XVIII, Voltaire era ante todo un poeta y un dramaturgo: «el autor de La Henriade», la epopeya nacional sobre Enrique IV, y el trágico que competía de tú a tú con Racine y Corneille. «Œdipe» (1718) fue un triunfo bajo la Regencia y «Zaïre» (1732) probablemente el mayor éxito teatral del siglo. Escribió más de cincuenta piezas teatrales, cerca de una treintena de ellas tragedias, reinó en la Comédie-Française desde 1718 hasta su muerte y siguió estrenando hasta el final. A eso se suma una obra que no cabe en ningún género: su correspondencia, calculada en unas cuarenta mil cartas, de las que se conservan unas quince mil. No es material de apéndice. La carta era su instrumento de campaña, la vía por la que movilizaba a la opinión europea, y es en ella donde aparece a partir de 1762 la consigna «Écrasez l'infâme», abreviada por comodidad como «Écr. l'inf.» al pie de sus firmas.

Las «Lettres philosophiques» (1734), escritas en parte durante el exilio inglés, son el primer libro que hace daño. Gustave Lanson las llamó «la primera bomba lanzada contra el Antiguo Régimen», y el mecanismo es indirecto: no ataca a Francia, describe Inglaterra. Habla de cuáqueros, presbiterianos, socinianos, de la inoculación de la viruela, de Bacon, Locke y Newton, del respeto que allí se tiene a un comerciante o a un actor. El lector francés hacía solo la comparación. El argumento sobre religión es sociológico antes que teológico: donde hay una sola confesión hay despotismo, donde hay dos hay degüello, donde hay treinta hay paz. De ahí salió también su combate científico, continuado en los «Éléments de la philosophie de Newton» (1738), escritos con Du Châtelet contra los torbellinos cartesianos que dominaban la física oficial francesa.

Como historiador rompió con el modelo providencialista de Bossuet. «Le Siècle de Louis XIV» (1751) sustituye la crónica de batallas y dinastías por un balance de artes, comercio, costumbres y administración; el «Essai sur les mœurs et l'esprit des nations» (1756) va más lejos y mete en la historia universal a China, la India y el islam, es decir, saca a Europa del centro y trata las religiones como fenómenos históricos comparables. Ese mismo desplazamiento explica sus cuentos filosóficos, que son el vehículo por el que hoy sobrevive: «Zadig» (1748), «Micromégas» (1752), «Candide ou l'Optimisme» (1759), «L'Ingénu» (1767). «Candide» discute con el optimismo metafísico de Leibniz y con el «Ensayo sobre el hombre» de Pope, y lo hace después de que el terremoto de Lisboa de 1755 le hubiera arrancado ya el «Poème sur le désastre de Lisbonne» (1756). Su final no consuela: descarta la providencia y también el nihilismo, y se queda en una frase deliberadamente pequeña, «hay que cultivar nuestro jardín», que ha sido leída como repliegue burgués y como programa de trabajo concreto frente a la especulación inútil.

Los libros de combate de la última etapa son otra cosa: obra de agitación diseñada para circular. El «Traité sur la tolérance» (1763) nace del caso Calas y se publica mientras el proceso sigue abierto, de modo que el libro es una pieza de la campaña judicial y no un tratado escrito después de los hechos. El «Dictionnaire philosophique portatif» (1764) lleva su estrategia en el adjetivo: formato de bolsillo, entradas breves, sin autor declarado, fácil de esconder y de negar. Voltaire desmintió su autoría cuantas veces hizo falta, y lo publicó con pies de imprenta falsos, un método que empleó durante décadas. Las «Questions sur l'Encyclopédie» (1770-1772), en nueve volúmenes, amplían el procedimiento hasta convertirlo en una enciclopedia personal donde cabe todo: la esclavitud antigua, los milagros, la tortura judicial, la propiedad. La edición moderna de sus obras completas, publicada por la Voltaire Foundation de la Universidad de Oxford entre 1968 y 2022, ocupa 205 volúmenes.

Cómo se le ha leído

La canonización fue inmediata y estatal. El 11 de julio de 1791 sus restos entraron en el Panteón, como primer traslado a la nueva sepultura de los grandes hombres de la Revolución; cuando en septiembre de 1794 sacaron de allí a Mirabeau por su correspondencia con Luis XVI, Voltaire quedó como el ocupante más antiguo del edificio. La Tercera República remató la operación: en 1870 París ya tenía un bulevar, una plaza y un callejón con su nombre, y «volteriano» pasó a significar anticlerical. El precio de esa adopción fue una distorsión que todavía circula: convertido en padre fundador de la democracia laica, el Voltaire real, que buscó el favor de Federico II y de Catalina II y desconfiaba abiertamente del pueblo sin letras, desaparece detrás del emblema. Sus adversarios católicos del siglo XIX construyeron la imagen simétrica, la del filósofo que fabricó la Revolución y el Terror. Ninguna de las dos se sostiene con los textos delante.

Su segunda vida es la de icono de la libertad de expresión, y descansa en parte sobre una cita que no escribió. La frase «no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo» es de Evelyn Beatrice Hall, que la formuló como resumen de su actitud en «The Friends of Voltaire» (1906). Circula además una segunda versión apócrifa, atribuida a una carta del 6 de febrero de 1770 al abate Le Riche: la carta existe, la frase no aparece en ella, ni la idea. Que el emblema sea falso no ha impedido que la obra funcione: tras los atentados de París de enero de 2015, el «Traité sur la tolérance» escaló las listas de ventas, una portavoz de Folio-Gallimard declaró a mediados de enero que preveían una reimpresión de 10.000 ejemplares y las ventas del libro en Francia subieron de forma muy acusada. Hoy lo invocan a la vez quienes combaten la censura religiosa y quienes combaten la censura secular, lo cual dice más del uso público de los clásicos que del propio Voltaire.

La parte incómoda de la recepción es la que más se ha investigado en las últimas décadas, y no se resuelve con una etiqueta. En el artículo «Tolérance» de su «Dictionnaire philosophique» escribe que habla de los judíos «con pesar» y que esa nación es «en muchos aspectos la más detestable que haya mancillado la tierra»; el artículo «Juifs» cierra con un juicio igual de duro seguido de la frase que es el centro de toda la discusión: «Sin embargo, no hay que quemarlos». Sus contemporáneos ya le respondieron, y el judío portugués Isaac de Pinto le envió directamente una «Apologie pour la Nation Juive», reproducida después por Antoine Guénée. Entre los historiadores, Léon Poliakov lo situó como el peor antisemita francés del siglo XVIII y Christian Delacampagne lo describe como poligenista, racista y antisemita a la vez, apoyándose en los pasajes del «Essai sur les mœurs» que niegan el origen común de la especie humana; Bernard Lazare, en cambio, sostuvo que aunque Voltaire fuera un judeófobo ardiente, las ideas que él y los enciclopedistas representaban no eran hostiles a los judíos, porque eran ideas de libertad e igualdad universal. Con la esclavitud ocurre algo parecido y también se cita mal en las dos direcciones. El capítulo XIX de «Candide» contiene una de las páginas más duras del siglo contra la plantación: el esclavo mutilado de Surinam explica que le cortaron la mano por un accidente en el molino y la pierna por intentar huir, y remata «a ese precio coméis azúcar en Europa»; el artículo «Esclaves» de su diccionario llega a decir que de todas las guerras «la de Espartaco es la más justa, y quizá la única justa». En sentido contrario circula desde hace dos siglos una carta en la que agradecería a un negrero de Nantes 600.000 libras de beneficio, que el historiador Jean Ehrard estableció que es falsa; lo que sí está acreditado, y por su propia correspondencia, es que tenía una cartera considerable de acciones de la Compañía de Indias, que practicaba la trata, y que el 23 de abril de 1760 escribía a su amigo Pilavoine que le interesaba la Compañía «porque tengo en ella parte de mis bienes». Ni negrero ni abolicionista militante: accionista de una empresa negrera y autor de una de sus mejores acusaciones literarias. La discusión, en los dos frentes, consiste en decidir qué peso dar a cada cosa, no en negar los textos.

Fuentes de esta biografía · 7

  1. «S’il n’y avait en Angleterre qu’une religion, son despotisme serait à craindre ; s’il n’y en avait que deux, elles se couperaient la gorge ; mais il y en a trente, et elles vivent en paix et heureuses.»

    Voltaire, «Lettres philosophiques», Lettre VI («Sur les presbytériens»), 1734 (ed. Garnier). fuente

  2. «Quand nous travaillons aux sucreries, et que la meule nous attrape le doigt, on nous coupe la main: quand nous voulons nous enfuir, on nous coupe la jambe: je me suis trouvé dans les deux cas. C’est à ce prix que vous mangez du sucre en Europe.»

    Voltaire, «Candide, ou l'optimisme», cap. XIX («Ce qui leur arriva à Surinam»), 1759. Œuvres de Voltaire, t. XXXIII, Firmin Didot. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  3. «Qu’est-ce que la tolérance ? C’est l’apanage de l’humanité. Nous sommes tous pétris de faiblesses et d’erreurs ; pardonnons-nous réciproquement nos sottises, c’est la première loi de la nature. […] C’est à regret que je parle des Juifs : cette nation est, à bien des égards, la plus détestable qui ait jamais souillé la terre.»

    Voltaire, «Dictionnaire philosophique», artículo «Tolérance», secciones I y II, 1764 (ed. Garnier 1878). fuente

  4. «Enfin vous ne trouverez en eux qu’un peuple ignorant et barbare, qui joint depuis longtemps la plus sordide avarice à la plus détestable superstition, et à la plus invincible haine pour tous les peuples qui les tolèrent et qui les enrichissent. Il ne faut pourtant pas les brûler.»

    Voltaire, «Dictionnaire philosophique», artículo «Juifs», sección I, 1764 (ed. Garnier 1878). fuente

  5. «Aucun législateur de l’antiquité n’a tenté d’abroger la servitude ; au contraire, les peuples les plus enthousiastes de la liberté, les Athéniens, les Lacédémoniens, les Romains, les Carthaginois, furent ceux qui portèrent les lois les plus dures contre les serfs. Le droit de vie et de mort sur eux était un des principes de la société. Il faut avouer que, de toutes les guerres, celle de Spartacus est la plus juste, et peut-être la seule juste.»

    Voltaire, «Dictionnaire philosophique», artículo «Esclaves» (procedente de las «Questions sur l'Encyclopédie», 1771), ed. Garnier 1878. fuente

  6. «Voltaire was the first person to be honored with re-burial in the newly created Pantheon of the Great Men of France that the new revolutionary government created in 1791. This act served as a tribute to the connections that the revolutionaries saw between Voltaire's philosophical program and the cause of revolutionary modernization as a whole.»

    J. B. Shank, «Voltaire», The Stanford Encyclopedia of Philosophy, sección 1.7 («Voltaire, Philosophe Icon of Enlightenment Philosophie, 1778-Present»), Metaphysics Research Lab, Stanford University. fuente

  7. «Nous avons constaté une hausse très sensible des ventes de cet ouvrage depuis les attaques, et encore plus depuis la marche de dimanche, au point que nous prévoyons une réimpression de 10000 exemplaires.»

    Portavoz de Folio-Gallimard, citada por Cédric Enjalbert, «Le “Traité sur la tolérance” de Voltaire, large succès dans les librairies», Philosophie magazine, 19 de enero de 2015. fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Tradición · polo ReformistaDiccionario filosófico · 1764

El modelo del intelectual ilustrado contra el «infame»: superstición, fanatismo, intolerancia eclesiástica. El criterio para conservar una costumbre no es su antigüedad sino su utilidad pública y su compatibilidad con la razón. La tradición no se respeta por serlo.

«El prejuicio es una opinión sin juicio.»

Original: «Le préjugé est une opinion sans jugement.»

Sutileza / error común

Voltaire NO era demócrata moderno: simpatizaba con el «déspota ilustrado» (Federico II, Catalina II) y desconfiaba del pueblo iletrado. Su ataque va contra la Iglesia y la superstición, no contra la jerarquía social. Tampoco era ateo: era deísta. Leerlo como progresista contemporáneo es proyectar valores del siglo XXI sobre el XVIII.

Lib. expresión · polo Libertad simétricaTratado sobre la tolerancia · 1763

Manifiesto ilustrado contra la persecución religiosa. Argumenta que la intolerancia destruye la convivencia y que ninguna autoridad humana tiene derecho a imponer creencias por la fuerza.

«Ciertamente, quien está en condición de hacerte creer absurdos está en condición de hacerte cometer injusticias.»

Original: «Certainement qui est en droit de vous rendre absurde est en droit de vous rendre injuste.»

Sutileza / error común

ATENCIÓN: la cita más célebre atribuida a Voltaire — «no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo» — NO es de Voltaire. La escribió Evelyn Beatrice Hall en «The Friends of Voltaire» (1906) como paráfrasis. La propia Hall lo aclaró en «Saturday Review» en 1935. La popularizó «Reader's Digest» en 1934 como cita de Voltaire. Investigadores han buscado durante un siglo y la frase no aparece en ningún texto suyo. Si vas a citar a Voltaire sobre tolerancia, usa el «Tratado» (1763) o «Questions sur les miracles» (1765).

Alcance en 2026

Voltaire combatió la persecución religiosa estatal del Antiguo Régimen: blasfemia castigada con la rueda, Inquisición, autos de fe, censura clerical previa. Su enemigo era una autoridad institucional concentrada y visible. No vio el discurso de odio sin Estado intermediando, el linchamiento digital coordinado, la desinformación a escala industrial ni el anonimato como escudo del acoso. Su principio (la autoridad no debe imponer creencias por la fuerza) se mantiene; lo que cambia son los actores capaces de coaccionar el discurso, que ya no son solo Estados.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Voltaire también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Diccionario filosófico

Voltaire · 1764 · Akal

Tratado sobre la tolerancia

Voltaire · 1763 · Crítica

Y tú

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