François-Marie Arouet nació en París el 21 de noviembre de 1694 y fue bautizado al día siguiente en la iglesia de Saint-André-des-Arts. No venía ni de la nobleza ni de la pobreza. Su padre, François Arouet, era notario en el Châtelet desde 1675 y después recaudador de derechos en la Cámara de Cuentas; su madre, Marie-Marguerite d'Aumart, era hija de un escribano criminal del Parlamento. Es la burguesía de toga: la que compra cargos, vive de ellos y trata a diario con aristócratas sin serlo. Esa posición intermedia explica buena parte de lo que vino después, porque le dio educación, contactos y dinero para moverse en los salones, y ningún título que le protegiera cuando alguien de arriba decidiera humillarlo. Los jesuitas del colegio Louis-le-Grand le dieron una formación clásica de primer orden y, de paso, el adversario de toda su vida. El padre lo quería jurista; el hijo frecuentaba el círculo libertino del Temple, escribía versos y no aparecía por el bufete. En 1713 lo enviaron a La Haya como secretario privado del marqués de Châteauneuf, embajador de Francia, y en Navidad ya estaba de vuelta, expulsado del puesto por un escándalo amoroso con Olympe du Noyer. Su padre llegó a plantearse embarcarlo hacia América.
El 16 de mayo de 1717, con veintidós años, entró en la Bastilla por una carta sellada del rey. Había confiado a un tal Beauregard, en realidad un confidente de la policía, que era el autor de unos versos satíricos contra el Regente. Estuvo encerrado once meses. Salió, estrenó «Œdipe» en 1718 con un éxito enorme y firmó por primera vez con el nombre que ya no dejaría. La segunda detención fue la decisiva. En enero de 1726, el caballero Guy-Auguste de Rohan-Chabot, de una de las casas más ilustres del reino, lo interpeló en la Comédie-Française: «Señor de Voltaire, señor Arouet, ¿cómo se llama usted?». La réplica («¡Voltaire! Yo empiezo mi nombre y usted acaba el suyo») corrió por todo París. Días más tarde, mientras cenaba en casa de su amigo el duque de Sully, lo hicieron bajar a la calle y los criados de Rohan le dieron una paliza a bastonazos. Voltaire quiso denunciar y batirse; ninguno de sus amigos aristócratas lo acompañó siquiera ante el comisario. Un pariente de Caumartin resumió el ambiente: «Seríamos bien desgraciados si los poetas no tuvieran hombros». Los Rohan consiguieron que el apaleado fuese arrestado: entró en la Bastilla el 17 de abril y salió dos semanas después con la condición de exiliarse. Aquello no fue un incidente de honor entre caballeros. Fue la comprobación práctica de que, sin rango, la ley no ofrecía nada, y esa experiencia está debajo de casi todo lo que escribió luego sobre la justicia.
Los dos años y medio en Inglaterra (1726-1728) lo cambiaron. Bolingbroke, que vivía exiliado en Francia y a quien ya trataba, le abrió la puerta a Swift, Pope y Gay. A la vuelta resolvió el problema del dinero de una manera que conviene no adornar: en 1729 el gobierno francés montó una especie de lotería para amortizar deuda real, un amigo suyo advirtió que la estructura de la emisión dejaba un hueco aprovechable para los inversores, formó una sociedad para comprar participaciones en una cena a la que asistía Voltaire, y este entró. Aquel otoño hizo una fortuna, y por las mismas fechas cobró la herencia paterna. Desde entonces no volvió a depender de un mecenas, cosa insólita en un escritor de su siglo, y eso le permitió publicar lo que quiso sin pedir permiso a nadie que le pagara. El escándalo de las «Lettres philosophiques» en 1734 le valió una orden de arresto y lo empujó al castillo de Cirey, en la frontera de Lorena, donde vivió quince años con Émilie du Châtelet. Ella no fue una anfitriona: era matemática, autora de un tratado propio de filosofía natural y traductora al francés de los «Principia» de Newton, todavía hoy la única versión francesa completa. Trabajaron juntos en la difusión del newtonianismo y discreparon en público sobre Leibniz. Du Châtelet murió de parto en 1749.
Muerta Du Châtelet, aceptó por fin la invitación de Federico II y se instaló en Berlín en 1750. Duró tres años. Una sátira suya contra Maupertuis, presidente de la Academia de Berlín, obligó al rey a elegir; Federico eligió a Maupertuis y mandó quemar los ejemplares en la plaza pública a manos del verdugo. Voltaire salió de Prusia el 26 de marzo de 1753, y el 31 de mayo, ya en Fráncfort, ciudad libre del Imperio, el residente del rey lo hizo detener para recuperar un libro de poemas de Federico que temía que usara mal. Pasó más de un mes retenido y humillado junto a Madame Denis. Nunca volvió a vivir bajo la protección de un príncipe. Tras un paso por Ginebra, que le resultó igual de incómoda por calvinista, compró tierras en la frontera francosuiza y desde comienzos de 1759 hasta su muerte vivió en Ferney. Allí hizo de empresario: drenó marismas, plantó, levantó casas para atraer pobladores e implantó sederías, tejerías y sobre todo relojería. Cuando en 1770 fracasó la revuelta de los «natifs» ginebrinos, acogió a varios centenares de refugiados, con setenta y seis años se convirtió en su banquero, les suministró materia prima, les negoció ventajas fiscales y exportó sus relojes a Rusia, Turquía, el Magreb y América. En 1777 pudo escribir que «una guarida de cuarenta salvajes se ha convertido en una pequeña ciudad opulenta habitada por 1.200 personas útiles».
Ferney fue también el despacho desde el que libró los pleitos que le dieron su fama moderna. El 22 de marzo de 1762 supo que el Parlamento de Toulouse había hecho romper en la rueda, estrangular y quemar a Jean Calas, comerciante protestante, de sesenta y ocho años según el propio Voltaire, acusado sin pruebas de haber matado a un hijo que quería convertirse al catolicismo. Como una sentencia de un parlamento no admitía apelación, el único recurso era el Consejo privado del rey, y solo él tenía el prestigio necesario para llegar hasta ahí. Tardó tres años en conseguir la anulación y la indemnización de la familia. Repitió la operación con Sirven, condenado en rebeldía en marzo de 1764 por un caso casi idéntico, y con el caballero de La Barre, un chico de diecinueve años de Abbeville juzgado por no descubrirse ante una procesión y sospechoso de haber mutilado un crucifijo: le cortaron la lengua, lo decapitaron y lo quemaron el 1 de julio de 1766, y en la misma pira ardió un ejemplar del «Dictionnaire philosophique». «Esa sangre inocente grita, y yo gritaré también; y gritaré hasta mi muerte», escribió a d'Argental. En febrero de 1778 volvió a París, tras veintiocho años de ausencia, para el estreno de su tragedia «Irène». El 30 de marzo lo aclamaron en la Academia y en la Comédie-Française, donde el público interrumpió la función y gritó «¡Viva el defensor de los Calas!». Murió el 30 de mayo de 1778, a los ochenta y tres años, en casa del marqués de Villette. Su sobrino, el abate Mignot, trasladó el cuerpo embalsamado a la abadía de Sellières y lo enterró en sagrado con urgencia, antes de que el obispo de Troyes, avisado desde París, pudiera prohibirlo.