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Referente del test

Edmund Burke.

1729-1797

Whig irlandés y empirista político. La sociedad no es contrato voluntario reescribible cada generación, sino tejido vivo de prácticas, hábitos y afectos heredados que la razón abstracta no puede sustituir sin destruir lo que ordena la convivencia. Reformar sí; refundar no.

La vida

Nace en Dublín el 12 de enero de 1729, aunque la fecha exacta nunca se ha establecido con certeza. Es el segundo hijo de Richard Burke, procurador con despacho en la capital, y de una madre de apellido Nagle. El dato decisivo de esa casa es que el padre era protestante y la madre católica, y que los hijos se criaron en la religión del padre. Burke crece así a caballo de la línea que organizaba la Irlanda de las leyes penales: una minoría anglicana propietaria de la tierra y con acceso al Parlamento, y una mayoría católica excluida de la propiedad, de las profesiones y del voto. Su madre pertenecía al lado excluido. En 1741 lo mandan interno a Ballitore, condado de Kildare, a la escuela del cuáquero Abraham Shackleton, de quien dijo haber recibido todo lo verdaderamente valioso de su educación. En 1743 entra en el Trinity College de Dublín, bastión de la Iglesia de Irlanda, donde funda una sociedad de debate y se gradúa en 1748.

Se matricula en el Middle Temple en 1747 y en 1750 sube a Londres a estudiar derecho. No llega a colegiarse nunca. En 1755 su padre, irritado por el abandono de la carrera para la que lo había destinado, le retira la asignación de cien libras anuales, y Burke queda obligado a vivir de escribir. Conviene retener el dato porque explica media biografía: no hereda tierra, no toma órdenes sagradas ni tiene cátedra, y en la Gran Bretaña del XVIII esas eran las tres formas de dedicarse a pensar. En 1756 publica anónima «A Vindication of Natural Society» y al año siguiente la «Philosophical Enquiry» sobre lo sublime y lo bello. Ese mismo invierno de 1756-1757 se casa con Jane Nugent, hija del médico que lo trataba; ella era católica y pasó a la religión del marido. Desde 1759 dirige el «Annual Register» por cien libras al año que le paga el librero Dodsley, encargo que jamás reconoció en público. En 1759 entra como secretario privado de William Gerard Hamilton, con quien viaja a Irlanda en 1761. En 1763 Hamilton le consigue una pensión irlandesa de trescientas libras, y Burke acaba rompiendo con él al comprobar que el puesto no le dejaba tiempo propio para escribir.

En 1765 pasa a ser secretario privado del marqués de Rockingham, jefe del gobierno, y el 28 de diciembre de ese año lo eligen diputado por el burgo de Wendover. Toma asiento el 14 de enero de 1766 y permanece en los Comunes casi veintinueve años. En 1768 compra Gregories, una casa con unas seiscientas acres cerca de Beaconsfield, por algo más de veinte mil libras, de las cuales catorce mil eran hipotecas que nunca llegó a levantar: el defensor de la propiedad heredada vivió endeudado desde los treinta y nueve años hasta el día de su muerte. En 1774 lo eligen por Bristol, la segunda ciudad del reino, y allí pronuncia ante los electores el discurso sobre el mandato del representante que todavía se cita en derecho constitucional. Seis años después pierde el escaño. Él mismo enumeró los cuatro cargos que se le hacían en la ciudad: no visitarla lo bastante, su conducta en las primeras leyes de comercio con Irlanda, su postura en los proyectos de ley de deudores de lord Beauchamp y sus votos en el asunto de los católicos romanos. Tras dos días de campaña retiró la candidatura, y Rockingham le dio un escaño seguro en Malton. Fue paymaster of the forces en 1782 y en 1783, y nunca llegó al gabinete.

Entre 1786 y 1794 su vida pública la ocupa la India. En abril y mayo de 1786 presenta a los Comunes los artículos de acusación contra Warren Hastings, gobernador general de Bengala. El proceso ante los Lores se abre en febrero de 1788, y el día 19 Burke cierra su discurso de apertura acusando a Hastings en nombre de los Comunes, del pueblo de la India y de la naturaleza humana misma. Su réplica final ocupó nueve sesiones, del 28 de mayo al 16 de junio de 1794. Hastings fue absuelto el 23 de abril de 1795, siete años después de empezar el juicio. En paralelo se produce la ruptura política: en noviembre de 1790 publica las «Reflections on the Revolution in France» y el 6 de mayo de 1791, en el debate sobre el Quebec Bill, rompe en público con Charles James Fox, su aliado de dos décadas. Cuando Fox le susurró que no había pérdida de amigos, Burke contestó que sí la había, que conocía el precio de su conducta y que la amistad había terminado. Fox tardó varios minutos en poder hablar.

Se retira del Parlamento en la prórroga de julio de 1794, pocos días después de recibir el agradecimiento de la Cámara por el proceso de la India. El 2 de agosto muere su hijo Richard, para quien acababa de gestionar el escaño de Malton. El golpe lo deshizo. El 30 de agosto la Corona le concede una pensión inmediata de mil doscientas libras anuales sobre las vidas de él y de su mujer, y Pitt le añade después otras dos mil quinientas cargadas a los derechos de las Indias Occidentales sin llevarlo a la Cámara. Cuando el duque de Bedford atacó esa pensión en los Lores, Burke le respondió por escrito en «A Letter to a Noble Lord» (1796), recordándole que las mercedes de la Corona a la casa de Russell eran de un tamaño que no solo ofendía a la economía sino a la credulidad. Sus últimos meses los dedicó a Irlanda, al colegio católico de Maynooth y a la guerra con Francia. Murió poco después de medianoche del domingo 9 de julio de 1797. Fox propuso en los Comunes enterrarlo en la abadía de Westminster a cargo del erario público; Burke había dispuesto otra cosa, y el 15 de julio fue sepultado en la iglesia parroquial de Beaconsfield, con los jefes del viejo partido whig llevando el féretro.

La obra

Los dos libros de juventud ya contienen un método. «A Vindication of Natural Society» (1756) salió sin firma y presentada como obra póstuma de un noble escritor difunto: es una imitación tan exacta del estilo y de los argumentos de Bolingbroke que críticos como Warburton la tomaron por auténtica. El procedimiento consiste en aplicar a la sociedad civil el mismo escepticismo que Bolingbroke aplicaba a la religión revelada y enseñar adónde conduce, que es a declarar calamidad toda institución humana. Es una reducción al absurdo del razonamiento a partir de un principio único. «A Philosophical Enquiry into the Origin of our Ideas of the Sublime and Beautiful» (1757), empezada antes de cumplir los diecinueve, hace exactamente lo contrario: en lugar de deducir, describe. Separa lo sublime, que nace del terror contemplado desde una distancia segura, de lo bello, que nace de la pequeñez, la suavidad y la gradación, y busca su origen en la fisiología y el hábito en vez de en una regla del gusto. Lessing lo consideró digno de traducción y Johnson lo llamó un ejemplo de crítica verdadera.

«Thoughts on the Cause of the Present Discontents» (1770) resuelve un problema muy concreto de su siglo. En la Inglaterra de Jorge III, partido era sinónimo de facción, y se daba por supuesto que el hombre público honrado actuaba solo. Burke sostuvo lo contrario contra el sistema cortesano de los amigos del rey, y dio al partido la definición que todavía se cita: un cuerpo de hombres unidos para promover con su esfuerzo conjunto el interés nacional sobre algún principio particular en el que todos están de acuerdo. De ahí sale también la frase que le costaría dos siglos de malentendidos, la de que cuando los hombres malos se asocian los buenos deben asociarse. El «Speech to the Electors of Bristol» del 3 de noviembre de 1774 completa la doctrina por el otro extremo: el diputado debe a sus electores no solo su diligencia sino su juicio, y los traiciona si se lo sacrifica; el Parlamento no es un congreso de embajadores de intereses hostiles. Es un alegato contra el mandato imperativo, no contra la representación, y sigue siendo la formulación clásica del mandato representativo.

Los discursos imperiales son una sola tesis repetida en tres escenarios. En «On American Taxation» (1774) y en el discurso de conciliación con las colonias del 22 de marzo de 1775, el argumento no versa sobre derechos abstractos sino sobre carácter y temperamento: hay que gobernar a la gente por lo que efectivamente es, porque «la magnanimidad en política no pocas veces es la verdadera sabiduría, y un gran imperio y las mentes pequeñas casan mal». En el «Speech on Mr. Fox's East India Bill» (1 de diciembre de 1783) aplica la misma regla a la Compañía de las Indias Orientales: todo poder político puesto sobre otros hombres es artificial y por eso debe ejercerse en beneficio de ellos, y describe a los jóvenes ingleses que gobernaban Bengala como oleadas sucesivas de aves de presa y de paso. En la «Letter to Sir Hercules Langrishe» (1792) hace lo mismo con el código penal irlandés, y lo interesante es que empieza reconociéndole su coherencia: era una máquina de invención sabia y elaborada, tan bien ajustada para la opresión, el empobrecimiento y la degradación de un pueblo como jamás salió del ingenio pervertido del hombre. Un sistema no es mejor por ser perfecto.

Las «Reflections on the Revolution in France» (noviembre de 1790) nacen de una ocasión menor: el sermón que Richard Price predicó el 4 de noviembre de 1789 en la capilla del Old Jewry ante la Revolution Society, celebrando lo que ocurría en París. Burke escribió el libro como carta a un joven francés, y conviene fechar bien lo que tenía delante, porque en noviembre de 1790 Francia todavía tenía rey y el Terror quedaba a casi tres años. El libro convive con una frase que sus lectores más militantes suelen saltarse: «un Estado sin medios para algún cambio carece de medios para su propia conservación». Después vinieron «An Appeal from the New to the Old Whigs» (1791), escrito para demostrar que quien se había movido de sitio era su partido y no él; «A Letter to a Noble Lord» (1796); y las cartas contra la paz con el Directorio regicida (1796-1797). En noviembre de 1795 entregó a Pitt un memorial, «Thoughts and Details on Scarcity», que en pleno año de malas cosechas se oponía a que el gobierno interviniese el comercio de grano o fijase el salario de los jornaleros, con el argumento de que las leyes del comercio son las leyes de la naturaleza y, por consiguiente, las de Dios.

Cómo se le ha leído

La respuesta a las «Reflections» fue inmediata y llegó por dos flancos. Mary Wollstonecraft publicó «A Vindication of the Rights of Men» a las pocas semanas, y Thomas Paine contestó en 1791 con «Rights of Man», donde dejó la acusación que mejor ha envejecido contra el Burke sentimental: se compadece del plumaje y se olvida del pájaro que muere. Pero la lectura más incómoda para el uso actual de su nombre es posterior y viene de otro sitio. En «El capital» (1867), Marx lo despacha en una nota como un sicofante que, a sueldo de la oligarquía inglesa, hizo de romántico elogiador del pasado contra la Revolución Francesa igual que antes, a sueldo de las colonias norteamericanas, había hecho de liberal contra esa misma oligarquía, y remata llamándolo «un burgués vulgar de pies a cabeza». Lo relevante es el motivo del ataque: Marx no lo fusila por reaccionario, sino por economista de mercado, y le cita en contra precisamente el memorial sobre la escasez y el desprecio con que había tratado la expresión «los pobres trabajadores», a la que llamó jerga llorona.

El Burke que circula hoy es en buena medida una construcción del siglo XX. «The Conservative Mind» (1953), de Russell Kirk, lo puso a la cabeza de una genealogía del conservadurismo angloamericano que el subtítulo de la primera edición hacía llegar hasta Santayana y el de las posteriores hasta T. S. Eliot; esa operación es la que fija el retrato de manual. Contra la lectura utilitarista e historicista que había dominado antes, Peter Stanlis defendió en 1958 que Burke pensaba dentro de la tradición del derecho natural y no fuera de ella, y el debate sigue abierto. En 1992, Conor Cruise O'Brien propuso en «The Great Melody» leerlo desde el lado irlandés y católico de su familia, tomando América, Irlanda, la India y Francia como cuatro tramos de un mismo argumento contra el poder arbitrario y no como el giro de un liberal que se vuelve reaccionario en 1790. La dificultad de fondo la había resumido Henry Sidgwick en la década de 1870, en una observación que recoge la Stanford Encyclopedia of Philosophy: «aunque Burke vive, no encontramos burkeanos».

Conviene señalar tres tergiversaciones, y no todas apuntan en la misma dirección. La primera es una cita: «lo único que hace falta para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada» no aparece en su obra. La atribución más antigua localizada es de julio de 1920, en una conferencia congregacionalista, y lo que Burke escribió en 1770 dice otra cosa distinta, porque no es un llamamiento a la alarma moral individual sino un argumento a favor de organizarse en partido. La segunda es leerlo como nativista o como adversario de la inmigración: fue un irlandés instalado en Londres, hijo de madre católica, que perdió el escaño de Bristol en parte por defender el comercio irlandés y el alivio de las leyes contra los católicos, y que describió el código penal de su país natal como una máquina de degradación. La tercera es convertirlo en apologista del imperio, cuando dedicó ocho años a procesar al gobernador de Bengala. En sentido contrario, tampoco resiste el Burke progresista de retrospectiva: rechazó el mandato imperativo, no fue demócrata, llamó jerga llorona a la compasión por «los pobres trabajadores», se opuso a que el gobierno interviniese el mercado de grano en un año de hambre y su denuncia de la Compañía buscaba un imperio bien gobernado, no el fin del imperio. Su nombre funciona hoy como etiqueta de partido en países que no existían mientras escribía, y la comprobación mínima antes de usarlo consiste en abrir el discurso concreto, con su fecha, y mirar contra quién estaba discutiendo.

Fuentes de esta biografía · 10

  1. «A state without the means of some change is without the means of its conservation. Without such means it might even risk the loss of that part of the Constitution which it wished the most religiously to preserve.»

    Edmund Burke, Reflections on the Revolution in France (1790), en The Works of the Right Honourable Edmund Burke, vol. III, Londres, John C. Nimmo, 1887 fuente

  2. «But his unbiased opinion, his mature judgment, his enlightened conscience, he ought not to sacrifice to you, to any man, or to any set of men living. [...] Your representative owes you, not his industry only, but his judgment; and he betrays, instead of serving you, if he sacrifices it to your opinion.»

    Edmund Burke, Speech to the Electors of Bristol, on his being declared duly elected, 3 de noviembre de 1774, en The Works, vol. II, Londres, Nimmo, 1887 fuente · sostiene 3 pasajes de esta ficha

  3. «Party is a body of men united for promoting by their joint endeavors the national interest upon some particular principle in which they are all agreed.»

    Edmund Burke, Thoughts on the Cause of the Present Discontents (1770), en The Works, vol. I, Londres, Nimmo, 1887 fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  4. «I impeach him in the name of the people of India, whose laws, rights, and liberties he has subverted, whose properties he has destroyed, whose country he has laid waste and desolate. [...] I impeach him in the name of human nature itself, which he has cruelly outraged, injured, and oppressed, in both sexes, in every age, rank, situation, and condition of life.»

    Edmund Burke, Speech in Opening the Impeachment of Warren Hastings, cuarta jornada, 19 de febrero de 1788, en The Works, vol. X, Londres, Nimmo, 1887 fuente

  5. «It was a machine of wise and elaborate contrivance, and as well fitted for the oppression, impoverishment, and degradation of a people, and the debasement, in them, of human nature itself, as ever proceeded from the perverted ingenuity of man.»

    Edmund Burke, A Letter to Sir Hercules Langrishe, on the Subject of the Roman Catholics of Ireland (1792), en The Works, vol. IV, Londres, Nimmo, 1887 fuente

  6. «We, the people, ought to be made sensible that it is not in breaking the laws of commerce, which are the laws of Nature, and consequently the laws of God, that we are to place our hope of softening the Divine displeasure to remove any calamity under which we suffer or which hangs over us.»

    Edmund Burke, Thoughts and Details on Scarcity (memorial entregado a Pitt en noviembre de 1795), en The Works, vol. V, Londres, Nimmo, 1887 fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  7. «He is not affected by the reality of distress touching his heart, but by the showy resemblance of it striking his imagination. He pities the plumage, but forgets the dying bird.»

    Thomas Paine, Rights of Man (1791), primera parte, en The Writings of Thomas Paine, vol. 2 fuente

  8. «This sycophant who, in the pay of the English oligarchy, played the romantic laudator temporis acti against the French Revolution, just as, in the pay of the North American Colonies, at the beginning of the American troubles, he had played the Liberal against the English oligarchy, was an out and out vulgar bourgeois.»

    Karl Marx, El capital, libro I, cap. XXXI (Génesis del capitalista industrial), nota 13, 1867 fuente

  9. «he died just after midnight on Sunday morning, 9 July 1797 [...] Fox, with characteristic generosity, proposed in the house that he should be buried in Westminster Abbey and at the public expense. Burke, however, had wished otherwise, and on 15 July, in accordance with his directions, he was buried in the parish church of Beaconsfield, his pall-bearers being the leaders of that old whig party»

    William Hunt, entrada «Burke, Edmund (1729-1797)», Dictionary of National Biography, vol. 7, Londres, Smith Elder, 1886 fuente

  10. «As Sidgwick observed in the 1870s, 'though Burke lives, we meet with no Burkites' [...] Nor did Burke bequeath a straightforward legacy to any political party or to any ideological brand of thought, though plenty have tried to appropriate him wholly or partly.»

    Ian Harris, entrada «Edmund Burke», Stanford Encyclopedia of Philosophy, sección 2 (Life), ed. de 2023 fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Tradición · polo TradicionalistaReflexiones sobre la Revolución en Francia · 1790

Whig irlandés y empirista político. La sociedad no es contrato voluntario reescribible cada generación, sino tejido vivo de prácticas, hábitos y afectos heredados que la razón abstracta no puede sustituir sin destruir lo que ordena la convivencia. Reformar sí; refundar no.

«La sociedad es, en efecto, un contrato. Como los fines de tal asociación no pueden alcanzarse en muchas generaciones, se convierte en una asociación no solo entre los vivos, sino entre los vivos, los muertos y los que están por nacer.»

Original: «Society is indeed a contract. As the ends of such a partnership cannot be obtained in many generations, it becomes a partnership not only between those who are living, but between those who are living, those who are dead, and those who are to be born.»

Sutileza / error común

Burke NO era reaccionario absolutista. Como diputado whig defendió a los colonos americanos («Speech on Conciliation with America», 1775), atacó la Compañía de las Indias Orientales y dirigió el impeachment de Warren Hastings. Su crítica a la Revolución Francesa no nace del odio a la libertad, sino del rechazo a refundar sociedades enteras desde principios abstractos. Es el padre del conservadurismo anglosajón empirista, no del autoritarismo continental.

Alcance en 2026

Burke discutía la ruptura jacobina, el fin del Antiguo Régimen y la sustitución de tradiciones consolidadas por principios abstractos. No enfrentó la cuestión del matrimonio igualitario, los derechos LGTBI, la identidad como construcción ni el aborto como debate masivo. Aplicar su prudencia anti-refundacional a esos debates es una traducción legítima pero no automática: muchos «cambios» que hoy se discuten no son refundaciones del orden político, sino extensiones del reconocimiento jurídico a personas que ya estaban dentro de la sociedad. Distinguir las dos cosas es el ejercicio que su prudencia exige, no su veredicto.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Edmund Burke también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Reflexiones sobre la Revolución en Francia

Edmund Burke · 1790 · Alianza Editorial

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