Juan Francisco María de la Salud Donoso Cortés nació el 6 de mayo de 1809 en Valle de la Serena, un pueblo de la comarca pacense de La Serena, y nació allí por accidente. Los ejércitos de Napoleón acababan de entrar en Extremadura y sus padres, hacendados acomodados de Don Benito que se tenían por descendientes de Hernán Cortés, huían hacia la heredad familiar de Valdegamas cuando su madre, «acometida en medio del campo por los primeros síntomas de su alumbramiento», hubo de ser llevada al pueblo más próximo. Lo bautizaron con el nombre de la virgen venerada en aquella parroquia, Nuestra Señora de la Salud. A los once años, en 1820, con el Trienio Liberal recién abierto, entró en la Universidad de Salamanca a estudiar filosofía; un curso después pasó al Colegio de San Pedro de Cáceres y de allí a Sevilla, donde se licenció en Derecho tras cinco años compaginando el estudio con la poesía romántica (su ensayo épico El cerco de Zamora cierra el tomo quinto de sus obras). Su albacea literario, Gabino Tejado (Gavino en la portada de la edición de 1854), que no era testigo hostil, dejó escrito que el escolar se hizo notable en la universidad por la exaltación de sus opiniones y de su conducta, que se pertrechó de miliciano nacional de caballería y que en aquellos años recorrió «desde la Enciclopedia hasta Benjamin Constant». En 1829, con veinte años, volvió a Cáceres a ocupar la cátedra de literatura del mismo colegio de humanidades donde había estudiado.
Su vida privada se cerró casi antes de empezar. Se casó en Cáceres en 1830 con Teresa García Carrasco, de una de las familias más ricas de Extremadura; la única hija del matrimonio murió a los dos años y la madre poco después. Viudo antes de cumplir los treinta y sin descendencia, no volvió a casarse y no dejó línea directa. Para entonces vivía ya en Madrid, donde se había instalado en 1832 y donde publicó una memoria sobre la situación de la monarquía defendiendo la sucesión femenina; al año siguiente entró en la secretaría de Estado y con ello en la carrera política y burocrática que lo sostuvo el resto de su vida. Nunca vivió de escribir: vivió de la administración, de la corte y de una hacienda familiar considerable.
El cursus honorum es el de un moderado bien colocado. Secretario del gabinete y de la presidencia del Consejo con Mendizábal en 1836; diputado por Cádiz desde 1837; en 1840 marchó a Francia con la regente María Cristina, de quien fue hombre de confianza y agente durante el exilio; de vuelta en 1843, caído Espartero, diputado por Badajoz por el Partido Moderado; secretario particular de la reina Isabel II; marqués de Valdegamas y vizconde del Valle; académico de número de la Real Academia Española; presidente del Ateneo de Madrid. Lo que nunca fue es ministro, y explicó por qué en la misma intervención parlamentaria que lo hizo célebre: «Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos», dijo de los dictadores, y añadió que le eran imposibles por igual «condenar la dictadura y ejercerla», de modo que se declaraba «incapacitado de gobernar». Es un dato biográfico que suele caerse de las antologías que lo citan como teórico del mando.
El giro de su pensamiento tiene fecha y tiene causa doméstica. En 1847 murió su hermano Pedro María, y ese otoño publicó en El Faro sus artículos sobre Pío IX, que su editor consideró «línea divisoria de las dos épocas de su vida intelectual». Años después contó por carta cómo lo vivió, en un texto que Tejado reprodujo en la noticia biográfica: tuvo un hermano «á quien ví vivir y morir», y de ahí salió una conversión que no atribuye al argumento sino al afecto, «No le amaba, y Dios ha querido que le ame». En febrero de 1848, días antes de que estallara la revolución de París, publicó en dos volúmenes una colección escogida de sus escritos encabezada por una advertencia en la que se declaraba resuelto «á seguir de hoy mas nuevos derroteros y rumbos en las ciencias sociales y políticas», y presentaba el libro como el «término de una época importantísima de su vida». Tejado se apoyó en esa cronología para responder a quienes explicaban al Donoso católico por el susto de las barricadas: la colección «se publicó antes de la revolucion de febrero», y lo que la revolución hizo fue «confirmar sus creencias». Dos meses más tarde entraba en la Academia con un discurso sobre la Biblia que, como reconoció su propio editor, era más teológico que literario.
Los últimos cuatro años los pasó fuera de España. Entre 1849 y 1851 representó a Madrid en Berlín, donde escribió las cartas políticas sobre la situación de Prusia y donde, según contaría después Carl Schmitt, se topó de frente con el hegelianismo. En ese intervalo pronunció sus dos grandes discursos parlamentarios: el de la dictadura, el 4 de enero de 1849, y el de la situación general de Europa, el 30 de enero de 1850. El 30 de diciembre de 1850 volvió a la tribuna para atacar al gabinete de Narváez, del que le separaba, dijo, que atendiera antes a los intereses materiales de la sociedad que a los morales; el gobierno cayó quince días después y él perdió buena parte del crédito que tenía dentro de su propio partido. En noviembre de 1851 fue nombrado embajador en París ante Luis Napoleón. Sus biógrafos describen esos años finales como de devoción intensa: peregrinaciones, visitas a cárceles y barrios pobres, donativos cuantiosos. Murió en la embajada de París el 3 de mayo de 1853, de una dolencia cardiaca, tres días antes de cumplir cuarenta y cuatro años, con una polémica teológica sobre su libro todavía abierta; Tejado, que era parte interesada, escribió que aquel litigio «fué funesto para el reposo y para la vida de nuestro embajador». Entre 1854 y 1855 publicó sus obras en cinco volúmenes.