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Referente del test

Thomas Hobbes.

1588-1679

El contractualista pesimista. En el estado de naturaleza no hay derechos prepolíticos, hay miedo recíproco. Para escapar de la guerra de todos contra todos, los hombres ceden su derecho de gobernarse a un soberano absoluto, «ese Dios mortal» llamado Leviatán.

La vida

Thomas Hobbes nació el 5 de abril de 1588 en Westport, el arrabal que queda al otro lado de la puerta occidental de Malmesbury, en Wiltshire. Lo sabemos con una precisión rara para el siglo XVII porque su biógrafo John Aubrey era paisano suyo y en abril de 1659 fue con el hermano del filósofo hasta la casa «y a la habitación donde nació», para dejar constancia. De la misma fuente viene la escena que el propio Hobbes convirtió en emblema: su madre se puso de parto al llegar el rumor de que la flota española traía a la nación «su último día», y él escribió, en los versos latinos con los que contó su vida ya octogenario, que aquel susto hizo que pariera gemelos, «a mí y al miedo a la vez». Conviene leerla como lo que es, la construcción retrospectiva de un anciano sobre el sentido de su propia obra, y no como un dato clínico. El mundo del que salió era modesto y nada libresco. Su padre, también Thomas, era vicario de Westport y de Charlton, y Aubrey lo retrata sin piedad: «uno de los ignorantes “Sir Johns” de los tiempos de la reina Isabel», capaz solo de leer las oraciones y las homilías, que despreciaba el estudio «por no conocer su dulzura». Hacia 1604 se peleó con otro clérigo en el atrio de la iglesia («Hobs le pegó y tuvo que huir por ello») y desapareció de la vida de la familia. Quien costeó Oxford al futuro filósofo fue su tío Francis, guantero y regidor del municipio, que no tenía hijos. De su madre apenas se conserva el apellido. Hobbes no procede ni de la gentry ni del clero culto: llega a la filosofía por la vía del sobrino sin renta al que un artesano paga los estudios, y esa dependencia no lo abandonará nunca.

Entró en Magdalen Hall, en Oxford, hacia 1603, y se graduó bachiller en artes en febrero de 1608. Aubrey cuenta que la lógica escolástica le aburría y que se le iban las horas en las librerías «mirando embobado los mapas». Recién graduado, el principal del colegio lo colocó como paje del joven William Cavendish, futuro segundo conde de Devonshire, y ahí se quedó: setenta años al servicio de la misma casa, con una sola interrupción larga. El puesto no era académico ni honorífico. Fue preceptor, secretario, compañero de caza y cetrería, administrador del bolsillo privado y, cuando su señor se arruinaba, el hombre al que mandaban por Londres a pedir dinero prestado y a buscar avalistas porque el conde «se avergonzaba de hablar él mismo». Hacia 1620 trabajó además como amanuense de Francis Bacon, que prefería dictarle a él antes que a ningún otro «porque entendía lo que escribía». Hobbes nunca tuvo cátedra, ni beneficio eclesiástico, ni cargo público: escribió toda su obra desde dentro de una casa noble y viviendo de ella.

La segunda cosa que explica su obra le llegó tarde. Según Aubrey, «tenía cuarenta años antes de mirar la geometría, y ocurrió por accidente»: en la biblioteca de un caballero encontró los Elementos de Euclides abiertos por el teorema de Pitágoras, no se lo creyó, fue siguiendo hacia atrás las proposiciones en las que cada demostración se apoyaba y salió convencido. De ahí sale su ambición de escribir sobre política igual que Euclides escribe sobre triángulos, definiendo los términos primero y encadenando consecuencias después, que es exactamente lo que lo separa de los juristas y los predicadores con los que discutirá el resto de su vida. En sus viajes por el continente, el último entre 1634 y 1636, trató a Marin Mersenne y a Pierre Gassendi en París. Aubrey afirma además que en Florencia «trabó amistad con el famoso Galileo Galilei», aunque los escritos autobiográficos del propio Hobbes, que sí mencionan a Mersenne, no dicen nada de ese encuentro.

En mayo de 1640 hizo circular en manuscrito «The Elements of Law», que sostenía que los poderes que el Parlamento estaba disputando eran inseparables de la soberanía. Con el obispo Manwaring encerrado en la Torre por predicar algo parecido, Hobbes decidió, según le contó a Aubrey, que «ya era hora de mirar por mí mismo», y se marchó a París a finales de ese año. Allí pasó once: escribió objeciones a las «Meditaciones» de Descartes, publicó «De Cive» y dio clases de matemáticas al príncipe de Gales exiliado, el futuro Carlos II. «Leviathan» le cerró después las dos puertas a la vez. Su cuarta parte llama al papado «el fantasma del difunto Imperio romano, sentado y coronado sobre su tumba», cosa insostenible en el París católico; y su conclusión autorizaba al súbdito derrotado a someterse al vencedor, cosa que los realistas del exilio leyeron como una carta de rendición ante Cromwell. Volvió a Inglaterra a finales de 1651 y todavía en 1662 tuvo que defenderse por escrito, hablando de sí mismo en tercera persona: escribió el libro «lejos de la intención de perjudicar a su majestad, o de halagar a Oliver», y «apenas hay una página en la que no lo reprenda».

Con la Restauración recuperó el favor de la corte. Carlos II se cruzó con él en el Strand a los pocos días de volver, se descubrió ante él y le concedió acceso libre a palacio; los ingenios cortesanos lo provocaban y el rey lo anunciaba diciendo «¡ahí viene el oso, a que lo azucen!». La protección no era total: Aubrey recoge que «algunos de los obispos propusieron en el Parlamento que se quemara al buen anciano por hereje», y que Hobbes, temiendo un registro, quemó él mismo parte de sus papeles, entre ellos un poema latino de quinientos versos sobre la usurpación del poder civil por el clero. Tampoco fue nunca un hombre que reconociera un error: perdió durante casi veinticinco años una guerra pública con el matemático John Wallis por su pretensión de haber cuadrado el círculo, y a los ochenta y nueve años, ya sin poder escribir de su puño, seguía dictando cartas en las que aseguraba que la geometría de Wallis solo se estimaba «en las universidades, por quienes se han comprometido a defenderla y ahora se avergüenzan de retractarse». Cayó enfermo a mediados de octubre de 1679; el 20 de noviembre se negó a quedarse atrás cuando la casa se mudaba de Chatsworth a Hardwick y lo trasladaron en el coche sobre un colchón de plumas. Ocho días después «todo su costado derecho quedó tomado por la parálisis, y al mismo tiempo se quedó sin habla». Murió el 4 de diciembre de 1679, a los noventa y uno, y lo enterraron en la iglesia parroquial de Ault Hucknall, en Derbyshire, con el rito de la Iglesia de Inglaterra. En su testamento, otorgado dos años antes, había pedido al rey que a lo que dejaba a su criado añadiera «el atraso de mi pensión, o la parte de él que a su majestad le plazca».

La obra

Lo primero que publicó no fue filosofía sino una traducción: la «Guerra del Peloponeso» de Tucídides, aparecida en 1629 y trasladada directamente del griego, cosa que hasta entonces no se había hecho en inglés. La elección del autor es en sí misma un dato, porque Tucídides es el historiador que narra cómo una ciudad deliberante se descompone en el curso de una guerra larga, y Hobbes tenía cuarenta años y todavía ninguna obra propia. Su plan sistemático llegó después y se llamó «Elementa Philosophiae»: tres secciones encadenadas sobre el cuerpo, el hombre y el ciudadano, pensadas para descender de la materia en movimiento hasta la obligación política. Pero se publicó al revés. «De Cive», la tercera sección, salió en 1642; «De Corpore» no apareció hasta 1655 y «De Homine» hasta 1658. Esa inversión es el hecho más elocuente de su bibliografía: la parte política se adelantó trece años a sus propios cimientos porque Inglaterra se estaba rompiendo mientras él escribía.

La doctrina política tiene tres versiones y las diferencias no son de estilo. «The Elements of Law» (1640) circuló en manuscrito, en inglés, dirigido a los caballeros que en ese momento discutían la prerrogativa regia, y se imprimió sin su permiso en 1650. «De Cive» (1642) está en latín, para la república europea de las letras, y organiza el asunto en tres bloques titulados «Libertad», «Imperio» y «Religión». «Leviathan» (1651) vuelve al inglés y a un lector no universitario, y sobre todo cambia de proporciones: sus dos últimas partes, sobre la interpretación de la Escritura y sobre el «reino de las tinieblas», ocupan la mitad del libro y no son un apéndice devoto, hasta el punto de que las guías al uso advierten al lector primerizo de que debe leerlas y no solo las dos primeras. Es también, con diferencia, el más polémico de sus libros: allí es donde el papado aparece como fantasma coronado del Imperio romano y donde la jerarquía eclesiástica se compara con el reino de las hadas. Una versión latina revisada, con cambios en los pasajes más comprometidos, salió en 1668.

Vale la pena mirar contra quién escribía en cada frente, porque su lista de adversarios explica el tono. Contra la filosofía enseñada en las universidades dedicó un capítulo entero, «De las tinieblas procedentes de la vana filosofía y de las tradiciones fabulosas», que es un ajuste de cuentas con el aristotelismo escolar que le habían hecho estudiar en Oxford. Contra los juristas del common law escribió el «Diálogo entre un filósofo y un estudiante de las leyes comunes de Inglaterra», publicado en 1681, que discute la idea de que el derecho sea una «razón artificial» que solo el gremio sabe leer. Y contra los escritores neorromanos que enseñaban que un Estado libre hace hombres libres puso el ejemplo de Luca: en las torres de la ciudad está escrita en grandes caracteres la palabra LIBERTAS, y de ahí nadie puede inferir que un particular tenga allí más libertad que en Constantinopla.

Buena parte de su producción tardía son polémicas y no tratados. Con el obispo John Bramhall discutió más de una década sobre libertad y necesidad. Con John Wallis y Seth Ward, catedráticos de Oxford, sostuvo desde 1655 hasta su muerte una guerra sobre la cuadratura del círculo que perdió: la enciclopedia de Stanford resume que «en matemáticas tuvo menos éxito, y se le recuerda sobre todo por sus reiterados intentos fallidos de cuadrar el círculo». Con Robert Boyle y los experimentalistas de la naciente Royal Society discutió el estatuto de la física experimental. Escribió además, a finales de los años sesenta, «Behemoth», su propia historia de las guerras civiles, que no vio impresa y que se publicó en 1682. Y cerró con Homero: pasados los ochenta y cinco tradujo la Ilíada y la Odisea enteras al verso inglés, precedidas de un prefacio sobre las virtudes de la poesía heroica.

Cómo se le ha leído

En vida fue una marca comercial del escándalo. «Hobbismo» funcionaba como sinónimo de ateísmo y de licencia moral, y el propio Aubrey dedica un epígrafe de la biografía a desmentirlo («por lo de tacharlo de ateísmo, sus escritos y su vida virtuosa testifican en contra»), lo que da la medida de cuánta falta hacía. Lo interesante es que el rechazo vino de los dos bandos a la vez y por motivos opuestos: los realistas no podían aceptar que la autoridad absoluta se fundara en el consentimiento de individuos iguales en vez de en el derecho divino o en la constitución antigua, y sus adversarios no podían aceptar la conclusión. Ese destino se ha mantenido: la entrada de la enciclopedia de Stanford observa que, mientras su innovación de método tuvo «un profundo impacto constructivo» en la filosofía política posterior, sus conclusiones sustantivas «han servido sobre todo como contraste para el desarrollo de posiciones filosóficas más aceptables». Su herencia menos disputada es también la menos reclamada: en teoría del conocimiento, dice la misma fuente, «cabría hablar de Hobbes, y no de Locke, como el primero de los empiristas británicos».

El siglo XX lo recuperó por cuatro puertas distintas y bastante incompatibles. Leo Strauss («The Political Philosophy of Hobbes», 1936) lo consagró como fundador de la filosofía política moderna, la que sustituye la pregunta por la virtud por la pregunta por el derecho. Carl Schmitt le dedicó en 1938 un libro entero, «El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes», y le tomó prestado el dictamen de que es la autoridad y no la verdad lo que hace la ley; el punto exacto del texto que a Schmitt le interesa es el capítulo XLII, donde Hobbes autoriza al súbdito a obedecer con la lengua conservando la fe intacta en el corazón, como el profeta Eliseo permitió a Naamán el sirio inclinarse en el templo de Rimón. C. B. Macpherson («The Political Theory of Possessive Individualism», 1962) lo leyó como el teórico de una sociedad de mercado naciente. Los contractualistas de la elección racional lo adoptaron como antepasado por su modelo de agentes que calculan. Y Quentin Skinner («Hobbes and Republican Liberty», 2008) invirtió la perspectiva: su definición de la libertad como mera ausencia de impedimentos externos no sería un hallazgo neutral sino un arma polémica, construida para desactivar la idea republicana de que la libertad consiste en no depender de la voluntad de otro. El abanico llega hasta el extremo contrario: hay quien lo lee como demócrata radical encubierto («Subverting the Leviathan: Reading Thomas Hobbes as a Radical Democrat», 2007).

Las tergiversaciones son cuatro y las cuatro se corrigen con el texto en la mano. La primera es el adjetivo: «hobbesiano» se usa como sinónimo de humanidad brutal, cuando su propia epístola a «De Cive» dice que ambas cosas son ciertas, «que el hombre es una especie de dios para el hombre, y que el hombre es un lobo rapaz para el hombre», y aclara que lo primero vale entre ciudadanos y lo segundo solo entre ciudades. La segunda es el egoísmo psicológico de los manuales, la idea de que para Hobbes todo el mundo es una máquina de intereses; la enciclopedia de Stanford registra que «la visión antes dominante de que Hobbes defendió el egoísmo psicológico como fundamento de su teoría moral está hoy ampliamente rechazada». La tercera es la más citada en relaciones internacionales, donde se le hace padre del realismo por decir que los soberanos están entre sí en «estado y postura de gladiadores»; lo que se omite es la frase siguiente, en la que niega expresamente que de esa situación se siga «la miseria que acompaña a la libertad de los hombres particulares», porque los Estados sostienen mientras tanto la industria de sus súbditos. Es una afirmación mucho más débil que la que se le atribuye. La cuarta es la más útil políticamente y la más tramposa: citarlo a favor de la mano dura sin más. Su argumento es comparativo, no elogioso, y él lo dice con todas las letras: el mayor daño que puede sufrir un pueblo bajo cualquier forma de gobierno es «apenas perceptible respecto de las miserias y horribles calamidades que acompañan a una guerra civil». Quien lo invoca compra con ello la premisa (que la alternativa realmente sobre la mesa sea la guerra civil) y la contrapartida (que la protección es toda la razón de ser del arreglo), y la contrapartida es exigente: fue precisamente ella la que le permitió autorizar al derrotado a pactar con el vencedor y la que le costó el trato de los realistas del exilio.

Fuentes de esta biografía · 5

  1. «But though there had never been any time, wherein particular men were in a condition of warre one against another; yet in all times, Kings, and persons of Soveraigne authority, because of their Independency, are in continuall jealousies, and in the state and posture of Gladiators; having their weapons pointing, and their eyes fixed on one another; that is, their Forts, Garrisons, and Guns upon the Frontiers of their Kingdomes; and continuall Spyes upon their neighbours; which is a posture of War. But because they uphold thereby, the Industry of their Subjects; there does not follow from it, that misery, which accompanies the Liberty of particular men.»

    Thomas Hobbes, «Leviathan», Parte I, cap. XIII, Londres, 1651. fuente · sostiene 4 pasajes de esta ficha

  2. «To speak impartially, both sayings are very true; That Man to Man is a kind of God; and that Man to Man is an arrant. Wolfe. The first is true, if we compare Citizens amongst themselves; and the second, if we compare Cities.»

    Thomas Hobbes, «Philosophicall Rudiments Concerning Government and Society» (versión inglesa de «De Cive», 1651), epístola dedicatoria al conde de Devonshire. Transcripción de Wikisource; el punto tras «arrant» es artefacto de la composición del original. fuente

  3. «And I make and ordaine James Wheldon, servant to the earle of Devonshire, my executor, to whom I give the residue of my money and goods whatsoever; and because I would have him in some sort contented for the great service he hath done me, I would pray his majestie to what I left him to add the arreare of my pension, or as much of it as it pleases his majestie.»

    Testamento de Thomas Hobbes, otorgado el 25 de septiembre de 1677, copiado íntegro en John Aubrey, «Brief Lives» (ed. A. Clark, Oxford, 1898, vol. I). fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  4. «In mathematics he was less successful, and is best remembered for his repeated unsuccessful attempts to square the circle. But despite that, Hobbes was a serious and prominent participant in the intellectual life of his time.»

    Stewart Duncan, «Thomas Hobbes», Stanford Encyclopedia of Philosophy, revisión sustantiva del 1 de marzo de 2025, entradilla. fuente

  5. «While his methodological innovation had a profound constructive impact on subsequent work in political philosophy, his substantive conclusions have served mostly as a foil for the development of more palatable philosophical positions. […] The formerly dominant view that Hobbes espoused psychological egoism as the foundation of his moral theory is currently widely rejected.»

    Sharon A. Lloyd y Susanne Sreedhar, «Hobbes's Moral and Political Philosophy», Stanford Encyclopedia of Philosophy, revisión del 12 de septiembre de 2022, introducción. fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

El contractualista pesimista. En el estado de naturaleza no hay derechos prepolíticos, hay miedo recíproco. Para escapar de la guerra de todos contra todos, los hombres ceden su derecho de gobernarse a un soberano absoluto, «ese Dios mortal» llamado Leviatán.

«Autorizo y entrego mi derecho a gobernarme a este hombre o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú entregues tu derecho del mismo modo. Hecho esto, la multitud así unida en una persona se llama República. Tal es la generación de ese gran LEVIATÁN, o más reverentemente, de ese Dios mortal a quien debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y defensa.»

Original: «I Authorise and give up my Right of Governing my selfe, to this Man, or to this Assembly of men… This is the Generation of that great LEVIATHAN, or rather (to speake more reverently) of that Mortall God.»

Sutileza / error común

Hobbes NO es un totalitario moderno, ni un nazi avant la lettre, ni un orgánico. Su Leviatán nace de un CONTRATO entre individuos racionales y egoístas (eso es muy moderno y muy liberal en su lógica). Reserva al súbdito un derecho irrenunciable: la AUTOCONSERVACIÓN (Cap. XXI: nadie está obligado a matarse por el soberano, ni a acusarse a sí mismo, ni a renunciar a la huida). El soberano puede matarte por la espada, pero el contrato no autoriza tortura arbitraria como fin en sí. Por eso Schmitt lo admira pero lo CORRIGE: lo encuentra demasiado liberal.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Thomas Hobbes también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Leviatán

Thomas Hobbes · 1651 · FCE / Alianza Editorial

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