Ella misma describía su trabajo como dos vías paralelas: una de filosofía política y otra de fenomenología del cuerpo femenino. La segunda empezó antes. «Throwing Like a Girl», que había comenzado a escribir en 1977 y publicó en Human Studies en 1980, lee la manera de moverse, ocupar espacio y lanzar de las mujeres con las herramientas de Merleau-Ponty y de Simone de Beauvoir, y sostiene que lo que ahí se observa no es una anatomía sino una situación aprendida. Es su ensayo más reeditado y sigue siendo lectura de programas de ciencias del deporte. Se recogió en «Throwing Like a Girl» and Other Essays (1990) y se reeditó ampliado como On Female Body Experience (Oxford, 2005), con un texto inédito sobre la menstruación en el que releía El segundo sexo. En esa misma vía están sus dos polémicas feministas tempranas: «Beyond the Unhappy Marriage» (1981), contra la teoría de los sistemas duales que trataba capitalismo y patriarcado como dos sistemas separados que exigían dos teorías separadas, y «Humanism, Gynocentrism and Feminist Politics» (1985), que se negaba a elegir entre el feminismo que ve la feminidad como el obstáculo y el que la reivindica.
Justice and the Politics of Difference (Princeton, 1990) es el libro que la puso en el mapa internacional y le valió el premio Victoria Schuck de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política en 1991 al mejor libro sobre mujeres y política. El problema que venía a resolver era el del paradigma distributivo: la costumbre de plantear la justicia como el reparto de un stock de bienes, que según ella no puede dar cuenta del poder de decisión, la división del trabajo ni la cultura, porque no son cosas y no se reparten. Conviene señalar contra quién discutía, porque suele contarse a medias: no solo contra los liberales igualitarios, también contra los comunitaristas. Frente al ideal de comunidad de Sandel o MacIntyre, que Young leía como una exigencia de transparencia entre semejantes, su modelo de sociedad decente era urbano, la red diferenciada y culturalmente plural de la vida en la ciudad, donde los extraños conviven sin asimilarse. El libro que se cita como origen de la política de grupo es también un libro contra el ideal de comunidad.
Inclusion and Democracy (Oxford, 2000) traslada el argumento a la teoría democrática. Su blanco aquí es la democracia deliberativa de corte habermasiano: si el foro solo reconoce como razones las que se presentan en un estilo desapasionado y argumentativo, está premiando una destreza que está repartida de forma desigual, así que la exclusión vuelve a entrar por la puerta del procedimiento. Su propuesta fue ampliar lo que cuenta como comunicación política legítima al saludo, la retórica y la narración. En el mismo libro está su teoría de la representación, que es lo contrario de lo que suele atribuírsele: rechaza que el representante deba parecerse al representado y describe la representación como una relación diferenciada, que deja a los representados «en su pluralidad sin exigir que se los reúna en una identidad común», y como un ciclo entre momentos de autorización y momentos de rendición de cuentas. Entre medias había publicado Intersecting Voices (1997), donde reunió los ensayos de política pública de sus años de Pittsburgh.
La última etapa es la de la injusticia estructural, y es la que más ha crecido después de su muerte. La abren «Responsibility and Global Labor Justice» (2004) y el ensayo del modelo de conexión social (2005 y 2006), y la cierran los dos libros póstumos, Global Challenges (Polity, 2007) y Responsibility for Justice (Oxford, 2011, con prólogo de Martha Nussbaum). El problema es el daño sin autor identificable: una camiseta cosida en condiciones indignas al final de una cadena en la que cada eslabón cumple las reglas aceptadas. Contra el modelo de responsabilidad como culpa, que mira hacia atrás, busca a quién sancionar y da por buenas las condiciones de fondo, Young propuso una responsabilidad política compartida, orientada al futuro, que cuestiona precisamente esas condiciones de fondo y que solo puede saldarse mediante acción colectiva. En paralelo escribió sus ensayos posteriores al 11 de septiembre: con Daniele Archibugi sostuvo que los atentados debían haberse tratado como crímenes contra la humanidad y perseguido con derecho penal y cooperación internacional, poniendo como precedentes a España frente a ETA, a Italia frente a las Brigadas Rojas y a Estados Unidos tras el atentado de Oklahoma City; y en «The Logic of Masculinist Protection» analizó el Estado de seguridad como un hogar encabezado por un protector que ofrece amparo a cambio de obediencia.