testpolitica / pensadores / michael-oakeshott

Referente del test

Michael Oakeshott.

1901-1990

Reformula el conservadurismo como disposición, no como doctrina. Conservar es una manera de habitar el mundo: apego a lo presente y a lo concreto, escepticismo ante todo proyecto que pretenda derivar la política de principios abstractos. El político hábil navega; no diseña.

La vida

Michael Joseph Oakeshott nació el 11 de diciembre de 1901 en Chelsfield, un pueblo de Kent a las afueras de Londres. Su padre, Joseph Francis Oakeshott, era funcionario de la Hacienda británica (el Inland Revenue) y miembro de la Fabian Society, la organización socialista gradualista cuyos dirigentes, Sidney y Beatrice Webb, habían fundado la London School of Economics. Su madre, Frances Maude, era hija de un próspero comerciante de sedas de Islington. La biografía arranca, por tanto, con una ironía que conviene registrar antes que ninguna etiqueta: el hombre cuyo nombre quedaría asociado a la desconfianza hacia la planificación social se crió en una casa fabiana y acabaría ocupando la cátedra de Ciencia Política de la escuela que los fabianos fundaron. Entre 1912 y 1920 estudió en St George's School, Harpenden, un internado nuevo, mixto y de patrocinio cuáquero que se presentaba como «progresista»; su director, el reverendo Cecil Grant, era discípulo de Maria Montessori y acabó siendo amigo suyo.

En 1920 entró con beca en Gonville and Caius College, Cambridge, donde estudió historia y escogió las opciones de ciencia política en las dos partes del Tripos. Se licenció con matrícula en 1923 y fue elegido fellow del college en 1925, un vínculo que conservó el resto de su vida. Su formación filosófica fue mínima y él lo decía sin rodeos: las lecciones introductorias de J. M. E. McTaggart, idealista británico, fueron la única instrucción filosófica formal que recibió nunca. El resto lo buscó fuera. En los veranos de 1923 y 1925 se marchó a las universidades de Marburgo y Tubinga a estudiar teología y literatura alemana, y volvió de allí con un ejemplar anotado a mano de la «Fenomenología del espíritu» de Hegel que conservó hasta el final: seguía en su casa de Dorset, con las notas metidas entre las páginas, cuando murió. Entre un viaje y otro pasó un curso dando clases de literatura inglesa en un instituto de Lytham mientras escribía la disertación con la que optó a la fellowship, que él mismo describió como un ensayo general de su primer libro.

Los años treinta lo encuentran enseñando en un Cambridge todavía resguardado y leyendo lo que se estaba rompiendo fuera. Se le atribuye haber sido el primero en dar lecciones sobre Marx en la universidad, y sus apuntes de la época dejan constancia de su rechazo tanto al nazismo como al marxismo. En su juventud se había considerado socialista, aunque de una variedad romántica preocupada por la transformación espiritual y no por la redistribución económica; repudió después el fabianismo y el marxismo, pero conservó de mayor cierta simpatía por el anarquismo de Pierre-Joseph Proudhon, un dato que la etiqueta con que se le suele despachar no deja ver. De esa misma década son las dos publicaciones más dispares de su bibliografía: un manual para acertar en las apuestas del Derby, escrito en 1936 con su colega de Cambridge Guy Griffith y único libro no académico que firmó, y la antología de 1939 sobre las doctrinas que se disputaban Europa.

Se alistó en el ejército británico en 1940, antes de que le alcanzara el reclutamiento obligatorio. Se presentó voluntario al Special Operations Executive, el servicio de operaciones clandestinas en el continente, donde la esperanza de vida media rondaba las seis semanas; lo entrevistó Hugh Trevor-Roper, que lo descartó por parecerle demasiado inconfundiblemente inglés para pasar por otra cosa en la Europa ocupada. Sirvió entonces en Phantom, una unidad de inteligencia de campaña que operaba siempre en el frente aunque rara vez entraba en combate directo, y terminó la guerra como ayudante del escuadrón B con el grado de mayor en funciones. Un subalterno que compartió tienda con él en Holanda, Peregrine Worsthorne, contó tres décadas después en The Spectator que Oakeshott lo dejó perorar noches enteras sin decirle en ningún momento que era un profesor de Cambridge autor de un libro ya considerado clásico.

Desmovilizado en 1945, volvió a Cambridge y en 1947 fundó el Cambridge Journal, una revista de vida breve donde aparecieron por primera vez varios de sus ensayos más citados. Pasó dos años en el Nuffield College de Oxford y en 1951 fue nombrado catedrático de Ciencia Política en la LSE, sucediendo a Harold Laski, el intelectual laborista más conocido del país: el nombramiento lo recogió incluso la prensa popular. Como docente era una atracción, y los testimonios coinciden en el contraste entre las clases magistrales ante auditorios llenos y un seminario en el que apenas hablaba, mirando la mesa y murmurando un «sí, sí» para que la conversación no decayera. Fue abiertamente hostil al activismo estudiantil de la LSE a finales de los sesenta y criticó a las autoridades por no responder con más firmeza. Se retiró de la cátedra en 1969 y siguió dirigiendo el seminario hasta 1980. Se casó tres veces y se divorció dos: con Joyce Fricker en 1927, con quien tuvo a su único hijo, Simon; con Kate Burton en 1938, tras una relación iniciada en 1936 mientras seguía casado, matrimonio que dio por terminado al regresar de la guerra instalándose en una habitación del college en lugar de volver a casa; y en 1965 con Christel Schneider, con quien pasó los veinticinco años siguientes. Se retiraron a una casa pequeña en Acton, en la parroquia de Langton Matravers (Dorset), forrada de libros: había dado de baja los que consideraba «meramente informativos» y se había quedado con una biblioteca de lectura. Allí murió el 19 de diciembre de 1990, ocho días después de cumplir ochenta y nueve años. Margaret Thatcher lo había propuesto para una distinción oficial; no la aceptó.

La obra

«Experience and Its Modes» (1933) es un libro escrito a los treinta y un años en la clave del idealismo británico (Hegel, Bradley, Bosanquet) justo cuando esa corriente se quedaba sin público en Cambridge. Apenas menciona la política, y no por descuido: nació de unas lecciones de finales de los veinte tituladas «The Philosophical Approach to Politics», y al convertirlas en libro Oakeshott borró de ellas la política porque para entonces había concluido que la filosofía política es filosofía defectuosa, atada a un terreno que alguien acota antes de que empiece a pensarse. Lo que queda es la tesis de la que sale todo lo demás: la experiencia es un todo, y la historia, la ciencia y la práctica son «modos», mundos de ideas cerrados sobre sí mismos, cada uno con su propio criterio de qué cuenta como verdadero y como real, incapaces por construcción de confirmar o refutar las conclusiones de otro. Quien juzga una explicación histórica por su utilidad práctica, o una decisión práctica por su exactitud científica, no está siendo más riguroso: está cambiando de mundo sin avisar.

La política vuelve a finales de los treinta, y por encargo. Ernest Barker le pidió una antología de las doctrinas que se estaban repartiendo Europa, y salió «The Social and Political Doctrines of Contemporary Europe» (Cambridge University Press, 1939): democracia representativa, catolicismo, comunismo, fascismo y nacionalsocialismo, con textos de Lenin, Hitler y Mussolini y la encíclica «Quadragesimo Anno». Oakeshott colocó la democracia representativa en primer lugar y dedicó parte de la introducción a justificar que siquiera estuviese ahí, porque en 1939 parecía un Rip van Winkle que no se enteraba de la conversación. En una nota a pie de página situó la línea divisoria que a él le importaba: no entre doctrinas de ideal espiritual y doctrinas de ideal material, sino entre las que entregan a los dirigentes autoproclamados de una sociedad la planificación de su vida entera y las que consideran esa idea, sin más, estúpida e inmoral. Su primera publicación de posguerra fue la edición del «Leviatán» de Hobbes (1946), cuya introducción se abre declarándolo la mayor obra maestra, y quizá la única, de la filosofía política escrita en lengua inglesa. Conviene retener el dato: el autor de Oakeshott es Hobbes, no Locke ni Burke.

«Rationalism in Politics» (1962) reúne ensayos publicados entre 1947 y 1961, varios de ellos en el Cambridge Journal que él mismo había fundado. Su blanco no es un partido sino un estilo. Toda actividad humana, sostiene, moviliza dos clases de conocimiento: el técnico, que puede formularse en reglas y escribirse (el código de circulación, el libro de cocina, el protocolo de verificación de un experimento), y el práctico, que solo existe en el uso, no es reflexivo y no admite ponerse por escrito. El racionalista es quien reconoce únicamente el primero y deduce de ahí que la política puede arrancar de cero desde un principio. En «Political Education» (1951), su lección inaugural en la LSE, aplicó la idea a la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789: un libro de cocina no es el origen del acto de cocinar sino el resumen de lo que alguien ya sabía hacer, y una ideología es del mismo modo el compendio abreviado de una manera de conducir los asuntos de una sociedad, nunca su premisa. En «On Being Conservative» (1956) el argumento aterriza en el oficio de gobernar y no en el catálogo de lo que haya que conservar: la tarea del gobierno no es imponer creencias, ni tutelar, ni educar, ni hacer mejores o más felices a los gobernados por otra vía, ni movilizarlos; es únicamente gobernar, una actividad limitada que se corrompe con facilidad en cuanto se combina con cualquier otra, y la imagen del gobernante es la del árbitro que administra las reglas del juego o la del presidente de un debate que no participa en él.

«On Human Conduct» (1975) es su libro sistemático, publicado a los setenta y tres años y recibido, según resume la Stanford Encyclopedia, con incomprensión en unos sitios, con hostilidad en otros y sobre todo con silencio. Cambia a propósito el vocabulario político corriente por uno latino (civitas, cives, lex, respublica) para que las palabras inglesas no arrastren la connotación de empresa colectiva que impregna la política moderna. El eje del libro son dos maneras de entender el Estado moderno, tomadas del derecho medieval y redefinidas: la societas, relación entre agentes unidos no por perseguir una satisfacción común sino por reconocer la autoridad de unas reglas indiferentes a cualquier fin (amigos, vecinos, litigantes ante un tribunal, hablantes de una misma lengua), y la universitas, la corporación constituida para alcanzar un objetivo concreto, como una empresa o una escuela. Ningún Estado real es una cosa u otra en estado puro; la pregunta es cuál de las dos domina y cuál queda recesiva. Después vinieron «On History and Other Essays» (1983), sobre qué distingue la indagación histórica de la lección moral que se extrae del pasado, y «The Voice of Liberal Learning» (1989), sobre educación.

Cómo se le ha leído

Oakeshott no participó en la pelea que se libraba sobre su nombre. La Stanford Encyclopedia lo formula sin rodeos: los intentos de etiquetarlo como conservador o como liberal naufragan no solo por la ambigüedad de esos términos, sino por el partidismo que implican, porque él no estaba comprometido políticamente en absoluto. Los episodios lo confirman en los dos flancos. En 1975, invitado al vigésimo aniversario de National Review, cabecera de la derecha intelectual estadounidense, resumió la disputa entre derecha e izquierda como un forcejeo por el reparto del botín de un Estado entendido como empresa corporativa. Y cuando Margaret Thatcher lo propuso para una distinción oficial, no la aceptó. Murió pocos meses después de la caída de Thatcher, en diciembre de 1990, y el suceso pasó casi inadvertido: The Spectator, que era donde cabía esperar el saludo, tardó medio año en publicar algo, y lo que publicó no mencionaba sus ideas políticas.

Las dos lecturas hostiles son simétricas y cometen el mismo error. Desde la izquierda, Bernard Crick lo despachó en Encounter, en junio de 1963, con un título que lo dice todo: «El mundo de Michael Oakeshott, o el nihilista solitario». Con más ambición, Perry Anderson lo colocó en 1992, en la London Review of Books, dentro de un cuarteto de teóricos de la «derecha intransigente» junto a Carl Schmitt, Leo Strauss y Friedrich Hayek, advirtiendo de paso que la imagen amable del inglés despreocupado que prefería escribir sobre el Derby a comentar la Constitución es engañosa. Desde la derecha, la operación inversa: Liberty Fund reeditó ampliado «Rationalism in Politics» en 1991 y sus frases circulan desde entonces como munición en las guerras culturales. Lo que ninguna de las dos lecturas sostiene es el texto. La crítica del racionalismo no es un programa, y él lo dejó por escrito en el sitio donde más caro le salía: al hablar de «Camino de servidumbre» dijo que lo significativo del libro de Hayek no era la solidez de su doctrina sino el hecho de ser una doctrina, y que un plan para resistir toda planificación podrá ser mejor que su contrario, pero pertenece al mismo estilo de política.

Lo que se tergiversa con más frecuencia es convertir la disposición conservadora en una lista de contenidos que preservar, cuando el ensayo que la formula habla del oficio de gobernar y avisa de que ese oficio se estropea en cuanto se le añade otro. También se pasa por alto lo que no encaja con la etiqueta: que se llamó socialista de joven y nunca perdió del todo la simpatía por Proudhon; que su idea de libertad individual, entendida como no quedar sometido por ley a los fines de otros, está cerca de la noción republicana de no dominación que trabajan hoy Quentin Skinner y Philip Pettit; y que la asociación civil, bajada al suelo, deja sitio de sobra a las leyes que corrigen males públicos como la pobreza, una epidemia o la contaminación. En castellano su recorrido ha sido tardío y desordenado: en 1955 el Ateneo de Madrid publicó «La idea de gobierno en la Europa moderna», y hubo que esperar al año 2000 para que el Fondo de Cultura Económica tradujera «El racionalismo en la política», treinta y ocho años después del original inglés.

Fuentes de esta biografía · 6

  1. «the office of government is merely to rule. This is a specific and limited activity, easily corrupted when it is combined with any other, and, in the circumstances, indispensable. The image of the ruler is the umpire whose business is to administer the rules of the game, or the chairman who governs the debate according to known rules but does not himself participate in it.»

    Michael Oakeshott, «On Being Conservative» (1956), en Rationalism in Politics and Other Essays, Methuen, 1962, p. 187 fuente · sostiene 3 pasajes de esta ficha

  2. «a society must not be so unified as to abolish vital and valuable differences, nor so extravagantly diversified as to make an intelligently co-ordinated and civilized social life impossible, and that the imposition of a universal plan of life on a society is at once stupid and immoral»

    Michael Oakeshott, Introducción a The Social and Political Doctrines of Contemporary Europe, Cambridge University Press, 1939, p. xix fuente

  3. «Leviathan is the greatest, perhaps the sole, masterpiece of political philosophy written in the English language.»

    Michael Oakeshott, «Introduction to Leviathan» (1946), sección II «The Context of Leviathan», recogido en Hobbes on Civil Association, Liberty Fund, 2000 fuente

  4. «But there are two ideas, each promising enlightenment and each proving itself to be capable of absorbing a whole direction of thought, round which European reflection on this matter has continuously circled since the fifteenth century: a state understood in the terms of societas, and a state understood in the terms of universitas.»

    Michael Oakeshott, On Human Conduct, Clarendon Press, 1975, parte III «On the Character of a Modern European State», p. 199 fuente

  5. «But efforts to label Oakeshott as either conservative or liberal founder not only on the ambiguities of those terms but on the partisanship they imply: Oakeshott was emphatically not politically engaged.»

    Terry Nardin, «Michael Oakeshott», Stanford Encyclopedia of Philosophy, §1 «Life and Works», revisión de 1 de febrero de 2024 fuente

  6. «Oakeshott has most frequently been taken as the wayward voice of an archetypical English conservatism: empirical, habitual, traditional, the adversary of all systematic politics, of reaction no less than reform; a thinker who preferred writing about the Derby to expounding the Constitution, and found even Burke too doctrinaire. The amiably careless, comfortable image is misleading.»

    Perry Anderson, «The Intransigent Right at the End of the Century», London Review of Books, vol. 14, núm. 18, 24 de septiembre de 1992 fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Tradición · polo TradicionalistaEl racionalismo en la política y otros ensayos · 1962

Reformula el conservadurismo como disposición, no como doctrina. Conservar es una manera de habitar el mundo: apego a lo presente y a lo concreto, escepticismo ante todo proyecto que pretenda derivar la política de principios abstractos. El político hábil navega; no diseña.

«Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo probado a lo no probado, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo lejano, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la dicha utópica.»

Original: «To be conservative, then, is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to mystery, the actual to the possible, the limited to the unbounded, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss.»

Sutileza / error común

Oakeshott era escéptico de TODA ideología sistemática, también de la conservadora. Rechazó el thatcherismo por ser «racionalista» (un proyecto ideológico de transformación) tanto como rechazaba el socialismo planificador. No es el conservador «de partido»: es el conservador filósofo. Quien lo lea como manual de batalla cultural lo malentiende.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Michael Oakeshott también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

El racionalismo en la política y otros ensayos

Michael Oakeshott · 1962 · FCE

Y tú

¿Estás más cerca de Michael Oakeshott de lo que crees?

Nueve ejes, cincuenta y cuatro preguntas, diecisiete partidos. Sin registro y sin servidor: tus respuestas no salen del navegador.

Hacer el test