Thomas Paine nació el 29 de enero de 1737 en Thetford, en el condado inglés de Norfolk, hijo de un corsetero cuáquero y de una madre anglicana. Su padre le prohibió aprender latín, que era la puerta de entrada a la educación de la época, y a los doce años salió de la escuela para aprender el oficio del padre: coser ballenas de corsé. No pisó una universidad. En la adolescencia se escapó dos veces de casa para embarcarse; la primera lo interceptaron, la segunda se enroló en el corsario «King of Prussia». Esa biografía de artesano manual, única entre los grandes nombres de la discusión política del siglo XVIII, explica una decisión de estilo que resultó decisiva: escribe sin citas clásicas, sin latín y con frases construidas para leerse en voz alta en una taberna a gente que no sabe leer.
En diciembre de 1762 entró en el cuerpo de excise, la inspección de impuestos indirectos. En agosto de 1765 lo expulsaron (la versión tradicional dice que por certificar mercancía que no había inspeccionado; investigación reciente apunta a que denunció irregularidades) y readmitido tras pedirlo por escrito, en 1768 obtuvo destino en Lewes, en la costa sur. Allí se hizo socio del club de debate local, el Headstrong Club, se instaló en casa de un estanquero y en 1771 se casó con su hija, Elizabeth Ollive; se había casado antes, en 1759, con Mary Lambert, muerta al año siguiente de parto. En 1772 viajó a Londres a defender ante el Parlamento la petición de subida de sueldo de los inspectores. Volvió a Lewes para encontrarse despedido del cuerpo, con el matrimonio roto y el negocio en venta; la separación le dejó 400 libras. Con cartas de presentación de Benjamin Franklin, a quien había conocido en Londres, embarcó en abril de 1774 y llegó a Filadelfia en noviembre, tan enfermo de fiebres que lo bajaron a tierra en brazos. Tenía treinta y siete años y había fracasado en todo lo que había intentado.
En Filadelfia lo contrató el librero Robert Aitkin para dirigir el «Pennsylvania Magazine», y en el otoño de 1775, animado por Benjamin Rush, empezó el panfleto que le cambió la vida. En diciembre de 1776, durante la retirada de Washington cruzando el Delaware, el primer «Crisis» se leyó en voz alta a la tropa por orden del propio comandante, y su frase de arranque se adoptó como contraseña en el asalto a Trenton. Terminada la guerra sirvió en distintos puestos para el Congreso y para la asamblea de Pensilvania, la asamblea de Nueva York le concedió una granja en New Rochelle y el Congreso le votó 3.000 dólares. Después dedicó años a la ingeniería: diseñó un puente de hierro capaz de salvar grandes luces sin pilas intermedias, llevó una maqueta de madera a París en 1787 y en mayo de 1790 se levantó un modelo de hierro de 110 pies en un descampado cerca de Paddington. Se consideraba inventor tanto como escritor.
La respuesta a Burke lo devolvió a la política y lo dejó sin país. En mayo de 1792 la corona abrió causa contra él por libelo sedicioso; el juicio se celebró en Londres el 18 de diciembre de 1792 con el fiscal general Sir Archibald Macdonald leyendo su libro al jurado, Paine ausente y una condena de proscripción. Ya estaba en Francia: en el verano de 1792 había sido elegido diputado a la Convención Nacional por el departamento del Paso de Calais, cargo que aceptó sin hablar apenas francés. En el proceso a Luis XVI pidió el destierro en lugar de la guillotina, y el 15 de enero de 1793 argumentó ante la Convención que Francia, primera nación europea en abolir la realeza, debía ser la primera en abolir la pena de muerte; cuatro días después, cuando volvió a pedir clemencia, Marat lo interrumpió para sostener que un cuáquero era incompetente para votar sobre una pena capital. La orden de arresto llegó el 27 de diciembre de 1793: camino de la cárcel entregó a su amigo Joel Barlow el manuscrito de la primera parte de «The Age of Reason». Pasó once meses en la prisión del Luxemburgo, escapó de la guillotina por una marca de tiza puesta en la cara equivocada de la puerta, y salió tras la caída de Robespierre por gestión del ministro estadounidense James Monroe, después de que su predecesor Gouverneur Morris hubiera dejado el caso dormir. Quedó proscrito por la monarquía que había atacado y encarcelado por la revolución que había defendido.
Desembarcó de vuelta en Baltimore el 30 de octubre de 1802, invitado por Jefferson y recibido con una hostilidad que ya no lo soltó: su deísmo y su durísima carta abierta contra Washington de 1796 pesaban más que «Common Sense». En 1806 el supervisor de New Rochelle, Elisha Ward, le denegó el voto alegando que no era ciudadano estadounidense, justo el argumento con el que Morris no lo había reclamado de la cárcel francesa. En marzo de 1809 pidió a un comité cuáquero que lo enterrasen en su cementerio, ofreciéndose a pagar la fosa; se lo negaron, y al oír que entonces lo enterrarían en su granja respondió que la granja se vendería y le desenterrarían los huesos antes de que estuvieran medio podridos. Murió a las ocho de la mañana del 8 de junio de 1809 en el número 59 de Grove Street, en Greenwich, Nueva York. Diez años después el periodista William Cobbett, que había pasado de atacarlo a admirarlo, exhumó sus restos para llevarlos a Inglaterra y levantarle un monumento: los desembarcó en Liverpool el 21 de noviembre de 1819, el monumento no se construyó nunca y los huesos se dispersaron entre acreedores y curiosos hasta perderse.