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Concepto

Atlantismo.

Posición que hace del vínculo militar y político entre Europa y Norteamérica el eje de la política de defensa. Su forma jurídica es el Tratado del Atlántico Norte (1949); su formulación previa, la «comunidad atlántica» de Lippmann (1917).

También conocido como: atlantista · vínculo transatlántico · comunidad atlántica · pro-OTAN · occidentalismo estratégico

Sección 01

Definición
canónica.

Atlantismo es el nombre de la posición que convierte el vínculo político y militar entre Europa occidental y Norteamérica en el eje de la política exterior y de defensa. A diferencia de casi todos los conceptos de este glosario, no tiene padre fundador: nadie firmó la palabra. Lo que sí tiene fecha exacta es la idea. El 17 de febrero de 1917, en un editorial sin firma de la revista «The New Republic» titulado «The Defense of the Atlantic World», que suele atribuirse a Walter Lippmann, aparece la formulación que se repetirá durante un siglo: en las dos orillas del océano «ha crecido una profunda red de intereses que une al mundo occidental», de modo que Gran Bretaña, Francia, Italia, «incluso España», Bélgica, Holanda, los países escandinavos y Panamérica son «en lo esencial una sola comunidad». El editorial pedía la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, y es anterior en veinticuatro años a la Carta del Atlántico y en treinta y dos al Tratado del Atlántico Norte. Conviene retener el orden, porque explica el resto: primero se inventó la comunidad, y solo después la alianza que dice representarla.

La forma jurídica llega el 4 de abril de 1949 con el Tratado de Washington, y su contenido real es más modesto que su leyenda. El artículo 5 no obliga a nadie a entrar en guerra de forma automática: dice que un ataque armado contra una parte «se considerará como un ataque dirigido contra todas ellas» y que cada una asistirá a la atacada «adoptando seguidamente, individualmente y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada». El compromiso es de asistencia; qué medidas son necesarias lo decide cada Estado. El artículo 3, mucho menos citado, es el que sostiene hoy toda la discusión sobre porcentajes del PIB: obliga a mantener y acrecer, «mediante el esfuerzo propio y la ayuda mutua», la capacidad de resistir un ataque armado. Y el artículo 2 compromete a las partes a reforzar sus instituciones libres y a estimular la colaboración económica entre ellas. El atlantismo del texto fundacional no es solo militar, y tampoco se llama a sí mismo comunidad: la palabra «comunidad» no aparece ni una vez en el tratado, ni en inglés ni en la traducción oficial española publicada en el BOE en 1982.

«Atlántico» tampoco es una descripción geográfica, y eso se ve en el propio articulado. El artículo 6, en su redacción original, extendía la zona cubierta a «los departamentos franceses de Argelia». Turquía, que no toca el océano, entró en 1952 mediante protocolo. Y el artículo 10 restringe la ampliación a «cualquier otro Estado europeo» al que los miembros inviten «por acuerdo unánime»: una alianza llamada atlántica cuya puerta solo está abierta a europeos y cuya llave es una decisión política unánime de los socios. El preámbulo declara a las partes «decididos a salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, fundadas en los principios de democracia, libertades individuales e imperio de la ley», pero el articulado no establece ningún mecanismo para verificar esa condición ni para retirarla. Quien confunde el preámbulo con el procedimiento de admisión se queda sin explicación para buena parte de la historia de la Alianza.

La distinción interna más útil la formuló Charles de Gaulle en 1966 y quedó registrada con precisión casi notarial en un memorando interno de la Casa Blanca. Su asesor Francis Bator se la resumió al presidente Johnson: la clave de la carta francesa está en «la distinción que traza entre (1) su obligación bajo el tratado de ir a la guerra en caso de un ataque no provocado contra un aliado y (2) los acuerdos organizativos y de mando que no forman parte estrictamente del tratado pero que han ido creciendo desde 1949». De Gaulle aceptaba lo primero y rechazaba lo segundo; Francia salió de la estructura militar integrada sin salir de la Alianza. Desde entonces, atlantismo nombra dos cosas separables: aceptar el compromiso del tratado y aceptar la organización permanente que lo administra. Casi todo el debate europeo posterior, y todo el debate español desde 1982, ocurre dentro de esa grieta.

Hay una tercera distinción, decisiva en España: alianza multilateral frente a alineamiento bilateral con Estados Unidos. Son instrumentos jurídicos separados, y el propio Convenio hispano-norteamericano de 1988 lo dice en su preámbulo, donde ambos Estados se declaran «resueltos a mantener esa cooperación para la defensa en el marco bilateral y en el de su participación en la Alianza Atlántica». Ese convenio es el que concede a Estados Unidos el uso de instalaciones de apoyo en bases que siguen bajo mando español (en Rota, Morón, Zaragoza y otras), y funciona con independencia de cuánto se integre España en la estructura militar aliada. Se puede ser atlantista en el sentido bilateral y reticente en el multilateral, o al revés.

La secuencia española condensa las tres distinciones. España deposita su instrumento de adhesión al Tratado el 30 de mayo de 1982. Cuatro años después, el Real Decreto 214/1986 somete a referéndum una permanencia condicionada: el Gobierno considera conveniente «que España permanezca en la Alianza Atlántica» siempre que «la participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada», se mantenga «la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español» y se proceda «a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España». La pregunta del 12 de marzo de 1986 no fue, por tanto, «OTAN sí o no», sino si convenía permanecer «en los términos acordados por el Gobierno de la Nación». Ganó el sí con 9.054.509 votos frente a 6.872.421, según la proclamación oficial de la Junta Electoral Central. Once años más tarde, en la cumbre de Madrid de julio de 1997, los aliados dieron la bienvenida al anuncio español de «participar plenamente en la nueva estructura de mando de la Alianza». La primera de las tres condiciones se levantó por decisión política ordinaria, sin referéndum.

Queda la oposición que domina el debate contemporáneo: atlantismo frente a autonomía estratégica europea. Sobre el papel no existe. El artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, que contiene la cláusula de asistencia mutua entre socios europeos, añade que los compromisos «seguirán ajustándose a los compromisos adquiridos en el marco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que seguirá siendo, para los Estados miembros que forman parte de la misma, el fundamento de su defensa colectiva y el organismo de ejecución de ésta». El derecho de la Unión subordina expresamente su propia defensa colectiva a la Alianza. La oposición, por tanto, no es jurídica sino política: se discute cuánta capacidad industrial, decisoria y militar debe construir Europa por su cuenta dentro de un marco que sigue siendo atlántico. El Concepto Estratégico de 2022 mantiene la doctrina clásica («el vínculo transatlántico entre nuestras naciones es indispensable para nuestra seguridad»), mientras la Declaración de La Haya de 2025 traslada el eje del debate al artículo 3: los aliados se comprometen a invertir «el 5% del PIB anual» en defensa y gasto asociado a la seguridad para 2035. El siglo XXI no discute la pertenencia: discute la factura.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«The Parties agree that an armed attack against one or more of them in Europe or North America shall be considered an attack against them all, and consequently they agree that, if such an armed attack occurs, each of them, in exercise of the right of individual or collective selfdefence recognised by Article 51 of the Charter of the United Nations, will assist the Party or Parties so attacked by taking forthwith, individually, and in concert with the other Parties, such action as it deems necessary, including the use of armed force, to restore and maintain the security of the North Atlantic area.»

Tratado del Atlántico Norte, artículo 5, Washington, 4 de abril de 1949 (texto inglés auténtico, Avalon Project, Yale Law School)Fuente ↗

«Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a adherirse al Tratado a cualquier otro Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la región del Atlántico Norte.»

Tratado del Atlántico Norte, artículo 10, texto oficial español publicado con el Instrumento de Adhesión del Reino de España, BOE núm. 129, 31 de mayo de 1982Fuente ↗

«Número total de votantes: Diecisiete millones doscientos cuarenta y seis mil setecientos cincuenta y seis (17.246.756). Número de votos emitidos en pro del texto sometido a Referéndum: Nueve millones cincuenta y cuatro mil quinientos nueve (9.054.509). Número de votos emitidos en contra: Seis millones ochocientos setenta y dos mil cuatrocientos veintiuno (6.872.421).»

Junta Electoral Central, Resolución de 26 de marzo de 1986 por la que se declaran los resultados oficiales definitivos del Referéndum convocado por Real Decreto 214/1986, BOE núm. 79, 2 de abril de 1986Fuente ↗

«The key to [de Gaulle]'s letter is the distinction he draws between (1) his obligation under the treaty to go to war in case of an unprovoked attack on an ally and (2) the organizational and command arrangements which are not strictly a part of the treaty but have grown up since 1949. He says he will support (1): the treaty obligations, but is against (2): the peacetime organizational arrangements.»

Memorando de Francis M. Bator al presidente Lyndon B. Johnson, Washington, 7 de marzo de 1966, en Foreign Relations of the United States, 1964-1968, vol. XIII, doc. 138Fuente ↗

«Against this background, the members of the Alliance's integrated military structure warmly welcome today's announcement by Spain of its readiness to participate fully in the Alliance's new command structure, once agreement has been reached upon it. Spain's full participation will enhance its overall contribution to the security of the Alliance, help develop the European Security and Defence Identity within NATO and strengthen the transatlantic link.»

OTAN, Madrid Declaration on Euro-Atlantic Security and Cooperation, cumbre de Madrid, 8 de julio de 1997Fuente ↗

«Los compromisos y la cooperación en este ámbito seguirán ajustándose a los compromisos adquiridos en el marco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que seguirá siendo, para los Estados miembros que forman parte de la misma, el fundamento de su defensa colectiva y el organismo de ejecución de ésta.»

Tratado de la Unión Europea, artículo 42, apartado 7, versión consolidada (DO C 202, 7 de junio de 2016)Fuente ↗

«The transatlantic bond between our nations is indispensable to our security. We are bound together by common values: individual liberty, human rights, democracy and the rule of law. [...] NATO is the unique, essential and indispensable transatlantic forum to consult, coordinate and act on all matters related to our individual and collective security.»

OTAN, NATO 2022 Strategic Concept, puntos 2 y 3, adoptado en la cumbre de Madrid, 29 de junio de 2022Fuente ↗

«Allies commit to invest 5% of GDP annually on core defence requirements as well as defence- and security-related spending by 2035 to ensure our individual and collective obligations, in accordance with Article 3 of the Washington Treaty.»

OTAN, The Hague Summit Declaration, punto 2, 25 de junio de 2025Fuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En España el atlantismo no se ordena por el eje izquierda-derecha ni coincide con el europeísmo, y esa es la razón de que el test lo trate con cuidado. PP y PSOE han gestionado la pertenencia a la Alianza desde el Gobierno y ninguno ha propuesto salir de ella; el segundo, además, fue quien convocó el referéndum de 1986 y quien pidió el sí, después de haber llegado al poder prometiendo someter a consulta una adhesión decidida por su predecesor. Vox es euroescéptico y a la vez atlantista: rechaza la cesión de soberanía a Bruselas pero no el marco de defensa occidental. La izquierda soberanista recorre el camino inverso: la CUP rechaza a la vez la Unión Europea y la Alianza, y no se presenta siquiera a las elecciones europeas. Ese cruce tiene una consecuencia técnica en este test. El eje internacional mide relación con marcos supranacionales e inmigración, no atlantismo, y su pregunta sobre soberanía está redactada en términos generales precisamente para no medir la OTAN: si se preguntara por ella, Vox aparecería en el polo cosmopolita por motivos militares y quedaría mal situado en todo lo demás. Vox y la CUP comparten hoy la misma puntuación en ese eje por razones opuestas, y ninguna de las dos es el atlantismo. Desde el compromiso de La Haya de 2025 la discusión española ha cambiado de forma: se ha desplazado al porcentaje del PIB, que es una disputa sobre el artículo 3 del Tratado y no sobre el artículo 5. Quien use hoy «atlantista» como insulto o como credencial conviene que precise cuál de las tres cosas quiere decir: el compromiso del tratado, la organización que lo administra o el alineamiento bilateral con Washington.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Creer que el artículo 5 obliga automáticamente a la guerra. El texto dice que cada parte asistirá a la atacada «adoptando las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada»: el compromiso es de asistencia y la calificación de lo necesario queda en cada Estado. La lectura maximalista sirve tanto para vender la Alianza como garantía absoluta como para denunciarla como pacto de guerra automática, y ninguna de las dos cosas está en el papel.
  • Confundir atlantismo con pertenencia a la OTAN. Son cosas distintas y España lo demuestra dos veces: fue miembro del Tratado desde 1982 sin estar en la estructura militar integrada hasta 1997, y mantiene desde antes un convenio bilateral con Estados Unidos sobre bases que funciona por su cuenta. Francia hizo el recorrido inverso en 1966. La distinción entre el tratado y la organización que lo administra es de De Gaulle, no de sus críticos.
  • Oponer atlantismo y europeísmo como si fueran alternativas. El propio artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea remite a la Alianza como «el fundamento de su defensa colectiva» de los socios que pertenecen a ella. La tensión entre autonomía estratégica europea y dependencia atlántica es real, pero es una disputa política sobre capacidades e industria dentro de un marco jurídico que ya está resuelto a favor del segundo.
  • Leer «Atlántico» como un dato geográfico. El artículo 6 original cubría los departamentos franceses de Argelia, Turquía entró en 1952 sin tocar el océano y el artículo 10 solo permite invitar a Estados europeos. La palabra designa desde 1917 una comunidad política imaginada, no una cuenca marítima. De hecho «comunidad» ni siquiera aparece en el tratado: es de Lippmann, treinta y dos años antes.
  • Tomar el referéndum de 1986 como un aval permanente de sus tres condiciones. La primera, no entrar en la estructura militar integrada, se levantó en 1997 por decisión política ordinaria y así consta en la declaración de la cumbre de Madrid. Citar el referéndum como si sus términos siguieran vigentes es citar un texto derogado por la práctica.
  • Usar «atlantista» como sinónimo de afinidad con la administración estadounidense de turno. Es la confusión más común en prensa y la más fácil de detectar: el atlantismo es una posición sobre un marco de seguridad que ha sobrevivido a presidentes de los dos partidos y a giros de política exterior opuestos entre sí. Quien cambia de posición cada cuatro años según quién gobierne en Washington no está defendiendo el atlantismo: está evaluando a un presidente.

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