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Concepto

Populismo.

Nació como autodenominación de un partido agrario estadounidense que aprobó en Omaha, en 1892, su programa fundacional y hoy es casi solo una acusación. Bajo la palabra conviven tres definiciones que no seleccionan los mismos partidos: la ideología pueblo puro contra élite corrupta (Mudde), la lógica discursiva que construye un pueblo (Laclau) y la pretensión de representar en exclusiva a ese pueblo (Müller).

También conocido como: populista · demagogia (uso incorrecto) · antipolítica · discurso pueblo-élite

Sección 01

Definición
canónica.

La palabra entra en la política moderna pegada al nombre de un partido concreto. El 4 de julio de 1892, en Omaha (Nebraska), la primera convención nacional del People's Party de Estados Unidos aprobó un programa cuyo preámbulo abre así: «we meet in the midst of a nation brought to the verge of moral, political, and material ruin. Corruption dominates the ballot-box, the Legislatures, the Congress, and touches even the ermine of the bench». Y declara su propósito: devolver el gobierno de la República «to the hands of “the plain people,” with which class it originated». A los miembros de ese partido se les llamó populists, y ahí el término empezó siendo una etiqueta de partido y no un reproche ajeno; hoy en castellano casi nadie se lo pone a sí mismo. En paralelo, sin contacto ni traducción, el ruso narodnichestvo nombraba a los intelectuales decimonónicos que «iban al pueblo» campesino, la tradición de Herzen y Mijáilovski. Dos movimientos que nacen sin contacto entre sí y acaban bajo la misma etiqueta: ese es el problema de origen del concepto, y decidir si comparten un núcleo sigue siendo la discusión.

Los días 20 y 21 de mayo de 1967 la London School of Economics reunió a Isaiah Berlin, Ernest Gellner, Richard Hofstadter, Alain Touraine, Donald MacRae y Hugh Seton-Watson, entre otros, con un encargo único: definir «populismo». El acta literal de la sesión, que Berlin presidía, conserva su advertencia: no hay que sufrir «a Cinderella complex», la ilusión de que existe un zapato (la palabra) al que en algún sitio le corresponde un pie (el populismo verdadero, puro, del que todos los demás serían copias degradadas). Berlin admitió, aun así, un mínimo común: los movimientos que merecen el nombre comparten fraternidad, rechazo de la autoridad impuesta y «above all equality», mientras que «liberty is not essential». De ahí su distinción entre populismo y «false populism», que definió como el uso de ideas populistas «for ends other than those which the populists desired», y en el que metió al bonapartismo, al macartismo y al fascismo. La conferencia terminó sin definición.

La definición que acabaría imponiéndose en la literatura tardó casi cuarenta años en llegar. Cas Mudde la formuló en «The Populist Zeitgeist» (Government and Opposition, 39:4, 2004, p. 543): «an ideology that considers society to be ultimately separated into two homogeneous and antagonistic groups, ‘the pure people’ versus ‘the corrupt elite’, and which argues that politics should be an expression of the volonté générale (general will) of the people». Tiene tres consecuencias que casi nadie retiene. Primera: en este esquema el populismo tiene dos contrarios, no uno. El elitismo comparte su mundo maniqueo pero pone la virtud arriba; el pluralismo rechaza la homogeneidad de ambos y ve la sociedad como un agregado heterogéneo de grupos e individuos con intereses incompatibles. El antónimo interesante de populismo no es «moderación»: es pluralismo. Segunda: es una ideología «thin-centred», con «a restricted core attached to a narrower range of political concepts» (categoría que Mudde toma de Michael Freeden), y por eso «can be easily combined with very different (thin and full) other ideologies, including communism, ecologism, nationalism or socialism». No existe el populismo a secas: existe populismo más algo, y ese algo es lo que decide si el resultado se parece a Chávez o a Orbán. Tercera: Mudde separa de forma explícita el populismo de las dos acepciones corrientes en el debate público (el discurso emocional y simplón, y la política de rebajar impuestos en vísperas electorales) porque «both phenomena are better covered by other terms: demagogy and opportunism, respectively».

La segunda gran definición invierte el planteamiento entero. Para Ernesto Laclau, en «On Populist Reason» (Verso, 2005), el populismo no tiene contenido: es una forma. Su tesis cabe en una línea del prefacio: «Populism is, quite simply, a way of constructing the political». El mecanismo tiene tres condiciones, que Laclau enumera en la página 74: una frontera antagonista interna que separa al «pueblo» del poder; una articulación equivalencial de demandas insatisfechas que hace posible la aparición de ese pueblo; y la unificación de esas demandas dispersas en un sistema estable de significación, papel que cumple un significante vacío («el pueblo», «el cambio», «la casta», «la patria») capaz de representarlas todas precisamente porque no significa ninguna en concreto. La plebe se presenta entonces como el populus: una parte que reclama ser el todo. Y el criterio es puramente formal: «whenever we have this combination of structural moments, whatever the ideological or social contents of the political movement in question, we have populism of one sort or another». El coste de esa elegancia es enorme y Laclau lo asume sin disimulo: si el populismo es la lógica con la que se construye cualquier sujeto colectivo, entonces casi toda política que no sea pura administración es populista, y la palabra deja de discriminar entre unos casos y otros. Para él eso no es un defecto del concepto sino un hallazgo sobre la política.

Hay una tercera posición, más reciente, que no es un punto intermedio sino un criterio distinto. Jan-Werner Müller sostiene que criticar a las élites no distingue a nadie, porque todo aspirante lo hace en campaña. Lo que sí es señal inequívoca es otra cosa: «they claim that they, and only they, represent the people». Esa pretensión de representación exclusiva «is not an empirical one; it is always distinctly moral», y de ella se sigue lo demás: quien discrepa no defiende otra opinión legítima, sino un interés particular contra el pueblo, con lo que el pluralismo se vuelve literalmente impensable. La diferencia práctica entre los tres criterios no es académica: seleccionan conjuntos distintos de partidos. Müller excluye a Podemos, Syriza, Corbyn y Sanders de la categoría; Mudde los incluye. El mismo sustantivo, dos listas.

Así que bajo una sola palabra conviven al menos cuatro cosas que conviene no mezclar: un contenido moral que divide la sociedad en puros y corruptos (Mudde); una forma discursiva de agregar demandas insatisfechas (Laclau); una pretensión de monopolio moral de la representación (Müller); y, en el uso corriente, la demagogia o el oportunismo, que tienen nombre propio desde hace siglos. A las cuatro hay que añadir la quinta, la histórica: aquellos movimientos agrarios e igualitarios del siglo XIX, en Kansas y en Rusia, a los que primero se aplicó la palabra y que no se parecen demasiado a ninguna de las anteriores.

En este test el populismo no tiene eje propio, y es deliberado: una forma de argumentar no es una posición en un debate, y puede acompañar a contenidos económicos, territoriales o identitarios opuestos entre sí. Lo que sí se mide, dentro del eje de régimen, es la afirmación concreta «las élites políticas e institucionales del régimen del 78 han traicionado a los ciudadanos y deben ser desalojadas en bloque», que es donde esa retórica deja huella comprobable.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«The conditions which surround us best justify our co-operation; we meet in the midst of a nation brought to the verge of moral, political, and material ruin. Corruption dominates the ballot-box, the Legislatures, the Congress, and touches even the ermine of the bench. […] we seek to restore the government of the Republic to the hands of “the plain people,” with which class it originated.»

People's Party of America, «National People's Party Platform» (Plataforma de Omaha), preámbulo, Omaha, Nebraska, 4 de julio de 1892. Documento fundacional del partido cuyos miembros se llamaron a sí mismos populists.Fuente ↗

«we must not suffer from a Cinderella complex, by which I mean the following: that there exists a shoe – the word ‘populism’ – for which somewhere there must exist a foot. There are all kinds of feet which it nearly fits, but we must not be trapped by these nearly-fitting feet. The prince is always wandering about with the shoe; and somewhere, we feel sure, there awaits it a limb called pure populism.»

Isaiah Berlin, intervención en la conferencia «To Define Populism», London School of Economics, 20-21 de mayo de 1967; transcripción literal (LSE, shelfmark HN 17 C74), p. [139] del acta.Fuente ↗

«they do not qualify as populist because they do not stress the essential elements of populism – fraternity, freedom from imposed authority, above all equality. Liberty is not essential. Some populist movements demand it, some do not: it is inessential. […] False populism is the employment of populist ideas for ends other than those which the populists desired. That is to say, their employment by Bonapartists or McCarthyites, or ‘the Friends of the Russian people’, or Fascists and so on.»

Isaiah Berlin, «To Define Populism», LSE, 1967; transcripción literal, pp. [142] y [143] del acta.Fuente ↗

«Populism is only a ‘thin-centred ideology’, exhibiting ‘a restricted core attached to a narrower range of political concepts’. The core concept of populism is obviously ‘the people’ […] As a thin-centred ideology, populism can be easily combined with very different (thin and full) other ideologies, including communism, ecologism, nationalism or socialism.»

Cas Mudde, «The Populist Zeitgeist», Government and Opposition 39:4 (2004), p. 544. La categoría «thin-centred ideology» procede de Michael Freeden, «Is Nationalism a Distinct Ideology?», Political Studies 46:4 (1998), p. 750.Fuente ↗

«In fact, both phenomena are better covered by other terms: demagogy and opportunism, respectively. […] The concept of the heartland helps to emphasize that the people in the populist propaganda are neither real nor all-inclusive, but are in fact a mythical and constructed sub-set of the whole population.»

Cas Mudde, «The Populist Zeitgeist», Government and Opposition 39:4 (2004), pp. 543 y 546Fuente ↗

«My attempt has not been to find the true referent of populism, but to do the opposite: to show that populism has no referential unity because it is ascribed not to a delimitable phenomenon but to a social logic whose effects cut across many phenomena. Populism is, quite simply, a way of constructing the political.»

Ernesto Laclau, On Populist Reason, Verso, Londres, 2005, Prefacio, p. xiFuente ↗

«We already have two clear preconditions of populism: (1) the formation of an internal antagonistic frontier separating the ‘people’ from power; and (2) an equivalential articulation of demands making the emergence of the ‘people’ possible. There is a third precondition which does not really arise until the political mobilization has reached a higher level: the unification of these various demands – whose equivalence, up to that point, had not gone beyond a feeling of vague solidarity – into a stable system of signification.»

Ernesto Laclau, On Populist Reason, Verso, Londres, 2005, cap. 4 («The 'People' and the Discursive Production of Emptiness»), p. 74Fuente ↗

«Whenever we have this combination of structural moments, whatever the ideological or social contents of the political movement in question, we have populism of one sort or another.»

Ernesto Laclau, On Populist Reason, Verso, Londres, 2005, cap. 4, pp. 117-118Fuente ↗

«When in opposition, populists for sure criticise elites. But there is also always something else they do that is the tell-tale sign of populism: they claim that they, and only they, represent the people. […] The claim to exclusive representation is not an empirical one; it is always distinctly moral. […] There is no reason to put Sanders, Corbyn, Syriza and Podemos into the same category as Trump, Farage and Erdoğan.»

Jan-Werner Müller, «Trump, Erdoğan, Farage: the attractions of populism for politicians, the dangers for democracy», The Guardian, 2 de septiembre de 2016 (texto del autor, adaptado de What Is Populism?, University of Pennsylvania Press, 2016)Fuente ↗

«In short, populism is an illiberal democratic response to undemocratic liberalism. It criticises the exclusion of important issues from the political agenda by the elites and calls for their repoliticisation. […] The main bad is that populism is a monist and moralist ideology, which denies the existence of divisions of interests and opinions within “the people” and rejects the legitimacy of political opponents.»

Cas Mudde, «The problem with populism», The Guardian, 17 de febrero de 2015 (artículo del autor sobre Syriza y Podemos)Fuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En castellano «populista» casi nunca se usa en primera persona. Íñigo Errejón ya lo escribió en 2011, tres años antes de fundar Podemos, en su tesis doctoral de la Complutense sobre Bolivia: el término «es más bien un arma arrojadiza para la descalificación de fenómenos con los que se está en desacuerdo, o un término ‘vago’ que puede ser aplicado lo mismo a experiencias de izquierda que de derecha». La tesis documenta además el linaje intelectual: Errejón se formó en la teoría de Laclau y Mouffe antes de dirigir la campaña de un partido cuya estrategia inicial (la casta frente a la gente, un significante que agrega demandas dispersas) sigue casi al pie de la letra las tres condiciones de «La razón populista». Por eso el caso español partió en dos a los especialistas. Cas Mudde escribió sobre Podemos y Syriza en febrero de 2015 que «populism is an illiberal democratic response to undemocratic liberalism», es decir, incluyéndolos. Jan-Werner Müller, año y medio después y en el mismo periódico, los excluyó: «There is no reason to put Sanders, Corbyn, Syriza and Podemos into the same category as Trump, Farage and Erdoğan». Dos de los especialistas más citados del campo, en desacuerdo sobre el mismo partido español. Desde entonces la etiqueta ha viajado: en España se ha aplicado sucesivamente a Podemos, a Vox, a Se Acabó La Fiesta y a formaciones independentistas, siempre en boca de sus adversarios, y ha perdido casi todo poder descriptivo: en la prensa española «populismo» funciona a menudo como sinónimo de «propuesta que me parece irresponsable». Conviene el criterio contrario: preguntar si un discurso divide la sociedad en dos bloques morales homogéneos y si reclama representar en exclusiva a uno. Eso se comprueba frase a frase y no depende de quién lo diga.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Confundir populismo con demagogia o con oportunismo electoral. Es la trampa más extendida en prensa, y el propio Mudde la desactiva en la página 543 de su artículo de 2004: el discurso emocional y simplón y la rebaja de impuestos en vísperas de elecciones «are better covered by other terms: demagogy and opportunism, respectively». Un político puede ser demagogo sin ser populista (no divide la sociedad en dos bloques morales) y populista sin ser demagogo.
  • Dar por hecho que Mudde, Laclau y Müller definen lo mismo, y citarlos en el mismo párrafo como si se reforzaran. No seleccionan los mismos partidos: Müller excluye expresamente a Podemos, Syriza, Corbyn y Sanders de la categoría en la que Mudde los mete. Antes de discutir si un partido «es populista» hay que decir con qué definición se está trabajando, o la discusión no tiene objeto.
  • Creer que el populismo es de derechas, o de izquierdas. Es «thin-centred»: su núcleo conceptual es tan escueto que, en palabras de Mudde, «can be easily combined with very different (thin and full) other ideologies, including communism, ecologism, nationalism or socialism». Lo que produce la xenofobia no es el populismo, es el nativismo que se le acopla; lo que produce la nacionalización de la banca no es el populismo, es el socialismo que se le acopla.
  • Confundir populismo con autoritarismo o con fascismo. Berlin ya separó ambas cosas en 1967 con la categoría de «false populism», el uso de ideas populistas «for ends other than those which the populists desired», y ahí colocó al bonapartismo, al macartismo y al fascismo, precisamente porque persiguen un régimen jerárquico y desigual, incompatible con el igualitarismo que él consideraba el núcleo del populismo real.
  • Tomar «el pueblo» del populista por la población realmente existente. Mudde recoge de Paul Taggart la noción de heartland, el lugar «in which, in the populist imagination, a virtuous and unified population resides», y advierte de que ese pueblo «are neither real nor all-inclusive, but are in fact a mythical and constructed sub-set of the whole population». Por eso dos populistas del mismo país pueden invocar pueblos que no se solapan.
  • Buscar el populismo puro del que los demás serían versiones degradadas. Es exactamente el «Cinderella complex» que Berlin describió en la LSE en 1967: hay un zapato y se supone que en algún sitio existe el pie que le encaja del todo. La otra cara del error también existe y Berlin la señaló: declarar que la palabra es un mero homónimo y que no hay nada en común entre el populismo ruso, el norteamericano y el latinoamericano.

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