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Concepto

Etnonacionalismo.

Forma de nacionalismo que define la nación por origen y herencia compartidos (ascendencia, lengua, costumbres, memoria), no por la adhesión voluntaria a una constitución abierta a quien la abrace.

También conocido como: nacionalismo étnico · nacionalismo etnocultural · identitarismo de mayoría · ethnic nationalism

Sección 01

Definición
canónica.

El etnonacionalismo es la corriente del nacionalismo que define la pertenencia a la nación por criterios de origen y herencia (ascendencia, lengua, costumbres, religión histórica, memoria compartida) y no por la adhesión voluntaria a una constitución y a un cuerpo de derechos. La diferencia no está en la intensidad del sentimiento patriótico, que puede ser idéntica a un lado y al otro, sino en el criterio de admisión: en un modelo la nación es algo que se hereda; en el otro, algo a lo que uno se suma. De esa bifurcación cuelgan casi todas las consecuencias prácticas del asunto: cuántos años de residencia hacen falta para naturalizarse y con qué excepciones, qué lengua es vehicular en la escuela, qué relato histórico se enseña, y si la inmigración se lee como incorporación de ciudadanos nuevos o como dilución de un cuerpo preexistente.

La formulación fundacional del primer modelo es de Johann Gottlieb Fichte. Las catorce «Reden an die deutsche Nation» se pronunciaron en el invierno de 1807-1808 en el salón grande de la Academia de Ciencias de Berlín, con las tropas francesas todavía ocupando la ciudad, y se publicaron en abril de 1808. En el discurso decimotercero está la tesis entera en dos frases: las fronteras primeras y verdaderamente naturales de los Estados son sus fronteras internas, y quienes hablan la misma lengua están unidos por una multitud de lazos invisibles obra de la naturaleza misma, mucho antes de que empiece arte humano alguno. La inversión es lo importante: no es la frontera del Estado la que fabrica un pueblo, sino la frontera lingüística del pueblo la que dicta dónde debe estar la del Estado. Todo lo demás del etnonacionalismo se deduce de ahí.

Una generación antes, Herder había suministrado el material bruto, aunque su argumento apunta en dirección política contraria. En «Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad» (libro IX, capítulo IV) escribe que la naturaleza educa familias y que por eso el Estado más natural es una sola nación con un solo carácter nacional, de modo que nada resulta tan opuesto al fin del gobierno como la ampliación antinatural de los Estados y la mezcla salvaje de razas y naciones bajo un solo cetro. Escrito en la década de 1780, eso no es un programa de purificación: es una acusación contra los imperios dinásticos multiétnicos que gobernaban Europa central, escrita por un pluralista hostil al imperialismo cultural de la Ilustración francesa y defensor de las naciones pequeñas. La apropiación posterior de su Volksgeist por el nacionalismo alemán radical es real, pero es posterior y selectiva.

El contramodelo canónico llega en 1882, en la conferencia que Ernest Renan pronuncia en la Sorbona el 11 de marzo. Renan repasa uno a uno los candidatos a criterio (raza, lengua, religión, intereses, geografía) y los descarta todos: sostiene que no hay raza pura y que fundar la política en el análisis etnográfico es apoyarla en una quimera, y advierte a los alemanes, que habían levantado muy alto la bandera de la etnografía, de que los eslavos acabarían usándola contra ellos. Su definición positiva es doble: un legado común de recuerdos en el pasado y el consentimiento actual de seguir viviendo juntos, «un plebiscito de todos los días». Conviene no quedarse en la mitad simpática. Renan exige también el olvido: dice literalmente que el olvido, y hasta el error histórico, son factor esencial en la formación de una nación, porque la investigación histórica saca a la luz la violencia que hubo en el origen de toda formación política. Es decir que el polo cívico tampoco es una comunidad sin cultura ni sin mito; es una comunidad que ha acordado qué recordar y qué no.

La dicotomía se vuelve académica con Hans Kohn («The Idea of Nationalism», 1944), que distingue dos familias: en Occidente el nacionalismo fue un fenómeno político posterior al arranque de la construcción nacional, o simultáneo a él, ligado a la libertad individual y al cosmopolitismo racional; en el Este surgió después, en conflicto con Estados ya existentes, en el terreno de la cultura y apoyado en mitos históricos. Dos precisiones que se pierden siempre. La primera es que Kohn escribió «occidental» y «oriental», no «cívico» y «étnico»: ese vocabulario es posterior. La segunda es que en su propio esquema España cae del lado cultural, junto a Irlanda y a Europa central y oriental, por la debilidad de su clase media decimonónica. La crítica contemporánea va más lejos: Taras Kuzio sostiene que dar por cívico al Estado occidental desde su fundación es históricamente falso, y que los Estados occidentales solo evolucionaron de étnicos a cívicos en las cuatro últimas décadas del siglo XX.

El término «etnonacionalismo» tal como se usa hoy en ciencia política es de Walker Connor, que lo introduce en 1973 («The Politics of Ethnonationalism», Journal of International Affairs) y le dedica un libro entero en 1994. Su definición es deliberadamente incómoda: nación es un grupo de personas que creen estar emparentadas por ascendencia, y nacionalismo es la lealtad a esa nación, no la lealtad al propio país. De ahí que Connor reconozca que «etnonacionalismo» encierra una redundancia y que solo lo emplee para evitar el malentendido. Lo que niega es que exista un nacionalismo no étnico: lo que se llama así es, para él, lealtad al Estado, que es otra cosa. Y añade el matiz que más se olvida: la esencia de la nación es un vínculo psicológico, y lo que cuenta al analizar situaciones sociopolíticas no es lo que las cosas son, sino lo que la gente cree que son. La ascendencia común es una creencia, no un dato: por eso ningún estudio genético ha zanjado nunca una disputa nacional.

El concepto se rompe en varias piezas que la discusión pública trata como una sola. La primera separación es entre etnonacionalismo de mayoría con Estado y etnonacionalismo de minoría sin Estado. La estructura del argumento es idéntica (la comunidad de origen precede al Estado y le da su legitimidad) y lo que cambia es la dirección: uno defiende un Estado existente frente a la pluralidad interna y a la inmigración, el otro reclama un Estado que aún no existe. Quien juzga por el contenido y no por la estructura acaba llamando patriotismo a uno y esencialismo al otro según de qué lado mire. La segunda separación es entre etnia creída y raza medida: el racismo biológico del XIX postula una herencia física comprobable, mientras que el etnonacionalismo moderno habla de lengua, costumbre y memoria. La tercera es entre etnonacionalismo y nativismo: quién pertenece y quién entra son preguntas distintas, y un argumento sobre capacidad de acogida o coste fiscal no define la nación por herencia aunque conduzca a la misma política de fronteras. La cuarta es la que separa esta familia del identitarismo de minorías: ambos rechazan al individuo abstracto igual ante la ley, y discrepan en qué grupo hay que reconocer.

En el test, el polo negativo del eje de identitarismo recoge la variante que protege a la mayoría del territorio frente a su dilución. El centro de ese eje es el universalismo liberal (el individuo igual ante la ley, sin grupos), el polo positivo es el identitarismo de minorías y el negativo es el identitarismo de mayoría, cuya forma fuerte es el etnonacionalismo. Lo que el eje mide es la estructura del argumento y no la bandera: la mayoría que se quiere proteger puede ser española, catalana o vasca, y eso cambia el contenido político sin cambiar el criterio de pertenencia.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«La vérité est qu'il n'y a pas de race pure et que faire reposer la politique sur l'analyse ethnographique, c'est la faire porter sur une chimère. [...] L'existence d'une nation est (pardonnez-moi cette métaphore) un plébiscite de tous les jours, comme l'existence de l'individu est une affirmation perpétuelle de vie.»

Ernest Renan, Qu'est-ce qu'une nation ?, conferencia en la Sorbona del 11 de marzo de 1882, Calmann Lévy, París, 1882 (secciones I y III)Fuente ↗

«L'oubli, et je dirai même l'erreur historique, sont un facteur essentiel de la formation d'une nation, et c'est ainsi que le progrès des études historiques est souvent pour la nationalité un danger.»

Ernest Renan, Qu'est-ce qu'une nation ?, Calmann Lévy, París, 1882, sección IFuente ↗

«Para la concesión de la nacionalidad por residencia se requiere que ésta haya durado diez años. Serán suficientes cinco años para los que hayan obtenido la condición de refugiado y dos años cuando se trate de nacionales de origen de países iberoamericanos, Andorra, Filipinas, Guinea Ecuatorial o Portugal o de sefardíes.»

Real Decreto de 24 de julio de 1889 (Código Civil), art. 22.1, texto consolidado en el BOEFuente ↗

«A los efectos del presente Estatuto tendrán la condición política de vascos quienes tengan la vecindad administrativa de acuerdo con las Leyes Generales del Estado, en cualquiera de los municipios integrados en el territorio de la Comunidad Autónoma.»

Ley Orgánica 3/1979, de 18 de diciembre, de Estatuto de Autonomía para el País Vasco, art. 7.1 (BOE)Fuente ↗

«se entiende que tales circunstancias concurren en los sefardíes originarios de España que prueben dicha condición y una especial vinculación con España, aun cuando no tengan residencia legal en nuestro país.»

Ley 12/2015, de 24 de junio, en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España, art. 1.1 (BOE)Fuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En España «etnonacionalismo» funciona casi siempre como acusación, y viaja en las dos direcciones. Desde el centro y la izquierda se aplica a la derecha nacional española por su lectura de la inmigración como amenaza cultural y por la defensa de una identidad común frente al reconocimiento de otras naciones dentro del Estado. Desde el nacionalismo español se aplica al nacionalismo vasco y al catalán, apoyándose en su origen romántico decimonónico y en la política lingüística. Los dos bandos rechazan la etiqueta con el mismo argumento: que lo suyo es defensa de una comunidad real y lo del otro es esencialismo. Lo que casi nunca entra en la discusión es que el derecho vigente contradice a los dos. El Estatuto de Gernika (art. 7) y el Estatut catalán (art. 7) atribuyen la condición política de vasco y de catalán, por vecindad administrativa y no por origen, a quien tenga vecindad administrativa allí, que es un criterio estrictamente cívico: se adquiere empadronándose, no por apellidos. Y el Código Civil (art. 22.1) exige diez años de residencia para naturalizarse, salvo dos para iberoamericanos, andorranos, filipinos, ecuatoguineanos, portugueses y sefardíes; la Ley 12/2015 fue más allá y abrió la nacionalidad a los sefardíes que acreditaran «especial vinculación con España» sin residir siquiera en el país. Es decir: las comunidades acusadas de esencialismo definen la pertenencia por padrón, y el Estado que se presenta como cívico gradúa el acceso por afinidad histórico-cultural. El test recoge esa asimetría calibrando por separado a cada partido, y coloca en el mismo polo a formaciones que defienden mayorías distintas y enfrentadas entre sí.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Confundir etnonacionalismo con racismo biológico. Son dos tradiciones distintas: el racismo del XIX postula una herencia física medible, mientras que el etnonacionalismo moderno argumenta en clave de lengua, costumbre y memoria. Pueden solaparse en la práctica, pero responder con genética a un argumento cultural no toca el argumento, y además Connor ya avisó de que la nación es una creencia en el parentesco, no un parentesco: ningún estudio de ADN ha resuelto nunca una disputa nacional.
  • Creer que el nacionalismo cívico no tiene contenido cultural. Su formulación fundacional, la de Renan, exige un legado común de recuerdos y, además, el olvido deliberado de la violencia fundacional. Kuzio lo lleva al terreno histórico: los Estados occidentales no fueron cívicos desde su origen, se volvieron cívicos en las cuatro últimas décadas del siglo XX.
  • Atribuir a Kohn el par «cívico / étnico». Kohn escribió sobre nacionalismo occidental y oriental, y su dicotomía es analítica y no geográfica; en su propio esquema España cae del lado cultural. El vocabulario «cívico / étnico» se le pega décadas después y le añade una carga moral que su texto no tenía.
  • Reservar el término para los Estados grandes. La misma estructura sostiene a las minorías sin Estado, que reclaman una comunidad de origen anterior a la frontera vigente. Lo que cambia entre un caso y otro es quién manda hoy, no el criterio de pertenencia; por eso dos etnonacionalismos rivales pueden reprochárselo mutuamente con la misma frase.
  • Leer a Herder como precursor del nazismo. Su queja contra «la mezcla salvaje de razas y naciones bajo un solo cetro» va dirigida a los imperios dinásticos multiétnicos, no a la limpieza de un territorio, y venía de un pluralista antiimperialista que defendía a las naciones pequeñas frente al imperialismo cultural francés. La apropiación posterior existe, pero es posterior.
  • Tratar cualquier posición restrictiva en inmigración como etnonacionalismo. Quién entra y quién pertenece son preguntas separadas: se puede querer cerrar la frontera por saturación de servicios o por salarios y seguir definiendo la nación por ciudadanía. La marca etnonacionalista aparece cuando el criterio de pertenencia es la herencia, no cuando la política de fronteras es dura.

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