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Concepto

Woke.

Del inglés afroamericano «stay woke» (mantente alerta ante el racismo) a etiqueta hostil que casi nadie se aplica a sí mismo. Nombra el identitarismo de minorías, que no es una tesis sino cuatro.

También conocido como: wokismo · wokeness · woke politics · identitarismo de minorías

Sección 01

Definición
canónica.

«Woke» es el participio de «wake» en inglés afroamericano, y su sentido figurado nació como consejo de supervivencia, no como teoría. El uso de «woke» como señal de alerta dentro de la comunidad negra está documentado desde los años veinte del siglo pasado: Marcus Garvey llamaba a los suyos con un «Wake Up!» panafricanista y, para 1938 el músico Lead Belly (Huddie Ledbetter) ya había grabado «Scottsboro Boys», la balada sobre los nueve adolescentes negros acusados en falso en 1931 de violar a dos mujeres blancas en Alabama, y en la canción advierte sobre ese estado: «I advise everybody to be a little careful when they go down there. Stay woke. Keep your eyes open». Ahí no hay programa político ninguno, sino una advertencia concreta sobre un lugar concreto.

El registro lexicográfico llega en 1962. El Oxford English Dictionary fija el primer uso del adjetivo en ese sentido político y cultural en un artículo de William Melvin Kelley publicado en el New York Times Magazine del 20 de mayo de 1962 y titulado «If You're Woke You Dig It». El detalle que casi nunca se cuenta es de qué iba el artículo: de la apropiación de la jerga negra por hablantes blancos que le cambiaban el sentido hasta que sus creadores acababan abandonándola. Kelley lo describía así: «The language seems to be modified in two ways. The first is to give a word, already in use, its opposite meaning». Seis décadas después, eso es exactamente lo que le ha pasado a la palabra de su titular.

La segunda vida empieza en la música y sigue en la calle. «Master Teacher», canción de Erykah Badu de 2008, popularizó el estribillo «I stay woke»; las protestas de Ferguson de 2014 y el movimiento Black Lives Matter convirtieron «#staywoke» en consigna. La ampliación semántica fue rápida: de la alerta ante la violencia racial a la alerta ante cualquier desigualdad estructural, incluidas las de sexo y orientación. Y el uso hostil llegó casi a la vez que el elogioso: el Oxford English Dictionary documenta «wokery» como caracterización despectiva de actitudes progresistas o de izquierda desde 2016, y da entrada al nuevo sentido de «woke» en 2017.

Hacia 2019 el término circula ya sobre todo como reproche, y no solo desde la derecha. En la cumbre de su fundación, en Chicago, el 29 de octubre de 2019, Barack Obama describió así cierto activismo de redes: «"If I tweet or hashtag about how you didn't do something right, or used the wrong word or verb, then I can sit back and feel pretty good about myself, because man you see how woke I was. I called you out." That's not activism. That's not bringing about change». Lo que viene después es una migración completa. En diciembre de 2021 el gobernador de Florida anunció el «Stop the Wrongs to Our Kids and Employees (W.O.K.E.) Act», un acrónimo forzado montado sobre la palabra, y la norma se aprobó en 2022. El nombre no lo puso la prensa: lo puso quien la promovía. Y ahí asoma el problema de fondo, porque el rótulo promocional carga con el término mientras que el texto legal, titulado «An act relating to individual freedom», no lo contiene ni una sola vez. Lo que hace es enumerar ocho conceptos cuya enseñanza obligatoria pasa a ser discriminación, entre ellos que «un individuo, por su raza, color, sexo u origen nacional, es inherentemente racista, sexista u opresor, consciente o inconscientemente». Preguntado bajo juramento en el juicio por la suspensión del fiscal Andrew Warren, el asesor jurídico del gobernador de Florida, Ryan Newman, dio la definición más operativa que ha producido ese bando: «the belief there are systemic injustices in American society and the need to address them». Conviene fijarse en la forma: define una creencia, no una política.

Debajo de la etiqueta hay al menos cuatro tesis independientes entre sí, y buena parte de la esterilidad del debate viene de que cada bando discute una distinta.

La primera es la tesis del reconocimiento, de raíz hegeliana, que Charles Taylor lleva al debate multicultural en 1992 y que Axel Honneth reconstruye ese mismo año. La identidad no se fabrica en solitario: se forma dialógicamente, y por eso negarla o devolver de ella una imagen degradada no es una descortesía sino un daño. Taylor lo escribe así: «El falso reconocimiento o la falta de reconocimiento pueden causar daño, pueden ser una forma de opresión que subyugue a alguien en un modo de ser falso, deformado y reducido». Taylor es un liberal comunitarista canadiense de raíz hegeliana que escribe pensando en Quebec, no un teórico del activismo estadounidense; leerlo como bandera del wokismo es proyectar sobre su texto un debate ajeno.

La segunda es la política de la diferencia, y es una tesis distinta aunque la formule el mismo autor. Taylor separa dos políticas del reconocimiento igualitario: la del universalismo, donde lo que se reparte «pretende ser universalmente lo mismo, una "canasta" idéntica de derechos e inmunidades», y la de la diferencia, donde «lo que pedimos que se reconozca es la identidad única de este individuo o de este grupo, el hecho de que es distinto de todos los demás». De la segunda salen las cuotas, los derechos colectivos y el trato diferenciado, y es Iris Marion Young quien la fundamenta con más fuerza al sostener que la imparcialidad universalista, en la práctica, universaliza la mirada del grupo dominante. Se puede aceptar la primera tesis y rechazar esta: mucha gente cree que el desprecio hace daño real y sigue pensando que el remedio son derechos iguales para individuos iguales.

La tercera es el constructivismo posestructuralista: las categorías de identidad no serían datos naturales sino efectos de prácticas repetidas y de discurso. Es la línea de Judith Butler, y es la que peor encaja en la etiqueta, porque Butler deconstruye la identidad fija, incluida la categoría «mujer» heredada del feminismo de los años setenta. Un argumento que disuelve las categorías estables está en tensión con cualquier política que necesite grupos bien delimitados a los que reconocer. Lo que Butler sostiene y lo que se hace con Butler no son la misma cosa.

La cuarta es la restricción asimétrica del discurso, la que más ruido produce porque toca la libertad de expresión. Su formulación clásica es de Herbert Marcuse en 1965, medio siglo antes de que la palabra circulara en este sentido: «Liberating tolerance, then, would mean intolerance against movements from the Right and toleration of movements from the Left». Marcuse escribía contra la tolerancia formal de la sociedad industrial avanzada de la Guerra Fría, y su blanco alcanzaba tanto al tratamiento informativo de los medios como a la enseñanza: pedía expresamente «new and rigid restrictions on teachings and practices in the educational institutions». Era un marxista de la Escuela de Fráncfort, no un precursor consciente de nada de esto, y dedicó el ensayo a sus estudiantes de Brandeis. Pero la tesis es reconocible y es independiente de las tres anteriores: se puede sostener el reconocimiento y rechazar de plano que el poder module la tolerancia según el signo político del emisor.

De ese desglose se sigue lo que la palabra no significa. No es sinónimo de izquierda: la socialdemocracia universalista clásica redistribuye por clase, no por grupo identitario. No es sinónimo de defender derechos de mujeres o de personas LGTBI: la frontera no está en el derecho, sino en su fundamento, según se afirme como derecho universal del individuo (Locke, Mill) o como derecho diferenciado de un grupo (Taylor, Young). Y su opuesto no es uno solo, sino dos que se contradicen entre ellos: enfrente está el universalismo liberal, que no quiere reconocer a ningún grupo, y enfrente está también el identitarismo de mayoría, que quiere reconocer al grupo mayoritario y protegerlo. Llamar «anti-woke» a los dos juntos mete en el mismo saco a quien pide que el Estado no mire los grupos y a quien pide que mire uno en concreto.

En este test, esta familia ocupa el polo positivo del eje de identitarismo. El eje no se llama «woke»: se llama identitarismo de minorías. La razón es práctica. Desde 2019 casi nadie se autodefine woke, de modo que la extensión del término la fija quien lo usa como reproche, y una etiqueta así no sirve para medir. «¿Eres woke?» no admite respuesta comprobable; preguntar si el Estado debe establecer cuotas, reconocer derechos colectivos o corregir el lenguaje institucional, sí.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«El falso reconocimiento o la falta de reconocimiento pueden causar daño, pueden ser una forma de opresión que subyugue a alguien en un modo de ser falso, deformado y reducido.»

Charles Taylor, «La política del reconocimiento», en El multiculturalismo y «la política del reconocimiento», 1992, sección I (ed. española, Fondo de Cultura Económica)Fuente ↗

«Liberating tolerance, then, would mean intolerance against movements from the Right and toleration of movements from the Left.»

Herbert Marcuse, «Repressive Tolerance», en R. P. Wolff, B. Moore Jr. y H. Marcuse, A Critique of Pure Tolerance, 1965 (ed. Beacon Press 1969, pp. 95-137)Fuente ↗

«Moreover, the restoration of freedom of thought may necessitate new and rigid restrictions on teachings and practices in the educational institutions which, by their very methods and concepts, serve to enclose the mind within the established universe of discourse and behavior--thereby precluding a priori a rational evaluation of the alternatives.»

Herbert Marcuse, «Repressive Tolerance», en R. P. Wolff, B. Moore Jr. y H. Marcuse, A Critique of Pure Tolerance, 1965 (ed. Beacon Press 1969, pp. 95-137). Desmiente la defensa habitual de que Marcuse no pensaba en la enseñanzaFuente ↗

«Está bien, señor presidente, pero pareciera que está de moda, para resumirlo mucho, ser facha o ser antiwoke, porque ahora todos y todas somos wokes. [...] Decir 'todas' es woke; la emergencia climática es woke; la igualdad entre hombres y mujeres es woke; los derechos de las mujeres son woke; ser gay, trans y lesbiana es woke; ser hombre blanco y heterosexual, no, ¿eh?»

Gabriel Rufián Romero (ERC), Congreso de los Diputados, Diario de Sesiones del Pleno, XV Legislatura, núm. 95, sesión plenaria núm. 91, 12 de febrero de 2025Fuente ↗

«Y, señor Rufián, no es cuestión de ser woke o no ser woke, es cuestión simplemente de decencia.»

Jaime de Olano Vela (PP), Congreso de los Diputados, Diario de Sesiones del Pleno, XV Legislatura, núm. 95, sesión plenaria núm. 91, 12 de febrero de 2025Fuente ↗

«In the song, Lead Belly says of Alabama, «I advise everybody to be a little careful when they go down there. Stay woke. Keep your eyes open.»»

Lead Belly (Huddie Ledbetter), «Scottsboro Boys», grabación de 1938, aviso hablado dentro de la canción; recogido en NAACP Legal Defense Fund, «The Evolution of Woke»Fuente ↗

«The governor's general counsel, Ryan Newman, said, in general, it means «the belief there are systemic injustices in American society and the need to address them.»»

Testimonio de Ryan Newman, asesor jurídico del gobernador de Florida, en el juicio por la suspensión del fiscal Andrew Warren (Warren v. DeSantis), diciembre de 2022; recogido por FOX 13 Tampa BayFuente ↗

«The Oxford English Dictionary traces the earliest such usage to a 1962 New York Times Magazine article titled "If You're Woke You Dig It" by African-American novelist William Melvin Kelley [...] the Oxford English Dictionary recorded the use of "wokery" as a disparaging characterisation of "[p]rogressive or left-wing attitudes or practices" from 2016 and added the word woke in this sense in 2017.»

Datación lexicográfica del Oxford English Dictionary, recogida en Wikipedia, «Woke» (consultado en agosto de 2026). Única fuente enciclopédica de la ficha: se usa solo para las fechas de registro del OED, cuya entrada está tras muro de pagoFuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En castellano la palabra llegó ya cargada. No hubo fase de autodescripción: «woke» entra en la tribuna y la prensa españolas alrededor de 2020 directamente como reproche, sin arrastrar nada del inglés afroamericano del que viene y sin que casi nadie la reivindique para sí. Esa asimetría explica su rendimiento: sirve para nombrar al adversario, no para nombrarse. El Diario de Sesiones del Congreso lo documenta bien. En la sesión plenaria del 12 de febrero de 2025, Gabriel Rufián (ERC) leyó en voz alta el inventario de lo que se etiqueta así: «Decir "todas" es woke; la emergencia climática es woke; la igualdad entre hombres y mujeres es woke; los derechos de las mujeres son woke; ser gay, trans y lesbiana es woke; ser hombre blanco y heterosexual, no». Es una burla, pero también un diagnóstico: cuando una misma etiqueta cubre una bicicleta y un hospital, ha dejado de tener extensión definida. En esa misma sesión, Jaime de Olano (PP) le respondió que «no es cuestión de ser woke o no ser woke, es cuestión simplemente de decencia», que es el movimiento típico de quien no quiere quedar atado al término. En el registro parlamentario, por tanto, el término funciona casi siempre en boca ajena: se lanza desde la derecha como acusación y se devuelve desde la izquierda en tono irónico, subrayando su indeterminación. Este test no lo usa como etiqueta. Mide las posiciones concretas (cuotas, lenguaje institucional, derechos colectivos diferenciados, tratamiento de la memoria) y deja el nombre fuera del eje, precisamente porque el nombre ya no discrimina nada.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Usar «woke» como sinónimo de «izquierda». La socialdemocracia universalista clásica redistribuye por clase y no reconoce grupos identitarios, y por tanto no es woke en sentido estricto. La confusión es cómoda porque la palabra se emplea sobre todo para nombrar al adversario, y el adversario suele ser todo el bloque.
  • Creer que la frontera está en apoyar o no derechos de mujeres y de personas LGTBI. No está ahí: está en el fundamento. Afirmar el matrimonio igualitario como derecho universal del individuo es Locke y Mill; afirmarlo como reconocimiento debido a un grupo históricamente negado es Taylor y Young. Se vota igual y se argumenta distinto, y el eje mide lo segundo.
  • Tratar a Judith Butler como «la teórica del wokismo». Butler deconstruye la identidad fija, incluida la categoría «mujer» del feminismo de los setenta, de modo que su argumento está en tensión con cualquier política que necesite grupos estables a los que reconocer. Su recepción militante y lo que ella sostiene no coinciden.
  • Leer a Charles Taylor como si fuera un activista estadounidense. Es un liberal comunitarista canadiense de raíz hegeliana que escribe sobre Quebec, y es él mismo quien distingue la política del universalismo de la política de la diferencia. El uso polémico del término borra justamente esa distinción, que es la que permite discutir con orden.
  • Citar la «tolerancia represiva» de Marcuse como origen del wokismo. Marcuse publica en 1965, medio siglo antes de que la palabra circulara en este sentido, y escribe contra la sociedad industrial avanzada de la Guerra Fría. Conviene no pasarse corrigiendo en sentido contrario: sí contempló restricciones expresas en las instituciones educativas, así que la objeción sólida no es que ignorara la enseñanza, sino que su tesis es solo una de las cuatro que la etiqueta agrupa y no arrastra a las otras tres.
  • Suponer que «anti-woke» nombra una sola posición. Enfrente hay dos que se excluyen: el universalismo liberal, que no quiere que el Estado reconozca a ningún grupo, y el identitarismo de mayoría, que quiere que reconozca y proteja al mayoritario. Meterlos en el mismo saco es lo que hace que el debate público confunda a Ciudadanos con Vox, que en este test quedan en zonas distintas del eje.

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