«As the ends of such a partnership cannot be obtained in many generations, it becomes a partnership not only between those who are living, but between those who are living, those who are dead, and those who are to be born.»
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Conservadurismo.
Tradición política abierta por Edmund Burke en 1790. No es un programa sino un método: lo heredado se presume válido mientras no se demuestre lo contrario, y el cambio es legítimo si se hace con los materiales existentes en vez de refundar el orden entero.
También conocido como: conservador · derecha conservadora · liberal-conservadurismo · burkeanismo
Sección 01
Definición
canónica.
La doctrina es anterior a la palabra, y el desfase explica media confusión posterior. El texto fundacional es «Reflections on the Revolution in France» (Reflexiones sobre la Revolución en Francia), que Edmund Burke publica en noviembre de 1790 sin llamarse conservador ni una sola vez, porque el término todavía no existía en política. La etiqueta llega veintiocho años más tarde: en octubre de 1818 Chateaubriand funda en París la revista ultrarrealista «Le Conservateur», que lleva impreso en la portada de cada entrega el lema «Le Roi, la Charte et les Honnêtes Gens» (el Rey, la Carta y la gente honrada). De ahí pasa al vocabulario parlamentario británico en la década siguiente, cuando los tories adoptan el nombre, y de ahí al resto de Europa. Que primero apareciera el argumento y después el rótulo importa: la palabra ha ido acumulando contenidos (defensa del mercado, religión, nación, orden público) que el argumento original no contiene.
Burke escribe contra un método, no contra la libertad, y su blanco es la pretensión de rehacer una sociedad entera a partir de principios abstractos. El argumento tiene tres piezas. La primera es que la sociedad no es un contrato rescindible entre contemporáneos, porque sus fines tardan generaciones en cumplirse, y por eso «se convierte en una asociación no solo entre los vivos, sino entre los vivos, los muertos y los que están por nacer». La segunda es que las libertades concretas se reciben como herencia y se transmiten a la posteridad, en vez de deducirse de una declaración. La tercera, que es la menos citada y la más interesante, es epistemológica: la razón de un individuo es un capital pequeño frente al sedimento de práctica acumulada, y por eso, escribe Burke, «tememos poner a los hombres a vivir y comerciar cada uno con su propio caudal privado de razón», ya que «los individuos harían mejor en servirse del banco y el capital general de las naciones y de los siglos». No es un elogio de la ignorancia: es un cálculo sobre dónde hay más información acumulada.
De ahí sale un criterio, no un programa, y Burke lo enuncia en dos mitades que hay que leer juntas: «un Estado sin medios para algún cambio carece de medios para su conservación», y «una disposición a conservar y una capacidad de mejorar, tomadas juntas, serían mi patrón de un estadista». Quien cita solo la primera mitad convierte el conservadurismo en inmovilismo; quien cita solo la segunda lo disuelve en reformismo genérico. Lo que define la posición es el modo (partir de los materiales existentes, cambiar por partes, aceptar que el resultado no se puede diseñar entero de antemano) y no la lista de cosas a conservar, que varía con el país y con el siglo. Conviene recordar además que el mismo diputado que escribió contra los jacobinos defendió a los colonos americanos y dirigió durante años la acusación contra Warren Hastings por los abusos de la Compañía de las Indias Orientales. No era un reaccionario: era un whig.
La primera distinción interna que el debate público se salta es la que separa disposición y doctrina. Michael Oakeshott abre «On Being Conservative» (1956) con una advertencia: «Mi tema no es un credo ni una doctrina, sino una disposición». Y extrae tres consecuencias incómodas para el uso partidista del término. Una: no hace falta metafísica, porque «lo que hace inteligible una disposición conservadora en política no tiene nada que ver con la ley natural ni con un orden providencial, nada que ver con la moral ni con la religión». Dos: no obliga a comprar un paquete, porque «no es en absoluto inconsistente ser conservador respecto del gobierno y radical respecto de casi cualquier otra actividad». Tres, la más áspera: «se aprende más sobre esta disposición en Montaigne, Pascal, Hobbes y Hume que en Burke o Bentham». Oakeshott rechazó por igual la planificación socialista y el thatcherismo, y por el mismo motivo: le parecían los dos proyectos ideológicos de transformación.
La segunda distinción es de fondo, aunque se note en el mapa. La prudencia empírica anglosajona (Burke, Oakeshott) y la contrarrevolución continental (Maistre, Bonald y, en España, Donoso Cortés) comparten enemigo en 1793 pero no comparten argumento. Burke razona desde los hábitos reales de un pueblo concreto y admite que puedan estar equivocados; Maistre razona desde la providencia y desde una autoridad espiritual que no admite revisión. Confundirlos borra la diferencia entre un criterio falible y un dogma. La tradición española recibió mucho más de la segunda vía que de la primera, y esa es una de las razones por las que «conservador» suena en castellano bastante más religioso que en inglés.
La tercera distinción separa conservar de restaurar. El reaccionario no quiere preservar el orden vigente: quiere reponer uno anterior que ya desapareció, y para reponerlo tiene que demoler el que hay, es decir, emplear exactamente el método revolucionario contra el que se definió el conservadurismo. Los dos miran al pasado, pero uno lo trata como sedimento del presente y el otro como modelo perdido al que volver. Por eso un movimiento puede ser máximamente tradicionalista en lo cultural y máximamente rupturista en lo institucional sin contradicción interna: no es conservador, es restauracionista.
La cuarta distinción es la que más artículos se saltan: conservadurismo y liberalismo económico responden a preguntas distintas. El propio Burke era partidario del mercado hasta el extremo. En «Thoughts and Details on Scarcity» (1795) se opuso a que el gobierno interviniera salarios y precio del grano en plena escasez, con el argumento de que «no es quebrantando las leyes del comercio, que son las leyes de la Naturaleza y en consecuencia las leyes de Dios, como hemos de poner nuestra esperanza». Medio siglo después, Disraeli levantó la otra rama del conservadurismo británico sobre el diagnóstico contrario: en «Sybil, or The Two Nations» (1845) un personaje corrige a otro diciendo que la reina reina sobre dos naciones «entre las cuales no hay trato ni simpatía», los ricos y los pobres, y de ahí salió el conservadurismo social que apoyó la legislación fabril. Bismarck, conservador sin discusión, inventó el seguro social obligatorio para desactivar al socialismo. La ecuación entre conservadurismo cultural y minimalismo fiscal es una construcción tardía, sobre todo angloamericana del siglo XX, no una implicación lógica del argumento.
En España el nombre tiene fecha y dueño: el Partido Conservador que Cánovas del Castillo organiza en la Restauración y que se turnaba en el gobierno con el Partido Liberal de Sagasta. Cánovas traslada a Burke al castellano casi palabra por palabra, aunque para defender otra cosa. En su discurso de apertura de curso del Ateneo de Madrid, en noviembre de 1882, responde a la definición plebiscitaria de nación de Renan: «las naciones son obra de Dios, o, si alguno o muchos de vosotros lo preferís, de la naturaleza. Hace mucho tiempo que estamos convencidos todos de que no son las humanas asociaciones contratos». El giro es lo que hay que ver. En Burke el anticontractualismo protege a las instituciones heredadas frente a un poder constituyente; en Cánovas protege la unidad de la nación frente a la secesión. Mismo argumento, objeto distinto, y de ahí viene que en castellano la palabra arrastre una carga territorial que en el original inglés no tiene.
Este test no mide el conservadurismo con un solo eje, precisamente por todo lo anterior. Separa el eje de tradición (si lo heredado en costumbres, familia y cultura se presume válido) del eje de régimen (si el marco institucional del 78 se defiende o se sustituye). Puestos así, los cruces dejan de parecer paradojas: hay partidos culturalmente reformistas que están entre los defensores más firmes del orden constitucional vigente, y grupos ultratradicionalistas en lo cultural que quieren sustituir ese orden entero. Con el criterio de Burke, en cada uno de ellos solo una mitad es conservadora. Y un votante puede ser tradicional en lo cultural y rupturista en lo institucional, o al revés, sin incoherencia ninguna: el test está construido para no obligarle a comprar el paquete.
Sección 02
Fuentes
verificadas.
Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.
«A state without the means of some change is without the means of its conservation. Without such means it might even risk the loss of that part of the Constitution which it wished the most religiously to preserve.»
«We are afraid to put men to live and trade each on his own private stock of reason; because we suspect that the stock in each man is small, and that the individuals would do better to avail themselves of the general bank and capital of nations and of ages.»
«A disposition to preserve, and an ability to improve, taken together, would be my standard of a statesman. Everything else is vulgar in the conception, perilous in the execution.»
«We, the people, ought to be made sensible that it is not in breaking the laws of commerce, which are the laws of Nature, and consequently the laws of God, that we are to place our hope of softening the Divine displeasure to remove any calamity under which we suffer or which hangs over us.»
«Two nations; between whom there is no intercourse and no sympathy; who are as ignorant of each other’s habits, thoughts, and feelings, as if they were dwellers in different zones, or inhabitants of different planets. [...] THE RICH AND THE POOR.»
Sección 03
En España,
hoy.
El dato más revelador del uso español es que casi nadie se llama así. El Partido Popular, que sería el candidato obvio, define su ideología en el artículo 2 de sus estatutos como «centro-reformista» y dice aspirar a ser «la casa común de liberales, democristianos y conservadores»: el conservadurismo aparece como uno de los tres inquilinos, no como la casa. A su derecha la etiqueta se evita todavía más, porque el vocabulario dominante allí es el de la alternativa y la ruptura, que por el criterio de Burke es lo contrario de conservar. El último partido español que llevó la palabra en el nombre fue el de Cánovas. En la prensa, «conservador» funciona casi siempre como sinónimo suave de «de derechas», y a veces como reproche de timidez («una sentencia conservadora», «un presupuesto conservador»), que ya es un tercer significado distinto de los dos anteriores. La confusión tiene coste analítico: como la etiqueta se ha pegado a un bando, se vuelve invisible que la posición institucionalmente más conservadora del país (defender el marco del 78 y reformarlo por dentro) la comparten los dos partidos que llevan cuarenta años turnándose en el gobierno, que están además en lados opuestos del eje cultural. También se pierde de vista el uso simétrico. Quien hoy defiende el sistema público de pensiones, la sanidad universal o el mapa autonómico está adoptando una posición conservadora en sentido técnico: presume válido lo que existe y exige que la carga de la prueba la soporte quien propone cambiarlo. Es el argumento de Burke aplicado a instituciones que nacieron siglo y medio después de su muerte.
Sección 04
Trampas
comunes.
- Confundir conservador con reaccionario. El reaccionario quiere reponer un orden que ya no existe, y para reponerlo tiene que demoler el vigente: usa el método revolucionario. Burke exige lo contrario, trabajar con los materiales que hay. Un movimiento ultratradicionalista en lo cultural y a la vez rupturista con el marco institucional no es conservador en sentido técnico, aunque la etiqueta se le aplique de forma rutinaria.
- Confundir conservadurismo con liberalismo económico. Son preguntas distintas y la historia lo demuestra en las dos direcciones: Burke defendió el libre comercio hasta oponerse a intervenir el precio del grano en plena escasez, mientras Disraeli y Bismarck construyeron conservadurismos intervencionistas y redistributivos. La ecuación conservador igual a recortes es herencia angloamericana del siglo XX, no una implicación del argumento.
- Citar a Burke por la mitad y convertirlo en inmovilista. La frase famosa sobre la asociación entre los vivos, los muertos y los que están por nacer convive en el mismo libro con «un Estado sin medios para algún cambio carece de medios para su conservación». Por su propio criterio, un conservadurismo sin capacidad de reforma es un fracaso, no una versión más pura.
- Confundir la disposición con la doctrina. Oakeshott, que es el segundo teórico más citado de la tradición, niega expresamente que haga falta creer en ley natural, providencia o religión para ser conservador en política, y sostiene que se puede ser conservador en materia de gobierno y radical en casi todo lo demás. La versión de batalla cultural es una variante concreta, no la definición del término.
- Meter a Burke y a Maistre en la misma casilla. Burke razona empíricamente desde los hábitos de un pueblo concreto y admite que se equivoquen; Maistre razona teológicamente desde la providencia y desde una autoridad que no se revisa. Comparten enemigo en 1793 y poco más. La tradición española recibió sobre todo la segunda vía, vía Donoso Cortés, y eso explica el color religioso que la palabra tiene en castellano.
- Usar «conservador» como sinónimo de «quien vota a la derecha», que borra el carácter posicional del término. Defender la monarquía parlamentaria era ruptura en 1975 y es continuidad hoy: la misma posición sustantiva cambia de etiqueta según lo que esté vigente. Si el criterio es preservar lo establecido, hay posiciones conservadoras en todos los bandos, incluidas las que defienden instituciones creadas por la izquierda.
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Y tú
¿Sabrías situarte en los nueve ejes?
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