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Concepto

Comunitarismo.

Familia de objeciones al liberalismo de Rawls según las cuales el sujeto que elige principios de justicia detrás de un velo de ignorancia no existe: las personas llegan a deliberar ya situadas en una lengua, una historia y una comunidad.

También conocido como: comunitarista · crítica comunitarista al liberalismo · debate liberal-comunitarista · communitarianism

Sección 01

Definición
canónica.

El comunitarismo no es una escuela que alguien fundara: es una etiqueta que los críticos colgaron a cuatro autores que nunca la reclamaron. Entre 1981 y 1989 aparecen «After Virtue» de Alasdair MacIntyre (1981), «Liberalism and the Limits of Justice» de Michael Sandel (Cambridge University Press, 1982), «Spheres of Justice» de Michael Walzer (1983) y «Sources of the Self» de Charles Taylor (1989). Los cuatro discuten, desde ángulos muy distintos, un mismo libro: «A Theory of Justice» de John Rawls (1971). La Stanford Encyclopedia of Philosophy lo dice sin rodeos: estos críticos «nunca se identificaron con el movimiento comunitarista; la etiqueta se la pusieron otros, normalmente críticos», y tampoco ofrecieron una gran teoría comunitarista alternativa al liberalismo. MacIntyre escribió en 1991, precisamente en la revista de los comunitaristas políticos estadounidenses, que «pese a los rumores en contrario, no soy ni he sido nunca comunitarista». Sandel prefiere llamarse republicano. Taylor y Walzer se declaran liberales. Conviene empezar por ahí, porque casi todo el uso público del término consiste en aplicárselo a alguien que lo rechaza.

Lo que se discute no es la libertad individual sino la antropología que la sostiene. Rawls pide imaginar una posición original en la que unos representantes eligen principios de justicia tras un velo de ignorancia que les oculta su clase, su sexo, su religión y sus talentos. Que ese experimento funcione depende de que exista un sujeto capaz de ponerse ahí: un yo anterior a sus fines. Sandel dedica el libro entero a mostrar que ese yo no se sostiene. Imaginar a alguien incapaz de vínculos constitutivos, escribe, no es concebir un agente libre y racional ideal, sino «una persona enteramente sin carácter, sin profundidad moral». MacIntyre traduce la objeción a clave narrativa: «solo puedo responder a la pregunta “¿qué debo hacer?” si puedo responder a la pregunta previa “¿de qué historia o historias formo parte?”». Y Taylor la traduce a clave lingüística: la identidad no se fabrica en solitario, porque «siempre definimos nuestra identidad en diálogo con, y a veces en lucha contra, las cosas que nuestros otros significativos quieren ver en nosotros».

La crítica se reparte en tres tipos de afirmación que la discusión pública funde en una sola y que conviene separar. Hay afirmaciones metodológicas sobre la importancia del contexto y la tradición para razonar en moral y en política, dirigidas contra la pretensión de un punto de vista arquimédico desde el que juzgar cualquier sociedad. Hay afirmaciones ontológicas sobre la naturaleza social del yo. Y hay afirmaciones normativas sobre el valor de la comunidad. Son independientes: se puede aceptar la segunda y rechazar la tercera, que es exactamente lo que hacen dos de los cuatro autores en cuanto bajan al terreno.

El caso está documentado y es la mejor vacuna contra la lectura perezosa. En el volumen que Amy Gutmann editó en 1992, Taylor distingue dos modelos de sociedad liberal: uno que aplica reglas uniformes y desconfía de los fines colectivos, al que llama «inhospitalario con la diferencia», y otro que admite que el Estado se comprometa con la supervivencia de una cultura mientras proteja los derechos de quienes no la comparten. Taylor prefiere el segundo, con Quebec en la cabeza. Walzer, que comparte punto por punto el diagnóstico ontológico, responde en el mismo libro que en Estados Unidos escogería el primero: optaría por el liberalismo neutral «aquí, no en todas partes». La misma tesis sobre la constitución social del yo produce dos políticas opuestas según el país. Quien deduzca una agenda de gobierno a partir de una antropología se está saltando un paso.

Rawls contestó en 1985, y su respuesta movió el debate más que la propia crítica. En «Justice as Fairness: Political not Metaphysical» sostiene que la posición original «es simplemente un recurso de representación»: no describe cómo son las personas, sino qué condiciones consideramos justas para deliberar. La concepción de la persona que emplea es política, propia de ciudadanos de una democracia constitucional, y no una tesis metafísica sobre el alma humana. De ahí sale el Rawls tardío del liberalismo político y del consenso entrecruzado. Buena parte de lo escrito después consiste en discutir si esa respuesta desactiva la objeción o simplemente la esquiva.

Hacia 1990 la palabra cambia de oficio, y ese es el segundo uso que hay que distinguir. Una segunda ola encabezada por Amitai Etzioni, junto a la jurista Mary Ann Glendon y el teórico político William Galston (que acabaría en la Casa Blanca de Clinton como asesor de política interior), abandona la epistemología moral y monta un movimiento político con revista propia, «The Responsive Community», y un manifiesto, la Plataforma Comunitarista Responsiva de 1991. Ese texto no discute a Rawls: discute el desequilibrio entre derechos y responsabilidades, la familia, la escuela, el servicio cívico y el dinero privado en las campañas, y reparte culpas por igual entre el Estado de bienestar centralizado y el libertarismo de mercado de los años de Thatcher y Reagan. Su propia letra desmiente la lectura autoritaria: se declara no mayoritaria, defiende la Primera Enmienda frente a quienes querrían recortarla para castigar expresiones racistas o sexistas, y advierte de que hay comunidades reprobables (pone como ejemplo a los neonazis) y de que los valores comunales deben juzgarse por criterios externos y superiores, basados en la experiencia humana compartida. Confundir esta segunda ola con la primera es confundir un programa de gobierno con una discusión sobre la teoría del sujeto.

Quedan dos distinciones más que ahorran discusiones enteras. La primera separa el comunitarismo entendido como corrección del liberalismo del comunitarismo entendido como alternativa al liberalismo. Walzer defiende la primera lectura con una imagen doméstica: la crítica comunitarista es como el pliegue de los pantalones, pasajera pero de vuelta segura, y no puede aspirar a más que a victorias pequeñas e incorporaciones parciales. «El liberalismo es una doctrina que se subvierte a sí misma», escribe, «y por esa razón necesita de veras una corrección comunitarista periódica»; pero añade que esa corrección solo puede consistir en reforzar selectivamente los propios valores liberales, porque no hay nadie ahí fuera salvo individuos liberales, portadores de derechos y libres de asociarse. La segunda distinción es de vocabulario y es la que más daño hace en castellano: el francés «communautarisme» nombra otra cosa, la tendencia a hacer prevalecer las particularidades de una comunidad dentro de un conjunto social más amplio, es decir un fenómeno sociológico de repliegue de minorías. Es un falso amigo, y viaja mucho.

En este test la sensibilidad comunitarista no tiene eje propio, y es deliberado: cruza varios a la vez. Matiza el polo individualista del eje de libertad civil, alimenta el polo tradicionalista del eje de tradición, aporta por vía de Taylor una de las fuentes filosóficas del polo de identitarismo de minorías (lo que sorprende a quien creía que ese polo era Mill recargado) y presta al eje territorial la gramática de la comunidad histórica. Un mismo argumento sobre la constitución social del yo puede terminar en puntos muy alejados del mapa. Eso no es un defecto del argumento: es la razón por la que conviene desempaquetarlo antes de usarlo como insulto.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«To imagine a person incapable of constitutive attachments such as these is not to conceive an ideally free and rational agent, but to imagine a person wholly without character, without moral depth.»

Michael J. Sandel, «Liberalism and the Limits of Justice», Cambridge University Press, 1982, Conclusión, sección «Character, self-knowledge, and friendship», p. 179Fuente ↗

«I can only answer the question 'What am I to do?' if I can answer the prior question 'Of what story or stories do I find myself a part?'»

Alasdair MacIntyre, «After Virtue: A Study in Moral Theory» (1.ª ed. 1981), 3.ª ed., University of Notre Dame Press, 2007, cap. 15 («The Virtues, the Unity of a Human Life and the Concept of a Tradition»), p. 216Fuente ↗

«We define our identity always in dialogue with, sometimes in struggle against, the things our significant others want to see in us.»

Charles Taylor, «The Politics of Recognition», en Amy Gutmann (ed.), «Multiculturalism: Examining the Politics of Recognition», Princeton University Press, 1994 (ed. ampliada de «Multiculturalism and “The Politics of Recognition”», 1992), pp. 32-33Fuente ↗

«Liberalism is a self-subverting doctrine; for that reason, it really does require periodic communitarian correction. But it is not a particularly helpful form of correction to suggest that liberalism is literally incoherent or that it can be replaced by some preliberal or antiliberal community waiting somehow just beneath the surface or just beyond the horizon.»

Michael Walzer, «The Communitarian Critique of Liberalism», Political Theory, vol. 18, n.º 1, febrero de 1990, p. 15 (conferencia John Dewey, Harvard Law School, septiembre de 1989)Fuente ↗

«In sum, the original position is simply a device of representation: it describes the parties, each of whom are responsible for the essential interests of a free and equal person, as fairly situated and as reaching an agreement subject to appropriate restrictions on what are to count as good reasons.»

John Rawls, «Justice as Fairness: Political not Metaphysical», Philosophy & Public Affairs, vol. 14, n.º 3, verano de 1985, sec. III, p. 237Fuente ↗

«A communitarian perspective does not dictate particular policies; rather it mandates attention to what is often ignored in contemporary policy debates: the social side of human nature; the responsibilities that must be borne by citizens, individually and collectively, in a regime of rights; the fragile ecology of families and their supporting communities; the ripple effects and long-term consequences of present decisions.»

Amitai Etzioni, Mary Ann Glendon, William Galston y otros, «The Responsive Communitarian Platform: Rights and Responsibilities», 18 de noviembre de 1991, PreámbuloFuente ↗

«These critics of liberal theory never did identify themselves with the communitarian movement (the communitarian label was pinned on them by others, usually critics), much less offer a grand communitarian theory as a systematic alternative to liberalism.»

Daniel Bell, «Communitarianism», Stanford Encyclopedia of Philosophy, revisión sustantiva del 7 de junio de 2024, sec. introductoriaFuente ↗

«Both Taylor and Walzer identify themselves as liberals in Gutmann 1992. MacIntyre (1991) says “In spite of rumors to the contrary, I am not and never have been a communitarian”. Sandel (1998) uses the label republican rather than communitarian.»

Daniel Bell, «Communitarianism», Stanford Encyclopedia of Philosophy, nota 1 (la carta de MacIntyre se publicó en «The Responsive Community», verano de 1991)Fuente ↗

«Tendance à faire prévaloir les spécificités d'une communauté, des communautés (ethniques, religieuses, culturelles, sociales…) au sein d'un ensemble social plus vaste.»

«Communautarisme», Dictionnaire Le Robert (definición del término francés, que no equivale al «communitarianism» anglosajón)Fuente ↗

«Con este reconocimiento, el jurado premia una obra ejemplar sobre los fundamentos normativos de la democracia liberal y la defensa tanto de las virtudes públicas como del pluralismo de concepciones del bien en nuestras sociedades.»

Acta del jurado del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018 a Michael J. Sandel, Oviedo, 30 de mayo de 2018Fuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En España la palabra circula en tres registros que casi nunca coinciden. El primero es académico: el debate liberal-comunitarista se estudia en las facultades de filosofía política con los cuatro autores traducidos. El caso mejor documentado es el de Sandel, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018, y merece la pena leer los dos textos que la propia Fundación publicó ese año, porque se contradicen. Su reseña biográfica lo presenta como «representante destacado de la teoría comunitarista, corriente surgida a finales del siglo XX contraria a posturas individualistas y liberales». El acta del jurado premia en él justo lo contrario: «una obra ejemplar sobre los fundamentos normativos de la democracia liberal y la defensa tanto de las virtudes públicas como del pluralismo de concepciones del bien en nuestras sociedades». El acta acierta y la ficha resbala, y esa es exactamente la confusión que el término arrastra. El segundo registro es territorial, y aquí la palabra casi no se pronuncia pero su gramática está por todas partes: comunidad nacional, pueblo, lengua propia, derechos históricos. La Constitución de 1978 es ella misma un texto híbrido, porque su artículo 2 fundamenta el Estado en «la indisoluble unidad de la Nación española» y a la vez reconoce «el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran». El tercero es un préstamo del francés, donde «communautarisme» designa el repliegue de una minoría dentro de un conjunto social más amplio. Cuando se importa ese sentido, «comunitarismo» deja de describir una discusión de teoría política y pasa a funcionar como reproche. Nadie se declara comunitarista en España: es una etiqueta que se pone, y casi siempre para acusar.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Deducir la política de la antropología. Sostener que el yo se constituye socialmente no dice qué hay que legislar: Taylor y Walzer parten del mismo diagnóstico y en el mismo libro de 1992 llegan a modelos opuestos de Estado, uno con proyecto cultural y otro neutral. El salto directo de la tesis ontológica a la agenda de gobierno es el error más caro del debate.
  • Leerlo como antiliberalismo. Los cuatro autores lo niegan por escrito: Taylor y Walzer se declaran liberales, Sandel usa la etiqueta de republicano y MacIntyre dejó dicho que no era ni había sido nunca comunitarista. Walzer define la corriente como una corrección periódica del liberalismo, no como su sustituto, y precisa que esa corrección solo puede hacerse con valores liberales porque no hay otro material disponible.
  • Importar la acepción francesa. «Communautarisme» nombra en Francia la tendencia de una comunidad a hacer prevalecer sus particularidades dentro de un conjunto social más amplio, que es un fenómeno sociológico. El comunitarismo académico es una objeción a una teoría de la justicia. Buena parte de los artículos de prensa que usan la palabra están manejando la acepción francesa y citando autores de la otra.
  • Colocarlo en la derecha. La Plataforma de 1991 reparte culpas por igual entre el Estado de bienestar centralizado y el libertarismo de mercado de los años de Thatcher y Reagan; Sandel ha usado el mismo argumento contra la mercantilización de bienes que a su juicio no deberían venderse. Tampoco es conservadurismo burkeano, que es otra cosa: preservar instituciones heredadas frente a la reforma abrupta.
  • Confundir «comunidad» con «grupo étnico», y de ahí saltar al etnonacionalismo. La Plataforma de 1991 advierte expresamente de que hay comunidades reprobables (pone como ejemplo a los neonazis) y de que los valores comunales deben juzgarse por criterios externos y superiores basados en la experiencia humana compartida. Un comunitarismo sin ese límite externo ya no es comunitarismo.
  • Dar por refutado a Rawls. Rawls respondió en 1985 que la posición original es solo un recurso de representación y que la concepción de la persona que usa es política, no metafísica. Se puede sostener que esquiva la objeción, pero citar a Sandel como si Rawls nunca hubiera contestado es contar media película.

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