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Concepto

Cosmopolitismo.

Tradición que afirma que todos los seres humanos pertenecen a una sola comunidad moral, anterior a cualquier frontera política. Diógenes la enuncia como negativa; Kant le da forma jurídica en 1795 con el ius cosmopoliticum, limitado a la hospitalidad.

También conocido como: ciudadanía del mundo · kosmopolitēs · ius cosmopoliticum · universalismo moral · globalismo (nombre peyorativo que le da quien lo rechaza)

Sección 01

Definición
canónica.

«Cosmopolita» es una palabra compuesta y deliberadamente provocadora: kosmos (mundo, orden) más politēs (ciudadano). Su primera aparición documentada está en Diógenes Laercio, que recoge la respuesta del cínico Diógenes de Sínope: «Ἐρωτηθεὶς πόθεν εἴη, “Κοσμοπολίτης,” ἔφη» (preguntado de dónde era, dijo: «ciudadano del mundo»). Conviene leer bien qué hace esa frase. En una polis griega, la pregunta «¿de dónde eres?» pedía el nombre de la ciudad que te debía protección y a la que debías servicio. Diógenes no propone un gobierno mundial ni una institución: niega que Sínope tenga sobre él un derecho especial. El cosmopolitismo nace como afirmación negativa, y esa asimetría entre lo que rechaza (deberes derivados del azar del nacimiento) y lo que propone (al principio, casi nada) recorre toda su historia posterior.

El contenido positivo lo ponen los estoicos, y lo ponen en forma de doble pertenencia, no de pertenencia única. Séneca lo formula en «De otio»: «Duas res publicas animo complectamur, alteram magnam et uere publicam qua di atque homines continentur, in qua non ad hunc angulum respicimus aut ad illum sed terminos ciuitatis nostrae cum sole metimur, alteram cui nos adscripsit condicio nascendi». Dos repúblicas: la grande, cuyos límites se miden con el sol, y aquella a la que nos adscribió la condición de haber nacido. Marco Aurelio, que era emperador y por tanto todo lo contrario de un desarraigado, escribe la versión corta: «My city and country as I am Antoninus, is Rome; as a man, the whole world». El estoicismo no pide renunciar a Roma: pide reconocer que Roma no agota las obligaciones. Hierocles añadió la imagen que sigue siendo la mejor de todas, la de los círculos concéntricos (uno mismo, la familia, la ciudad, la patria, la humanidad) que el trabajo moral consiste en ir acercando al centro.

La forma jurídica moderna la fija Kant en «Zum ewigen Frieden» (1795), que organiza el derecho en tres pisos: el político interno, el de gentes entre Estados y el cosmopolita entre personas y Estados ajenos. El tercero es sorprendentemente estrecho. Su enunciado es que «The rights of men, as citizens of the world, shall be limited to the conditions of universal hospitality», y hospitalidad significa ahí «the claim of a stranger entering foreign territory to be treated by its owner without hostility»: derecho de visita, no de residencia ni de ciudadanía, y Kant subraya que no habla de filantropía sino de derecho. Quien cita a Kant para defender fronteras abiertas o pasaporte universal está citando otro texto.

Igual de contraintuitivo es el segundo artículo definitivo. La federación de Estados libres, dice Kant, «would not have to be a State of nations. That would involve a contradiction», porque «Estado» implica la relación entre quien manda y quien obedece, y muchas naciones en un solo Estado serían una sola nación. Pero el mismo ensayo guarda una segunda voz que casi nunca se cita: unas páginas después admite que los Estados «reject in hypothesi what is correct in thesi» y llama a la federación «the negative substitute» de la idea positiva de una república mundial. De ahí que las dos escuelas puedan invocarlo con el libro abierto: el soberanista se queda con la contradicción del super-Estado, el federalista con el sustituto negativo. La lectura honesta es que Kant considera la república mundial correcta en teoría e impracticable en la historia, y esa tensión es suya, no de sus lectores.

La palabra cambia de dueño en el siglo XIX. Marx y Engels la usan sin nostalgia y en sentido descriptivo: «The bourgeoisie has through its exploitation of the world market given a cosmopolitan character to production and consumption in every country». Ahí «cosmopolita» ya no nombra una virtud moral sino un efecto del capital, y la crítica al cosmopolitismo pasa a tener también domicilio en la izquierda. El siglo XX termina el trabajo y convierte el término en acusación: la campaña soviética contra el «cosmopolita desarraigado» arranca con la fórmula de Zhdánov, «Забыть эту истину означает… потерять своё лицо, стать безродным космополитом» (olvidar esta verdad significa perder el propio rostro, volverse un cosmopolita desarraigado), y de ahí derivó en purga con destinatarios muy concretos. La versión contemporánea más citada es la de Theresa May en el congreso conservador de Birmingham, el 5 de octubre de 2016: «But if you believe you’re a citizen of the world, you’re a citizen of nowhere. You don’t understand what the very word ‘citizenship’ means». Veintitrés siglos después de Diógenes, la misma frase con el signo invertido.

Esa historia explica por qué el término es hoy tan resbaladizo, pero el problema de fondo es otro: bajo una sola palabra conviven al menos cuatro tesis que no se implican entre sí. El cosmopolitismo moral sostiene que la unidad última de preocupación es el ser humano y no el Estado; es la tesis de Martha Nussbaum, que reivindica «the very old ideal of the cosmopolitan, the person whose primary allegiance is to the community of human beings in the entire world», y no dice nada sobre instituciones. El político sí lo dice: exige órganos por encima de los Estados con capacidad jurídica real, tribunales cuyas sentencias obliguen, tratados que cedan competencias. El económico defiende un mercado global único con intervención política mínima; la Stanford Encyclopedia lo atribuye antes a economistas (cita a Hayek y a Friedman) que a filósofos, y advierte de que los cosmopolitas filosóficos suelen criticarlo por considerarlo causa parcial de la desigualdad internacional. El cultural es el aprecio por la mezcla y el rechazo de la pertenencia exclusiva a una cultura. Se puede ser cosmopolita moral y proteccionista económico sin incurrir en contradicción alguna, y es exactamente la posición de buena parte de la izquierda europea.

Cruzando esos cuatro planos hay una segunda distinción, entre cosmopolitismo estricto y moderado. El estricto niega que la nacionalidad genere deber especial alguno. El moderado, que es el mayoritario, acepta la parcialidad hacia los propios siempre que pueda justificarse en términos universalistas: cuidamos más a nuestros hijos no porque valgan más, sino porque el reparto de cuidados funciona mejor así. Nussbaum es explícita al leer a los antiguos: «This clearly did not mean that the Stoics were proposing the abolition of local and national forms of political organization and the creation of a world state». La versión fuerte, con fronteras abiertas y ciudadanía global, es minoritaria incluso dentro del cosmopolitismo académico.

Las objeciones que merecen respuesta no vienen del mitin. Alasdair MacIntyre reconstruye en «Is Patriotism a Virtue?» (1984) el supuesto que hace del patriotismo un vicio: «to judge from a moral standpoint is to judge impersonally. It is to judge as any rational person would judge, independently of his or her interests, affections and social position», lo que obliga al agente a «abstracting him or herself from all social particularity and partiality». Su réplica es que, si la moral se aprende siempre en la gramática de una comunidad concreta, ese punto de vista desde ninguna parte o es imposible o está vacío. La variante comunitarista (Miller, Walzer) es más empírica: la redistribución exige un «nosotros» previo, y todavía no se ha visto un Estado del bienestar sin nación que lo sostenga. Desde otro flanco, Schmitt advierte de que invocar a la humanidad convierte al adversario en criminal en vez de en enemigo legítimo y legitima guerras sin contención; su distinción amigo/enemigo es política y no étnica por sí misma, razón por la cual esa crítica concreta la han recogido también autores de izquierda.

Queda por decir qué no es, porque el uso periodístico lo mezcla todo. No es Estado mundial: ni Diógenes, ni los estoicos, ni Kant, ni Nussbaum lo proponen. No es multiculturalismo: el cosmopolita apela a lo común (razón, dignidad, capacidad moral) y el multiculturalista a derechos colectivos diferenciados por grupo, de modo que son programas rivales y no sinónimos. Y no es globalización económica: el núcleo kantiano es jurídico-moral, y la mayoría de los cosmopolitas contemporáneos son críticos del mercado desregulado. Confundir los cuatro planos es lo que permite que la misma palabra sirva de elogio y de insulto en la misma página de periódico.

Sección 02

Fuentes
verificadas.

Cada afirmación factual del cuerpo se rastrea a alguna de estas fuentes. Si una afirmación no encaja, es un fallo nuestro: dilo.

«Duas res publicas animo complectamur, alteram magnam et uere publicam qua di atque homines continentur, in qua non ad hunc angulum respicimus aut ad illum sed terminos ciuitatis nostrae cum sole metimur, alteram cui nos adscripsit condicio nascendi.»

Séneca, De otio, IV, 1 (c. 62 d. C.). Formulación estoica de la doble pertenencia: la república universal y aquella en la que se naceFuente ↗

«My city and country as I am Antoninus, is Rome; as a man, the whole world.»

Marco Aurelio, Meditaciones, VI, 44 (numerado XXXIX en la traducción de Meric Casaubon, 1634), c. 170-180 d. C.Fuente ↗

«III.—“The rights of men, as citizens of the world, shall be limited to the conditions of universal hospitality.” We are speaking here, as in the previous articles, not of philanthropy, but of right; and in this sphere hospitality signifies the claim of a stranger entering foreign territory to be treated by its owner without hostility. The latter may send him away again, if this can be done without causing his death; but, so long as he conducts himself peaceably, he must not be treated as an enemy. It is not a right to be treated as a guest to which the stranger can lay claim […] but he has a right of visitation.»

Immanuel Kant, Zum ewigen Frieden. Ein philosophischer Entwurf (Sobre la paz perpetua), 1795, Tercer Artículo Definitivo; ed. inglesa de M. Campbell Smith, Perpetual Peace: A Philosophical Essay, 1903Fuente ↗

«This would give rise to a federation of nations which, however, would not have to be a State of nations. That would involve a contradiction. For the term “state” implies the relation of one who rules to those who obey […] Hence, instead of the positive idea of a world-republic, if all is not to be lost, only the negative substitute for it, a federation averting war, maintaining its ground and ever extending over the world may stop the current of this tendency to war.»

Immanuel Kant, Zum ewigen Frieden, 1795, Segundo Artículo Definitivo; ed. inglesa de M. Campbell Smith, 1903. Las dos voces del texto: la contradicción del Estado mundial y el «sustituto negativo» de la república mundialFuente ↗

«The bourgeoisie has through its exploitation of the world market given a cosmopolitan character to production and consumption in every country.»

Karl Marx y Friedrich Engels, Manifest der Kommunistischen Partei, 1848, cap. I «Bourgeois and Proletarians»; ed. inglesa de Samuel Moore, 1888Fuente ↗

«According to that account to judge from a moral standpoint is to judge impersonally. It is to judge as any rational person would judge, independently of his or her interests, affections and social position. And to act morally is to act in accordance with such impersonal judgments. Thus to think and to act morally involve the moral agent in abstracting him or herself from all social particularity and partiality.»

Alasdair MacIntyre, Is Patriotism a Virtue?, The Lindley Lecture, University of Kansas, 26 de marzo de 1984, sección IIFuente ↗

«Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra. […] 2. Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España. […] Mediante ley orgánica se podrá autorizar la celebración de tratados por los que se atribuya a una organización o institución internacional el ejercicio de competencias derivadas de la Constitución.»

Constitución Española de 1978, preámbulo, artículo 10.2 y artículo 93 (BOE núm. 311, de 29 de diciembre de 1978)Fuente ↗

«Economic cosmopolitanism is perhaps less often defended among philosophers and more often among economists (e.g., Hayek, Friedman) and certain politicians, especially in the richer countries of this world. It is the view that one ought to cultivate a single global economic market with free trade and minimal political involvement. It tends to be criticized rather than advanced by philosophical cosmopolitans, as many of them regard it as at least a partial cause of the problem of vast international economic inequality.»

Pauline Kleingeld y Eric Brown, «Cosmopolitanism», Stanford Encyclopedia of Philosophy, revisión sustantiva de 17 de octubre de 2019, §2 «Taxonomy of Contemporary Cosmopolitanisms»Fuente ↗

«Интернационализм рождается там, где расцветает национальное искусство. Забыть эту истину означает… потерять своё лицо, стать безродным космополитом.»

Andréi Zhdánov, intervención en la reunión de músicos soviéticos del Comité Central (enero de 1948), primera aparición documentada de la fórmula «cosmopolita desarraigado» (безродный космополит), citada en Wikipedia en ruso, «Борьба с космополитизмом»Fuente ↗

Sección 03

En España,
hoy.

En castellano casi nadie se llama a sí mismo cosmopolita en política: lo que circula es «globalismo», que es la misma familia de ideas nombrada por quien la rechaza, con carga de conspiración añadida. El debate real, sin embargo, tiene un texto concreto donde mirarse. La Constitución de 1978 es cosmopolita en el sentido preciso, jurídico y estrecho del término: el preámbulo enuncia entre los fines de la Nación «Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra»; el artículo 10.2 obliga a interpretar los derechos fundamentales «de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España»; y el artículo 93 autoriza tratados por los que «se atribuya a una organización o institución internacional el ejercicio de competencias derivadas de la Constitución». Quien discute la «soberanía frente a Bruselas» discute el artículo 93, no una abstracción. En la calibración de este test, el eje internacional coloca a Ciudadanos como el más cosmopolita, seguido de PSOE, PNV y, empatados, PP y Sumar; en el extremo soberanista, Falange, Núcleo Nacional y Frente Obrero. El dato que rompe el esquema tribal es que Vox y la CUP puntúan igual: uno por rechazo a Bruselas como cesión de soberanía nacional, la otra por rechazo a la UE como maquinaria de disciplina económica, y ninguno por el motivo del otro. ERC y Junts añaden un tercer caso: europeístas y a la vez rupturistas, porque la «Europa de las naciones» les sirve para diluir el Estado español, cosmopolitismo instrumental antes que moral. Vox, además, es selectivo: anti-UE y a la vez atlantista y pro-OTAN, así que un test que mida «soberanismo» preguntando por la OTAN lo calibra mal.

Sección 04

Trampas
comunes.

  • Confundir el cosmopolitismo moral con el globalismo económico, que es lo que hace media prensa cuando escribe «élites cosmopolitas» para referirse a la libre circulación de capitales. Son planos distintos y a menudo enfrentados: la Stanford Encyclopedia atribuye el cosmopolitismo económico a economistas como Hayek y Friedman, y señala que los cosmopolitas filosóficos suelen criticarlo por considerarlo causa parcial de la desigualdad internacional.
  • Atribuir a Kant el Estado mundial. Su derecho cosmopolita se limita a la hospitalidad, es decir al derecho de visita del extranjero a no ser tratado como enemigo, y no a residir ni a votar; y en el segundo artículo definitivo dice que la federación de Estados no tendría que ser un «Estado de pueblos», porque eso implicaría una contradicción. La trampa inversa también existe: unas páginas después Kant llama a esa federación «sustituto negativo» de la república mundial, que considera correcta en teoría. Los dos bandos pueden citarlo, y por eso hay que citar el pasaje, no el nombre.
  • Leer el «soy ciudadano del mundo» de Diógenes como un programa institucional. Es una negativa, no una propuesta: rechaza que Sínope tenga sobre él un derecho especial. Ningún testimonio antiguo lo presenta defendiendo un gobierno global.
  • Confundirlo con multiculturalismo. El cosmopolita apela a lo que hay de universal y compartido (razón, dignidad, capacidad moral); el multiculturalista, a derechos colectivos diferenciados por grupo. Son programas rivales que discuten entre sí, no dos nombres de lo mismo, y meterlos en el mismo saco impide entender por qué un mismo autor puede firmar el primero y rechazar el segundo.
  • Creer que exige renunciar a las lealtades locales. El modelo estoico son círculos concéntricos, no un círculo único, y Nussbaum lo dice literalmente: los estoicos no proponían abolir las formas locales y nacionales de organización política ni crear un Estado mundial. La versión estricta, que niega todo deber especial hacia los propios, es minoritaria incluso en la academia.
  • Dar por hecho que criticar el cosmopolitismo es de derechas. Marx y Engels usaron «cosmopolita» para describir el carácter que la burguesía imprime a la producción mundial, la campaña contra el «cosmopolita desarraigado» fue soviética, y en este test la CUP puntúa igual que Vox en el eje internacional. El eje cosmopolita-soberanista cruza el de izquierda-derecha, no coincide con él.

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