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Referente del test

John J. Mearsheimer.

1947-

Sostiene que la anarquía del sistema internacional fuerza a los Estados a maximizar poder relativo (no solo a buscar seguridad mínima): el realismo ofensivo predice competencia perpetua entre grandes potencias y el fracaso estructural de cualquier orden universal liberal.

La vida

John Joseph Mearsheimer nació en Brooklyn en 1947 y se educó en el sistema de escuelas católicas de Nueva York. De aquellos años procede la única anécdota autobiográfica que él mismo ha convertido en material teórico. En un memorándum de una sola página fechado el 24 de junio de 2011, titulado «Sister Camilla and the Anarchic Schoolyard», cuenta que en segundo curso su maestra era una monja severa que a veces salía al patio a vigilar el recreo y a veces no. Cuando salía, escribe, había jerarquía; cuando no salía, había anarquía. Él era, en su propia descripción, un niño débil y apocado en una clase con varios chicos fuertes que a veces se comportaban como matones, y prefería la vigilancia de una maestra que no le gustaba antes que un patio sin autoridad. La conclusión que extrae es la tesis que después desarrollará durante cuarenta años: «What I intuitively understood in second grade, long before I thought about great powers and world politics, is that the best way to maximize security in an anarchic system is to maximize relative power». Cursó el bachillerato en el Croton-Harmon High School, que en noviembre de 2012 lo incorporó a su galería de graduados distinguidos.

Su formación siguiente no fue civil sino militar, y ese dato explica buena parte de lo que vendría después. Se graduó en West Point en 1970 y sirvió cinco años como oficial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, entre junio de 1970 y agosto de 1975. Durante ese servicio cursó un máster en Relaciones Internacionales en la Universidad del Sur de California, que obtuvo en 1974. Es decir: llegó a la teoría de las relaciones internacionales desde dentro del aparato militar y con la pregunta práctica del oficial, no desde el seminario de filosofía política. Esa procedencia deja huella en el tipo de problema que se plantea, que casi siempre es un problema de cálculo de fuerzas y de expectativas, y en el tono deliberadamente antisentimental de su prosa.

En 1975 entró en el programa de doctorado de ciencia política de la Universidad de Cornell. Obtuvo allí un máster en 1978 y el doctorado en 1981 según su propio currículum, con una tesis que recibió una mención honorífica en el premio Helen Dwight Reid de la American Political Science Association correspondiente al bienio 1980-1981. Antes de terminar ya estaba dentro del circuito de la política exterior de Washington y de Boston: fue investigador becado en la Brookings Institution durante el curso 1979-1980 y research associate en el Center for International Affairs de la Universidad de Harvard entre 1980 y 1982. En Cornell había ganado además, en 1977, el Clark Award de docencia distinguida, el primero de los dos premios a la enseñanza que jalonan su expediente.

En 1982 entró en el departamento de ciencia política de la Universidad de Chicago, donde ha permanecido desde entonces. La progresión está documentada en su currículum: profesor ayudante entre 1982 y 1984, profesor asociado entre 1984 y 1987, catedrático desde 1987 y R. Wendell Harrison Distinguished Service Professor desde 1996. Dirigió el departamento entre 1989 y 1992. En 1985 recibió el Quantrell Award, el premio de docencia de la propia universidad, un detalle que suele quedar fuera de los perfiles periodísticos y que importa: su influencia se ha ejercido tanto por los libros como por las aulas. Fue miembro electo de la American Academy of Arts and Sciences en 2003 y ha recibido doctorados honoris causa en Grecia, Rumanía y China.

Él mismo resume su posición en la primera línea de su página personal: «Above all else, I am an international relations theorist. More specifically, I am a realist, which means that I believe that the great powers dominate the international system, and they constantly engage in security competition with each other, which sometimes leads to war». Y añade, en el mismo texto, que además de dedicar su vida a la investigación ha participado en los debates políticos de su tiempo, señalando como ejemplos su oposición pública a la guerra de Irak antes de que ocurriera y su implicación en la discusión sobre Gaza y Ucrania. Las dos mitades de esa frase, el teórico y el polemista, son las que producen casi toda la confusión que rodea su figura.

La obra

Sus dos primeros libros son de historia y estrategia militar, no de teoría general. «Conventional Deterrence» (1983) se pregunta cuándo funciona la disuasión sin armas nucleares. Él mismo definió así el objeto en una entrevista de 2018: «Conventional deterrence is all about persuading an adversary not to initiate a war because the expected costs and risks outweigh the anticipated benefits», y reivindicó ser el primero en escribir un libro dedicado explícitamente a esa cuestión, en un momento en el que casi toda la literatura sobre disuasión trataba de armamento nuclear. En esa misma entrevista resume uno de los mecanismos del libro: cuando los mandos militares de un país no confían en poder alcanzar sus objetivos en el campo de batalla y frenan a sus dirigentes políticos, la disuasión tiende a sostenerse. El libro ganó el premio Edgar S. Furniss en 1984. Le siguió «Liddell Hart and the Weight of History» (1988), dedicado al historiador militar británico Basil Liddell Hart. Ambos están traducidos al chino.

Su primera intervención de peso en la teoría llega con el fin de la Guerra Fría, cuando el ambiente intelectual daba por amortizada la política de poder. «The False Promise of International Institutions», publicado en «International Security» en el invierno de 1994-1995, es el ataque sistemático contra las tres familias del institucionalismo entonces dominantes: el institucionalismo liberal, la seguridad colectiva y la teoría crítica. Su objeción no es que las instituciones no existan, sino que no son variables independientes: son, sostiene, un reflejo del reparto de poder y de los cálculos interesados de las grandes potencias. La formulación es explícita: «My central conclusion is that institutions have minimal influence on state behavior, and thus hold little promise for promoting stability in the post-Cold War world». El artículo generó cuatro respuestas en la misma revista y una réplica suya, «A Realist Reply», en el verano de 1995. Es la pieza que ancla su posición en el eje internacional de este test, porque separa con nitidez el diagnóstico realista del proyecto cosmopolita que confía en el derecho y las organizaciones supranacionales.

«The Tragedy of Great Power Politics» (2001, con edición actualizada en 2014) es su libro central y el que le valió el premio Joseph Lepgold. Allí discute con el realismo defensivo de Kenneth Waltz, su antecesor inmediato. Conviene entender qué tipo de disputa es, porque no es sobre los valores sino sobre el método. Mearsheimer lo dejó por escrito en «Realists as Idealists» (2011), su discusión con Charles Glaser: «There are two ways to assess any theory of international relations. One way is to analyze its internal logic: its core concepts, assumptions, and logical consistency. Alternatively, one can take the theory as it is and test it against the historical record». Su reproche a las teorías rivales es que son normativas y no explicativas, que dicen lo que los Estados deberían hacer en vez de dar cuenta de lo que han hecho, y que para funcionar necesitan una transformación previa del comportamiento de los gobiernos que nadie sabe cómo producir. Esta distinción entre teoría explicativa y teoría prescriptiva es la clave de lectura de toda su obra y la que más se pierde en la divulgación.

La segunda mitad de su bibliografía se ocupa de la política exterior estadounidense concreta. «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy» (2007), escrito con Stephen M. Walt, entró en la lista de superventas del «New York Times» y está traducido a veintiséis idiomas, el castellano entre ellos. «Why Leaders Lie» (2011) estudia la mentira como instrumento de la política internacional. «The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities» (2018) sostiene que la hegemonía liberal, la estrategia de rehacer el mundo a imagen de las democracias occidentales, fracasa por razones estructurales, y que el obstáculo decisivo no es el autoritarismo sino el nacionalismo. En la conferencia con la que recibió el premio James Madison en 2020 lo formuló en términos de dos ideologías incompatibles: «liberalism privileges the individual and is ultimately a universalistic ideology, while nationalism privileges the social group and is ultimately a particularistic ideology», y añadía que cuando ambas chocan «nationalism wins almost every time, because it is the most powerful political ideology in the modern world». Su último libro hasta la fecha, «How States Think: The Rationality of Foreign Policy» (2023), escrito con Sebastian Rosato, se ocupa de la racionalidad de las decisiones de política exterior.

Cómo se le ha leído

Su obra arrastra dos polémicas que conviene exponer con lo que sostiene cada parte, porque casi todo lo que circula sobre ellas es material de trinchera. La primera arranca en marzo de 2006, cuando publicó con Stephen Walt en la «London Review of Books» el artículo «The Israel Lobby». Su tesis es que el apoyo estadounidense a Israel no se explica ni por interés estratégico ni por imperativo moral, sino por política doméstica. Definen su objeto con cuidado: «We use ‘the Lobby’ as shorthand for the loose coalition of individuals and organisations who actively work to steer US foreign policy in a pro-Israel direction», y en su respuesta a las cartas insistieron en que «the Israel lobby is not a secret, clandestine cabal; on the contrary, it is openly engaged in interest-group politics and there is nothing conspiratorial or illicit about its behaviour». Las réplicas fueron duras y de signo muy distinto. Alan Dershowitz, desde Harvard, escribió que, «in light of the many errors in John Mearsheimer and Stephen Walt’s article, and their admission that ‘none of the evidence’ they give ‘represents original documentation or is derived from independent interviews’, it is fair to ask why these distinguished academics chose to publish a paper that does not meet their usual scholarly standards», y añadía la objeción de que el texto sería aprovechado por sitios extremistas. Los profesores Jeffrey Herf y Andrei Markovits, de las universidades de Maryland y Michigan, abrieron su carta recordando que «accusations of powerful Jews behind the scenes are part of the most dangerous traditions of modern anti-semitism». Y desde el extremo opuesto del espectro, Noam Chomsky discrepó por motivos contrarios: consideró valiente el gesto pero insuficiente el análisis, porque a su juicio subestima el peso de las corporaciones energéticas y del interés estratégico estadounidense, y concluyó que la tesis resulta atractiva porque «it leaves the US government untouched on its high pinnacle of nobility, “Wilsonian idealism,” etc., merely in the grip of an all-powerful force that it cannot escape». El lector que quiera juzgar tiene ahí las posiciones enfrentadas, incluidas las de quienes rechazan la tesis por motivos contrarios entre sí.

La segunda polémica es Ucrania. En marzo de 2014, en el «New York Times», escribió: «The taproot of the current crisis is NATO expansion and Washington’s commitment to move Ukraine out of Moscow’s orbit and integrate it into the West». El argumento se amplió ese mismo año en «Foreign Affairs» bajo el título «Why the Ukraine Crisis Is the West’s Fault». La revista publicó dos respuestas. Michael McFaul, que había sido embajador de Estados Unidos en Rusia entre 2012 y 2014, objetó que la cronología no encaja, porque Rusia no intervino durante los quince años que siguieron a la primera ampliación de la OTAN, y aportó su experiencia directa: dijo no recordar que la ampliación apareciera en las conversaciones entre Obama, Putin y Medviédev a las que asistió. Su conclusión fue tajante: «This crisis is not about Russia, NATO, and realism but about Putin and his unconstrained, erratic adventurism». Stephen Sestanovich añadió que el propio Mearsheimer, en un artículo de 1993, ya preveía un conflicto ruso-ucraniano sin atribuirlo a la política occidental. En su réplica, Mearsheimer precisó algo que suele perderse cuando se resume su posición en un titular: «My essay makes clear that NATO enlargement did not directly cause the crisis, which began in November 2013 and continues to this day. It was EU expansion coupled with the February 22, 2014, coup that ignited the fire». Y reformuló el mecanismo que atribuye a Moscú: «The failure to understand that Russian thinking about NATO enlargement was motivated by fear». Sostiene, por tanto, una tesis causal sobre las consecuencias previsibles de una política, no un juicio sobre la legitimidad de la invasión, distinción que sus partidarios y sus críticos borran con frecuencia y en direcciones opuestas.

De ahí procede la tergiversación más extendida, y es la que conviene tener presente al usar este test: describir la competencia entre grandes potencias no equivale a aprobarla. Su teoría es explicativa, no un programa. Él mismo lo dice sin ambigüedad al escribir sobre política exterior: «I believe liberal democracy is the best political order. It is not perfect, but it beats the competition by a long shot». Su objeción al liberalismo no es doméstica sino exterior: sostiene que es un mal instrumento para conducir la política internacional, no un mal régimen. La misma advertencia está en el memorándum del patio de recreo, cuando aclara que no quería ser el más fuerte del patio por ninguna inclinación a intimidar a nadie, sino porque en un espacio sin autoridad le parecía la única garantía de sobrevivir. Al mismo tiempo, la trayectoria de sus reconocimientos ilustra por qué se le reclama desde lugares tan distintos: «The Great Delusion» recibió en 2019 el premio al mejor libro del año del Valdai Discussion Conference de Moscú, y ese mismo año fue nombrado profesor honorario de la Universidad de Jinan, en Cantón; su currículum recoge también artículos recientes en su boletín personal con títulos como «Genocide in Gaza» (enero de 2024). Es citado a la vez por antiintervencionistas de derecha y de izquierda, por críticos de la OTAN y por partidarios del realismo académico más convencional. Conviene separar las tres capas antes de asignarle una casilla: la teoría estructural, las recomendaciones concretas de política exterior que deduce de ella y los usos políticos que terceros hacen de ambas. Son cosas distintas y solo la primera es propiamente su aportación a la disciplina.

Fuentes de esta biografía · 10

  1. «What I intuitively understood in second grade, long before I thought about great powers and world politics, is that the best way to maximize security in an anarchic system is to maximize relative power.»

    John J. Mearsheimer, «Sister Camilla and the Anarchic Schoolyard», memorándum sobre la lógica del realismo ofensivo, 24 de junio de 2011 fuente

  2. «Conventional deterrence is all about persuading an adversary not to initiate a war because the expected costs and risks outweigh the anticipated benefits.»

    «Conventional Deterrence: An Interview with John J. Mearsheimer», Strategic Studies Quarterly, vol. 12, núm. 4 (invierno de 2018), p. 3 fuente

  3. «There are two ways to assess any theory of international relations. One way is to analyze its internal logic: its core concepts, assumptions, and logical consistency. Alternatively, one can take the theory as it is and test it against the historical record: how well does it explain the past and present behavior of states, and how useful might it be for explaining future actions?»

    John J. Mearsheimer, «Realists as Idealists», Security Studies, vol. 20, núm. 3 (2011), p. 424 fuente

  4. «liberalism privileges the individual and is ultimately a universalistic ideology, while nationalism privileges the social group and is ultimately a particularistic ideology.»

    John J. Mearsheimer, «The James Madison Award Lecture: Liberalism and Nationalism in Contemporary America», PS: Political Science & Politics, enero de 2021 fuente

  5. «I believe liberal democracy is the best political order. It is not perfect, but it beats the competition by a long shot.»

    John J. Mearsheimer, «Realism and Restraint», Horizons, núm. 14 (verano de 2019) fuente

  6. «But in light of the many errors in John Mearsheimer and Stephen Walt’s article, and their admission that ‘none of the evidence’ they give ‘represents original documentation or is derived from independent interviews’, it is fair to ask why these distinguished academics chose to publish a paper that does not meet their usual scholarly standards, especially given the obvious risk that it would be featured, as it has been, on neo-Nazi and extremist websites, and even those of terrorist organisations, and that it would be used by overt anti-semites to ‘validate’ their claims of a worldwide Jewish conspiracy»

    Alan Dershowitz, carta al director, London Review of Books, vol. 28, núm. 8, 20 de abril de 2006 fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  7. «The thesis M-W propose does however have plenty of appeal. The reason, I think, is that it leaves the US government untouched on its high pinnacle of nobility, “Wilsonian idealism,” etc., merely in the grip of an all-powerful force that it cannot escape.»

    Noam Chomsky, «The Israel Lobby?», ZNet, 28 de marzo de 2006 fuente

  8. «The taproot of the current crisis is NATO expansion and Washington’s commitment to move Ukraine out of Moscow’s orbit and integrate it into the West.»

    John J. Mearsheimer, «Getting Ukraine Wrong», The New York Times, 13 de marzo de 2014 fuente

  9. «My essay makes clear that NATO enlargement did not directly cause the crisis, which began in November 2013 and continues to this day. It was EU expansion coupled with the February 22, 2014, coup that ignited the fire.»

    John J. Mearsheimer, «Mearsheimer Replies», en «Faulty Powers: Who Started the Ukraine Crisis?», Foreign Affairs, vol. 93, núm. 6 (noviembre-diciembre de 2014), p. 175 fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  10. «He graduated from West Point in 1970 and then served five years as an officer in the U.S. Air Force. He then started graduate school in political science at Cornell University in 1975.»

    «Biography», mearsheimer.com (sitio personal del autor) fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Internacional · polo SoberanistaLa tragedia de la política de las grandes potencias · 2001

Sostiene que la anarquía del sistema internacional fuerza a los Estados a maximizar poder relativo (no solo a buscar seguridad mínima): el realismo ofensivo predice competencia perpetua entre grandes potencias y el fracaso estructural de cualquier orden universal liberal.

«Tres rasgos del sistema internacional combinados hacen que los Estados se teman mutuamente: la ausencia de una autoridad central que los proteja unos de otros, el hecho de que siempre poseen alguna capacidad militar ofensiva, y la imposibilidad de estar nunca seguros sobre las intenciones del resto.»

Original: «Three features of the international system combine to cause states to fear one another: 1) the absence of a central authority that sits above states and can protect them from each other, 2) the fact that states always have some offensive military capability, and 3) the fact that states can never be certain about other states' intentions.»

Sutileza / error común

Mearsheimer es realista «ofensivo», no defensivo. Frente a Waltz (que decía que los Estados buscan seguridad), sostiene que la única seguridad real es la hegemonía regional. Su predicción central (la competencia EE.UU. - China sería inevitable y peligrosa) era 2001 y ha envejecido bien. Más controvertido: tras 2014 atribuyó parte de la responsabilidad de la guerra de Ucrania a la expansión de la OTAN al este (tesis disputada por sus colegas y por los hechos posteriores a 2022). Realismo NO es necesariamente conservador moral: Mearsheimer es liberal en política doméstica. Su análisis es estructural, no normativo: dice cómo funciona el sistema, no cómo debería. Confundir descripción con prescripción es trampa común.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que John J. Mearsheimer también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

The Tragedy of Great Power Politics

John J. Mearsheimer · 2001 · no hay edición española estable [NO VERIFICADO]

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