testpolitica / pensadores / adam-smith

Referente del test

Adam Smith.

1723-1790

Funda la economía política moderna sosteniendo que la división del trabajo y el intercambio en mercados libres, motivados por el interés propio, generan más riqueza colectiva que el dirigismo mercantilista.

La vida

Adam Smith nació en Kirkcaldy, un puerto de la costa de Fife, en 1723. La fecha exacta de su nacimiento no consta en ningún registro: lo que consta es su bautismo, el 5 de junio de ese año. Su padre, que se llamaba igual y era interventor de aduanas del puerto, había muerto unos meses antes de que él naciera, y dejó a la familia con recursos suficientes; su madre, Margaret Douglas, hija de un terrateniente de Strathendry, se ocupó de un hijo único con el que convivió hasta que ella murió, seis años antes que él. La biografía decimonónica recoge un episodio de infancia que los biógrafos posteriores siguen repitiendo: a los tres años, de visita en casa de un tío, se lo llevó una partida de caldereros ambulantes y lo recuperaron esa misma tarde en el bosque de Leslie. Que naciera en la casa de un funcionario de aduanas tiene una simetría que conviene anotar ya: los últimos doce años de su vida los pasó él mismo cobrando aranceles.

En 1737, con catorce años, entró en la Universidad de Glasgow, donde asistió a las clases de Francis Hutcheson, titular de la cátedra de filosofía moral y una de las cabezas de la Ilustración escocesa. En 1740 obtuvo una beca Snell que lo llevó a Balliol College, en Oxford; algunos biógrafos deducen de esa beca que fue allí pensando en ordenarse en la Iglesia de Inglaterra, cosa que no hizo. Los años de Oxford fueron malos: se formó por su cuenta en la Bodleian, sufrió episodios nerviosos y se marchó en 1746, antes de que la beca expirase. Se cuenta que las autoridades del colegio le confiscaron un ejemplar del «Tratado de la naturaleza humana» de Hume y lo castigaron por leerlo. Su veredicto sobre aquella universidad tardó treinta años en publicarse, y lo hizo dentro de su libro de economía: «In the university of Oxford, the greater part of the public professors have, for these many years, given up altogether even the pretence of teaching».

Volvió a Escocia sin oficio. En 1748 empezó a dar en Edimburgo, bajo el patrocinio de Lord Kames, un curso público de retórica y bellas letras, y por esos años trabó con David Hume la amistad que sería la relación intelectual central de su vida. En 1751 obtuvo la cátedra de lógica de Glasgow y en 1752 pasó a la de filosofía moral, la que había sido de Hutcheson. Ocupó esa cátedra casi doce años y los describió después como «by far the most useful, and therefore by far the happiest and most honourable period of his life». Los catedráticos vivían entonces de las tasas que pagaban los alumnos, de modo que su ingreso dependía de llenar el aula. En 1764 renunció a mitad de curso para hacerse tutor del joven duque de Buccleuch: 300 libras al año más gastos, y una pensión vitalicia de otras 300, aproximadamente el doble de lo que ganaba enseñando. Intentó devolver a sus alumnos las tasas del curso interrumpido y ellos se negaron a aceptarlas. El puesto lo llevó a Francia: año y medio en Toulouse, donde se aburrió y escribió a Hume que había empezado un libro «para pasar el tiempo», un recorrido por el sur, dos meses en Ginebra y diez en París, entre Quesnay, Turgot, d'Alembert, Helvétius y Morellet.

De vuelta en 1767 se instaló en Kirkcaldy con su madre y dedicó casi diez años, sostenido por la pensión de Buccleuch, a terminar aquel libro. «La riqueza de las naciones» apareció en 1776 y agotó la primera edición en seis meses. Ese mismo año murió Hume, y Smith publicó junto a la autobiografía de su amigo una carta a William Strahan en la que narraba sus últimas semanas: un incrédulo que se moría bromeando con las excusas que podría presentar a Caronte, sin arrepentimiento y sin miedo. El retrato le costó una polémica que no esperaba. En 1777 George Horne, después obispo de Norwich, le respondió por escrito, «A Letter to Adam Smith LL.D. on the Life, Death and Philosophy of his Friend David Hume, by one of the people called Christians». Smith no contestó. En su correspondencia llamaría más tarde a su propio libro de economía «the very violent attack I had made upon the whole commercial system of Great Britain».

En 1778, por influencia de Buccleuch, fue nombrado comisario de aduanas de Escocia y se mudó a Panmure House, en el Canongate de Edimburgo, con su madre y una prima que llevaba la casa. Conservó el cargo hasta su muerte: el hombre que había desmontado el sistema mercantil pasó su última década administrando el arancel, y no volvió a publicar nada sustancial salvo revisiones de sus dos libros. En 1783 quedó como miembro fundador de la Royal Society of Edinburgh y entre 1787 y 1789 fue rector honorífico de Glasgow. Nunca se casó. Los contemporáneos lo describen distraído hasta la comicidad, hablando solo por la calle; Boswell, que fue alumno suyo, contaba que evitaba discutir sus ideas en sociedad por temor a perjudicar la venta de sus libros, y que decía tener por norma «no hablar nunca de lo que entendía». Días antes de morir hizo que sus albaceas literarios, el químico Joseph Black y el geólogo James Hutton, quemaran dieciséis volúmenes de manuscritos, entre ellos el tratado de derecho y gobierno que había prometido treinta años atrás. Murió en Panmure House el 17 de julio de 1790 y está enterrado en el cementerio de Canongate. Quienes lo acompañaban dejaron dicho que lamentaba haber hecho tan poco.

La obra

«La teoría de los sentimientos morales» (1759) se escribió desde la cátedra y se probó en el aula. Su pregunta no es económica: cómo puede un ser sin acceso directo a otra mente juzgar esa mente. La respuesta es la simpatía, que en Smith no significa compasión sino una operación de la imaginación: nos trasladamos a la situación del otro y comprobamos si la emoción que sentiríamos ahí coincide con la suya. De ese contraste sale la noción de propiedad de una conducta. Y como también queremos ser juzgados, acabamos construyendo dentro de nosotros un espectador que no somos nosotros, el espectador imparcial, que es lo que llamamos conciencia. El libro discute contra tres frentes a la vez: contra Hutcheson, su maestro, que postulaba un sentido moral como facultad aparte; contra Hume, que fundaba la aprobación en la utilidad; y contra Mandeville, cuya tesis de que los vicios privados producen beneficios públicos queda clasificada en la última parte del libro entre los «sistemas licenciosos». La obra le dio nombre en toda Europa y se dice que Kant la prefería entre las morales escocesas.

El libro que no escribió explica su carrera tanto como los que escribió. Al final de la «Teoría» prometía una exposición de los principios generales del derecho y el gobierno y de las revoluciones que habían atravesado en distintas edades. Ese tratado no llegó nunca. Lo que llegó, diecisiete años después, fue «La riqueza de las naciones», que él mismo presentó en el prólogo de la última edición como cumplimiento parcial de aquella promesa. El material jurídico se quedó en las clases, y las clases fueron a la hoguera en 1790. De todo aquello sobrevive lo que apuntaron los alumnos, publicado en el siglo XX dentro de la edición de Glasgow de sus obras completas y su correspondencia: unas lecciones de jurisprudencia, unas lecciones de retórica y un borrador temprano de la «Riqueza». Sobrevivió también, por instrucción expresa suya, un ensayo sobre la historia de la astronomía que salió póstumo en 1795.

«La riqueza de las naciones» (1776) responde a una pregunta y ataca una respuesta. La pregunta es qué hace rica a una nación. La respuesta que ataca es la mercantilista: que la riqueza es el metal acumulado y que el comercio es un juego de suma cero donde lo que gana uno lo pierde otro. Smith contesta que la riqueza es el producto anual del trabajo, que su rendimiento depende de la división del trabajo y que la división del trabajo depende de la extensión del mercado; de ahí se sigue mecánicamente cuál es el enemigo, que es todo lo que estrecha ese mercado. Los libros I y II montan el aparato de precios, salarios, beneficio, renta y capital; el III es historia económica de Europa; el IV es la polémica larga contra el sistema mercantil y su prolongación colonial, con un capítulo dedicado a los fisiócratas que había tratado en París; y el V es un tratado de hacienda pública: defensa, justicia, obras públicas, instrucción, impuestos y deuda. Buena parte del libro no trata de cómo funcionan los mercados sino de quién captura al Estado y cuánto cuesta sostenerlo.

La última obra de Smith no es de 1776. En 1790, ya enfermo, publicó la sexta edición de la «Teoría de los sentimientos morales», y no fue una reimpresión: añadió una parte entera nueva, «Del carácter de la virtud», que pasó a ser la sexta y desplazó a la séptima el repaso de los sistemas de filosofía moral que cerraba el libro en 1759. Y sustituyó el capítulo que remataba la sección sobre prosperidad y adversidad por otro escrito para la ocasión, titulado «De la corrupción de nuestros sentimientos morales, ocasionada por esta disposición a admirar a los ricos y los grandes y a despreciar o desatender a las personas de condición pobre y humilde». El orden importa para leerlo: dedicó su último año a endurecer, no a suavizar, el libro que había escrito primero.

Cómo se le ha leído

El siglo XIX lo repartió. Ricardo y Malthus continuaron el aparato analítico y Marx llevó la teoría del valor trabajo en dirección contraria a la suya. En la política británica su heredero más visible fue Richard Cobden, que dirigió la Anti-Corn Law League y convirtió el librecambio en política de Estado con la derogación de las leyes de granos en 1846. En la cuestión imperial, en cambio, ambos bandos pudieron citarlo durante décadas, porque su capítulo sobre las colonias ofrecía dos salidas alternativas al conflicto con las trece colonias americanas: darles la independencia y conservar con ellas una relación comercial libre, o integrarlas en una federación imperial con representación parlamentaria. Mientras tanto, la erudición alemana del último tercio de siglo acuñó el «Adam Smith Problem»: la «Teoría» descansaría en el altruismo y la «Riqueza» en el egoísmo, y los dos libros serían incompatibles. La investigación contemporánea rechaza mayoritariamente esa tesis, y la cronología juega en su contra, porque Smith revisó el libro moral después del económico y lo dejó más severo con los ricos de lo que estaba.

El siglo XX lo convirtió primero en emblema y después, otra vez, en objeto de estudio. El bicentenario de 1776, celebrado en 1976, coincidió con la edición de Glasgow de sus obras completas, que devolvió al filósofo al primer plano: desde entonces se le presenta con más frecuencia como autor de dos libros y no de uno. Esa misma década produjo el emblema: el Adam Smith Institute de Londres, fundado en los años setenta para defender el mercado libre, las diversas sociedades que llevan su nombre y, en Washington, la corbata de Adam Smith como distintivo de pertenencia. Herbert Stein, economista que había presidido el consejo de asesores económicos de la Casa Blanca, escribió en 1994 en «The Wall Street Journal» que Smith miraba la intervención estatal con gran escepticismo pero aceptaba excepciones caso por caso, y cerró la columna diciendo que Smith no habría llevado esa corbata. El reconocimiento institucional llegó después: el Clydesdale Bank puso su retrato en el billete de 50 libras en 1981 y el Banco de Inglaterra en el de 20 en 2007, con una fábrica de alfileres al dorso; en 2008 se levantó su estatua en la Royal Mile de Edimburgo, pagada con donaciones organizadas por el instituto que lleva su nombre, y en 2018 abrió Panmure House, restaurada por la Universidad Heriot-Watt, como centro de estudio.

Las dos tergiversaciones son de cita corta. Quien lo quiere como profeta del mercado sin Estado se detiene en el interés propio y en el poder coordinador de los precios, y no sigue leyendo: unos capítulos más adelante, en el octavo del mismo libro primero, Smith escribe que los patronos están «siempre y en todas partes» en una combinación tácita, constante y uniforme para que los salarios no suban; que cuando el legislador regula la relación entre patronos y obreros «sus consejeros son siempre los patronos»; que muchos trabajadores no aguantan una semana sin empleo y casi ninguno un año, mientras un propietario vive uno o dos de lo ya acumulado; que la división del trabajo, abandonada a sí misma, deja al obrero tan estúpido e ignorante como es posible que llegue a ser una criatura humana, y que evitarlo exige atención del gobierno; y que todo impuesto es, para quien lo paga, una insignia no de esclavitud sino de libertad. Quien lo reclama como crítico del capitalismo comete el error inverso: deduce de esos pasajes un Smith hostil al mercado, cuando el argumento entero del libro es que la concurrencia libre entre productores comparables es justamente el mecanismo que sube los salarios y abarata los bienes. Hay además una tercera confusión, más antigua: la imagen de la mano invisible ya está en el libro de 1759, y allí sirve para sostener que los ricos, persiguiendo su propia vanidad, acaban distribuyendo lo necesario para vivir casi como si la tierra se hubiera repartido en porciones iguales. Sea buena o mala como descripción, es un argumento sobre distribución, no una providencia del mercado. Conviene decir con precisión en qué falla la lectura libertaria, porque no sale de la nada: Smith da prioridad a la justicia sobre las demás virtudes, desconfía de los políticos y quiere un Estado de tareas contadas. Pero sus razones son de otro tipo. No hay en él una teoría de derechos absolutos sobre la propiedad, sino la convicción de que nadie reúne el conocimiento local disperso en millones de cabezas y de que quien dice conocer los intereses ajenos mejor que sus dueños suele equivocarse. De esa misma premisa se sigue la mitad del argumento que se cita menos: si los mercaderes no deben ser gobernados en detalle, tampoco deben gobernar, y el gobierno de una compañía exclusiva de comerciantes le parece el peor de los gobiernos posibles para cualquier país. Es un Estado pequeño por desconfianza epistémica, no por doctrina de propiedad, y esa es la distinción que lo separa de buena parte de la tradición que hoy lo reclama.

Fuentes de esta biografía · 7

  1. «A landlord, a farmer, a master manufacturer, or merchant, though they did not employ a single workman, could generally live a year or two upon the stocks, which they have already acquired. Many workmen could not subsist a week, few could subsist a month, and scarce any a year, without employment.»

    Adam Smith, «An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations», 1776, Libro I, Cap. VIII («Of the Wages of Labour») fuente · sostiene 7 pasajes de esta ficha

  2. «They are led by an invisible hand to make nearly the same distribution of the necessaries of life, which would have been made, had the earth been divided into equal portions among all its inhabitants, and thus without intending it, without knowing it, advance the interest of the society, and afford means to the multiplication of the species.»

    Adam Smith, «The Theory of Moral Sentiments», 1.ª ed., 1759, Parte IV, Cap. I. Es la primera aparición de la imagen, diecisiete años anterior a la de «La riqueza de las naciones» fuente

  3. «This disposition to admire, and almost to worship, the rich and the powerful, and to despise, or, at least, to neglect persons of poor and mean condition, though necessary both to establish and to maintain the distinction of ranks and the order of society, is, at the same time, the great and most universal cause of the corruption of our moral sentiments.»

    Adam Smith, «The Theory of Moral Sentiments», Parte I, Sec. III, Cap. III. Capítulo escrito para la sexta edición (1790): en la primera, de 1759, ese lugar lo ocupaba un capítulo sobre la filosofía estoica fuente

  4. «Upon the whole, I have always considered him, both in his lifetime and since his death, as approaching as nearly to the idea of a perfectly wise and virtuous man, as perhaps the nature of human frailty will permit.»

    Adam Smith, carta a William Strahan, Kirkaldy, Fifeshire, 9 de noviembre de 1776, publicada en 1777 junto a «My Own Life» de David Hume fuente

  5. «Before his decease Smith directed that all his manuscripts except a few selected essays should be destroyed, and they were accordingly committed to the flames.»

    John Kells Ingram, «Smith, Adam», Encyclopædia Britannica, 11.ª ed., vol. 25 (1911) fuente

  6. «Smith did not favor as hands-off an approach as some of his self-proclaimed followers do today—he believed that states could and should re-distribute wealth to some degree, and defend the poor and disadvantaged against those who wield power over them in the private sector»

    Samuel Fleischacker, «Adam Smith's Moral and Political Philosophy», Stanford Encyclopedia of Philosophy, §5 (rev. 2025) fuente

  7. «Adam Smith’s philosophy bears little resemblance to the libertarian caricature put forth by proponents of laissez faire markets who describe humans solely as homo economicus.»

    Jack Russell Weinstein, «Adam Smith (1723-1790)», Internet Encyclopedia of Philosophy (University of North Dakota) fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Económico · polo MercadoLa riqueza de las naciones · 1776

Funda la economía política moderna sosteniendo que la división del trabajo y el intercambio en mercados libres, motivados por el interés propio, generan más riqueza colectiva que el dirigismo mercantilista.

«No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de quienes esperamos nuestra cena, sino del cuidado que ponen ellos en su propio interés. No apelamos a su humanidad, sino a su amor propio.»

Original: «It is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker that we expect our dinner, but from their regard to their own interest.»

Sutileza / error común

Smith no es un libertario puro. En la misma obra defiende impuestos progresivos («no es muy poco razonable que los ricos contribuyan al gasto público algo más que en proporción a sus rentas», Libro V), provisión pública de educación elemental, regulación bancaria, y critica con dureza a las corporaciones por conspirar contra el público. La célebre «mano invisible» aparece UNA sola vez en toda la obra (Libro IV, Cap. II), en un contexto específico sobre inversión doméstica, no como ley universal del mercado. Smith fue ante todo profesor de filosofía moral; su obra previa («La teoría de los sentimientos morales», 1759) funda la economía sobre la simpatía y el espectador imparcial, no sobre el egoísmo desnudo.

Alcance en 2026

Smith analizó mercados de productores que se conocían entre sí, en una economía pre-industrial sin sociedades anónimas globales, sin capitalismo financiero, sin externalidades climáticas planetarias y sin plataformas digitales con efectos de red. Su argumento sobre la libre concurrencia presupone competencia real entre actores comparables; aplicarlo sin matiz a duopolios tecnológicos, fondos de inversión opacos o cadenas de suministro globalizadas requiere extender el modelo, no simplemente citar 1776.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Adam Smith también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

La riqueza de las naciones

Adam Smith · 1776 · Alianza Editorial / FCE

Y tú

¿Estás más cerca de Adam Smith de lo que crees?

Nueve ejes, cincuenta y cuatro preguntas, diecisiete partidos. Sin registro y sin servidor: tus respuestas no salen del navegador.

Hacer el test