Su obra se parte en dos por un cambio de método, no de tema. La primera etapa es teórica y normativa: la tesis de 1993 y el opúsculo que salió de ella, «Introduction à la théorie de la redistribution des richesses» (Economica, 1994), discuten cómo debería ser un sistema fiscal óptimo. La segunda empieza cuando decide que esa pregunta no se puede contestar sin archivo. «Les hauts revenus en France au XXe siècle» (Grasset, 2001) reconstruye, declaración de renta a declaración de renta, la distribución de los ingresos franceses entre 1901 y 1998. Contra quién discute está claro: contra Simon Kuznets, que en los años cincuenta había descrito la desigualdad como una curva que sube con la industrialización y baja sola en las fases avanzadas del desarrollo. Piketty muestra que en Francia bajó, en efecto, pero por las guerras, por la creación del impuesto sobre la renta y por el salto de su progresividad después de cada una de ellas, no por ninguna mecánica espontánea del crecimiento. Del mismo material sale una segunda conclusión incómoda para el otro bando: el llamado efecto Laffer, la idea de que los tipos marginales altos desincentivan el trabajo de los ricos, resulta probablemente nulo o muy débil en el caso francés.
La segunda etapa es además colectiva, y esa parte de su trabajo no aparece en las listas de libros. Con Emmanuel Saez replicó el método sobre los datos fiscales estadounidenses en «Income Inequality in the United States, 1913-1998» (Quarterly Journal of Economics, 2003); con Tony Atkinson coordinó los dos volúmenes de «Top Incomes» (Oxford University Press, 2007 y 2010), que llevaron la serie a decenas de países; de ahí nació la World Top Incomes Database, hoy World Inequality Database, una infraestructura abierta que sigue creciendo y que cualquiera puede descargar. En paralelo escribió intervenciones aplicadas sobre política francesa: «Pour un nouveau système de retraite» (2008, con Antoine Bozio), que propone generalizar el modelo sueco de cuentas individuales de cotización en reparto, y «Pour une révolution fiscale» (2011, con Camille Landais y Emmanuel Saez), que plantea fundir el impuesto sobre la renta y la contribución social generalizada en un tributo único y venía acompañado de un simulador en línea para que cada contribuyente calculara su propia factura. La constante es la misma en todos: publicar el dato y la hoja de cálculo antes que la conclusión.
«Le Capital au XXIe siècle» (Seuil, 2013; traducción inglesa de Arthur Goldhammer para Harvard University Press en 2014) no es un libro de teoría económica, y él lo repite: es una historia de la distribución de la renta y del patrimonio construida sobre tres siglos y una veintena de países. Su blanco polémico sigue siendo Kuznets, y se le suma otro: la idea de que la compresión de las desigualdades entre 1914 y 1945 fuese el estado normal del capitalismo, cuando en sus series aparece como una anomalía producida por dos guerras, la inflación, las destrucciones y las nacionalizaciones. La propuesta que cierra el libro, el impuesto mundial y progresivo sobre el patrimonio, va bajo un rótulo que buena parte de sus lectores parece no haber visto: «una utopía útil». Utópica porque exige entre Estados un acuerdo que hoy no existe; útil porque sirve de patrón contra el que medir cualquier alternativa y porque su primer efecto práctico no sería recaudar sino obligar a que el patrimonio sea visible. El libro vendió más de 2,5 millones de ejemplares hasta finales de 2017 y se contrataron unas cuarenta traducciones.
«Capital et idéologie» (Seuil, 2019) cambia la pregunta. Ya no es cómo se concentra la riqueza sino qué relato construye cada sociedad para justificar la concentración que tiene: sociedades de órdenes con nobleza, clero y tercer estado; sociedades de propietarios nacidas de la Revolución; sociedades esclavistas y coloniales; el sistema de castas en la India; los regímenes comunistas; y el neopropietarismo o hipercapitalismo que se impone desde los años ochenta. La conclusión es la que mejor resume su distancia con la tradición marxista: la desigualdad no es económica ni tecnológica, es ideológica y política. De ahí sale su programa de «socialismo participativo», que combina una dotación de capital entregada a todos los ciudadanos al cumplir veinticinco años, impuestos progresivos sobre la propiedad y la herencia, y reparto del poder de voto en los consejos de administración de las empresas. Y de ahí sale también su tesis más citada en ciencia política: la «izquierda brahmán» y la «derecha mercader», dos élites que se alternan mientras el conflicto sobre la propiedad queda tapado por el conflicto sobre la frontera y la identidad. Después llegaron «Une brève histoire de l'égalité» (2021), corto y dirigido a lectores no economistas, «Une histoire du conflit politique» (2023, con Julia Cagé), que cruza el voto francés con la geografía social desde 1789, y varias recopilaciones de sus columnas.