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Referente del test

Thomas Piketty.

1971-

Muestra, con datos fiscales de tres siglos, que cuando la rentabilidad del capital (r) supera de forma sostenida el crecimiento de la economía (g), el patrimonio se concentra en una minoría rentista y el capitalismo deriva hacia patrimonialismo dinástico salvo que la política lo redistribuya activamente.

La vida

Thomas Piketty nació el 7 de mayo de 1971 en Clichy, en la primera corona industrial al norte de París. La casa en la que se crió era militante. Su padre, descendiente de una familia de la burguesía industrial de la región parisina, trabajaba como técnico; su madre venía de un medio mucho más modesto y las fuentes la sitúan como empleada de banca o como maestra. Los dos habían militado en Lutte Ouvrière, el partido trotskista francés, y los dos habían pasado por Mayo del 68. Poco después de nacer él hicieron el viaje que hizo media generación desencantada: dejaron París y se fueron al departamento del Aude a criar cabras. A finales de los años setenta abandonaron la explotación, volvieron a la región parisina y conocieron el paro. El dato importa porque ordena lo que vino después: creció oyendo en casa un anticapitalismo doctrinal que más tarde rechazaría por escrito, y no por falta de simpatía con el problema sino por falta de datos.

Estudió en el liceo Louis-le-Grand y entró en la École normale supérieure a los dieciocho años, con matemáticas y economía. En junio de 1993, con veintidós, defendió en la École des hautes études en sciences sociales una tesis titulada «Essais sur la théorie de la redistribution des richesses», dirigida por Roger Guesnerie y trabajada en parte en la London School of Economics; la Asociación Francesa de Ciencia Económica la premió como mejor tesis del año. Eran teoremas matemáticos sobre redistribución óptima, sin un solo dato histórico dentro. Con ese expediente cruzó el Atlántico y fue profesor ayudante en el Instituto Tecnológico de Massachusetts entre 1993 y 1995.

La fecha que él mismo señala como origen político no es ninguna de esas: es 1989. Cumplió dieciocho años el año del bicentenario de la Revolución francesa y de la caída del Muro, viajó por Europa del Este y visitó la Unión Soviética en 1991. De ahí sale la frase con la que abre el marco conceptual de su libro más conocido: quedó «vacunado de por vida contra la retórica convencional pero perezosa del anticapitalismo». Conviene leerla completa antes de usarla, porque la frase tiene dos mitades. Lo que rechaza no es la crítica de la desigualdad, sino una crítica concreta: la que ignoraba el fracaso histórico del comunismo y la que renunciaba a los medios intelectuales necesarios para ir más allá de él. En la misma introducción escribe que las desigualdades sociales no son en sí mismas un problema mientras estén justificadas, y cita para definir cuándo lo están el artículo primero de la Declaración de 1789.

El paso por Estados Unidos duró poco y fue decisivo por la razón contraria a la esperable. Contó después que sus colegas eran muy inteligentes y que su tesis gustó, y que precisamente eso le pareció el síntoma: había hecho carrera con teoremas abstractos sin saber nada de los problemas económicos del mundo, y nadie se había molestado en recoger datos históricos sobre la dinámica de la desigualdad desde Simon Kuznets. Volvió a Francia a los veinticinco años decidido a recoger él los datos que faltaban. Entró en el Centro Nacional de Investigación Científica en 1995 y fue director de estudios en la EHESS desde 2000. Sus modelos intelectuales no eran economistas sino los historiadores de la escuela de los Annales, Lucien Febvre y Fernand Braudel, y desde entonces reivindica para sí el estatuto de investigador en ciencias sociales antes que el de economista.

En 2005 el gobierno de Dominique de Villepin le encargó levantar la Escuela de Economía de París; fue su primer director desde finales de 2006 y la dejó a principios de 2007 para asesorar a Ségolène Royal en la campaña presidencial. Firmó en 2012 una carta colectiva de economistas en apoyo de François Hollande y quedó públicamente decepcionado con su mandato. En enero de 2015 rechazó la Legión de Honor con el argumento de que no corresponde a un gobierno decidir quién es honorable. Ese mismo año se incorporó al instituto de desigualdades de la London School of Economics, recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Johannesburgo y dio la Conferencia Anual Nelson Mandela. En septiembre de 2015 entró en el comité asesor económico del Partido Laborista británico y dimitió en junio de 2016 por la debilidad de la campaña del partido en el referéndum europeo; en 2017 asesoró a Benoît Hamon. Está casado desde 2014 con la economista Julia Cagé; antes estuvo casado con la investigadora Nathalie Moine, con quien tiene tres hijas, y fue pareja de la escritora y ministra Aurélie Filippetti. Sigue vivo y en activo: enseña en la EHESS y en la Escuela de Economía de París, mantiene una columna periódica.

La obra

Su obra se parte en dos por un cambio de método, no de tema. La primera etapa es teórica y normativa: la tesis de 1993 y el opúsculo que salió de ella, «Introduction à la théorie de la redistribution des richesses» (Economica, 1994), discuten cómo debería ser un sistema fiscal óptimo. La segunda empieza cuando decide que esa pregunta no se puede contestar sin archivo. «Les hauts revenus en France au XXe siècle» (Grasset, 2001) reconstruye, declaración de renta a declaración de renta, la distribución de los ingresos franceses entre 1901 y 1998. Contra quién discute está claro: contra Simon Kuznets, que en los años cincuenta había descrito la desigualdad como una curva que sube con la industrialización y baja sola en las fases avanzadas del desarrollo. Piketty muestra que en Francia bajó, en efecto, pero por las guerras, por la creación del impuesto sobre la renta y por el salto de su progresividad después de cada una de ellas, no por ninguna mecánica espontánea del crecimiento. Del mismo material sale una segunda conclusión incómoda para el otro bando: el llamado efecto Laffer, la idea de que los tipos marginales altos desincentivan el trabajo de los ricos, resulta probablemente nulo o muy débil en el caso francés.

La segunda etapa es además colectiva, y esa parte de su trabajo no aparece en las listas de libros. Con Emmanuel Saez replicó el método sobre los datos fiscales estadounidenses en «Income Inequality in the United States, 1913-1998» (Quarterly Journal of Economics, 2003); con Tony Atkinson coordinó los dos volúmenes de «Top Incomes» (Oxford University Press, 2007 y 2010), que llevaron la serie a decenas de países; de ahí nació la World Top Incomes Database, hoy World Inequality Database, una infraestructura abierta que sigue creciendo y que cualquiera puede descargar. En paralelo escribió intervenciones aplicadas sobre política francesa: «Pour un nouveau système de retraite» (2008, con Antoine Bozio), que propone generalizar el modelo sueco de cuentas individuales de cotización en reparto, y «Pour une révolution fiscale» (2011, con Camille Landais y Emmanuel Saez), que plantea fundir el impuesto sobre la renta y la contribución social generalizada en un tributo único y venía acompañado de un simulador en línea para que cada contribuyente calculara su propia factura. La constante es la misma en todos: publicar el dato y la hoja de cálculo antes que la conclusión.

«Le Capital au XXIe siècle» (Seuil, 2013; traducción inglesa de Arthur Goldhammer para Harvard University Press en 2014) no es un libro de teoría económica, y él lo repite: es una historia de la distribución de la renta y del patrimonio construida sobre tres siglos y una veintena de países. Su blanco polémico sigue siendo Kuznets, y se le suma otro: la idea de que la compresión de las desigualdades entre 1914 y 1945 fuese el estado normal del capitalismo, cuando en sus series aparece como una anomalía producida por dos guerras, la inflación, las destrucciones y las nacionalizaciones. La propuesta que cierra el libro, el impuesto mundial y progresivo sobre el patrimonio, va bajo un rótulo que buena parte de sus lectores parece no haber visto: «una utopía útil». Utópica porque exige entre Estados un acuerdo que hoy no existe; útil porque sirve de patrón contra el que medir cualquier alternativa y porque su primer efecto práctico no sería recaudar sino obligar a que el patrimonio sea visible. El libro vendió más de 2,5 millones de ejemplares hasta finales de 2017 y se contrataron unas cuarenta traducciones.

«Capital et idéologie» (Seuil, 2019) cambia la pregunta. Ya no es cómo se concentra la riqueza sino qué relato construye cada sociedad para justificar la concentración que tiene: sociedades de órdenes con nobleza, clero y tercer estado; sociedades de propietarios nacidas de la Revolución; sociedades esclavistas y coloniales; el sistema de castas en la India; los regímenes comunistas; y el neopropietarismo o hipercapitalismo que se impone desde los años ochenta. La conclusión es la que mejor resume su distancia con la tradición marxista: la desigualdad no es económica ni tecnológica, es ideológica y política. De ahí sale su programa de «socialismo participativo», que combina una dotación de capital entregada a todos los ciudadanos al cumplir veinticinco años, impuestos progresivos sobre la propiedad y la herencia, y reparto del poder de voto en los consejos de administración de las empresas. Y de ahí sale también su tesis más citada en ciencia política: la «izquierda brahmán» y la «derecha mercader», dos élites que se alternan mientras el conflicto sobre la propiedad queda tapado por el conflicto sobre la frontera y la identidad. Después llegaron «Une brève histoire de l'égalité» (2021), corto y dirigido a lectores no economistas, «Une histoire du conflit politique» (2023, con Julia Cagé), que cruza el voto francés con la geografía social desde 1789, y varias recopilaciones de sus columnas.

Cómo se le ha leído

El libro de 2013 se convirtió en fenómeno con la traducción inglesa de 2014, y desde el primer momento arrastró lecturas torcidas por los dos lados. La más duradera arrancó en mayo de 2014, cuando Chris Giles, redactor jefe de economía del Financial Times, publicó que había encontrado errores inexplicados en las series de patrimonio. Piketty respondió el mismo día y publicó cinco días después una réplica punto por punto: sostuvo que las correcciones propuestas eran en su mayor parte menores y no alteraban las evoluciones de largo plazo, y que la elección metodológica del propio Giles era peor que la que criticaba, porque sustituía datos fiscales por datos de encuesta, que infravaloran sistemáticamente los patrimonios más altos. Krugman y Wolfers respondieron en los días siguientes que la corrección propuesta no alteraba la tesis del libro. Merece contarse porque se sigue invocando más de una década después como si sus datos hubieran quedado desmentidos, que no es lo que pasó.

Las objeciones académicas serias son otras y no se parecen a aquella. Matthew Rognlie mostró en 2015, en los Brookings Papers on Economic Activity, que el aumento de la participación neta del capital en la renta desde 1948 procede íntegramente del sector de la vivienda, lo que desplaza el problema del capital en general al precio del suelo y de la casa. Daron Acemoglu y James Robinson, en el Journal of Economic Perspectives de ese mismo año, sostuvieron que las «leyes generales del capitalismo» no sirven ni para entender el pasado ni para predecir el futuro porque ignoran el papel central de las instituciones. Lawrence Summers objetó que los rendimientos decrecientes del capital ponen un techo al proceso. Y la disputa sigue abierta en el terreno donde a Piketty le gusta discutir, el de las series: Gerald Auten y David Splinter publicaron en el Journal of Political Economy de julio de 2024 unas estimaciones que rebajan las cuotas de renta más altas de Estados Unidos y su crecimiento desde 1980, y Piketty, Saez y Zucman han respondido que ese trabajo contiene errores importantes. Sobre el alcance de su propia tesis, su respuesta está escrita desde 2015: una de las conclusiones principales de su investigación, dice allí, es que existe una incertidumbre sustancial sobre cuánto puede crecer la desigualdad en este siglo, y que por eso hacen falta más transparencia financiera y mejor información.

Las dos tergiversaciones de fondo son simétricas y se anulan entre sí. La primera la invitó el título: llamar «Capital» a un libro en 2013 pedía leerlo como el Marx del siglo XXI, y así se leyó a favor y en contra. Él lo desmintió sin rodeos en mayo de 2014, cuando dijo que «El capital» le pareció muy difícil de leer y poco influyente para su trabajo, que le pareció muy difícil y poco influyente para su trabajo, y que la diferencia de fondo es que el suyo es un libro de historia del capital mientras que en los libros de Marx no hay datos. Lo revelador es que desde la izquierda marxista se llegó a la misma conclusión por el motivo contrario: David Harvey escribió ese mismo mes que el de Piketty «no es en absoluto un libro sobre el capital», porque trata el capital como un acervo de riqueza y no como una relación social, y porque de sus series extrae una regularidad estadística sin explicar qué fuerzas la producen. Krugman lo formuló al revés y llegó al mismo sitio: en la doctrina marxiana la estructura de clases la determinan fuerzas impersonales y la técnica, mientras que Piketty ve la desigualdad como un fenómeno social producido por instituciones humanas. La segunda tergiversación viene del otro lado y es la del impuesto confiscatorio. En el libro, el impuesto mundial sobre el capital aparece rotulado como utopía útil y su primera función declarada es la transparencia, no la recaudación; y su argumentación actual ha abandonado incluso ese registro, porque cuando propone un impuesto de solidaridad nacional sobre las mayores fortunas lo hace por precedente histórico, apoyándose en el impuesto de solidaridad nacional francés de 1945 y en el Lastenausgleich alemán de 1952. Se le reivindica hoy desde la socialdemocracia europea y desde las campañas por la fiscalidad patrimonial, que usan sus series como base de cálculo; se le combate desde el liberalismo económico, con un volumen colectivo, «Anti-Piketty», que reúne a una veintena de economistas e historiadores. Es igual de instructivo lo que ocurre cuando el reconocimiento le llega de un poder: en agosto de 2020 su editorial china le pidió diez páginas de cortes en «Capital e ideología», concentrados en los pasajes sobre la desigualdad y la opacidad en la China contemporánea, y él rechazó las condiciones, con lo que el libro no llegó a publicarse en China continental. Sobre para qué sirve todo esto, su formulación menos ambigua está en la conferencia de Johannesburgo de 2015: el objetivo no es traer soluciones listas para aplicar ni una «bala de plata», sino contribuir a una discusión democrática mejor informada, porque estas cuestiones son demasiado importantes para dejarlas en manos de un grupo pequeño de expertos.

Fuentes de esta biografía · 8

  1. «One of the main conclusions of my research is indeed that there is substantial uncertainty about how far income and wealth inequality might rise in the twenty-first century, and that we need more financial transparency and better information about income and wealth dynamics, so that we can adapt our policies and institutions to a changing environment.»

    Thomas Piketty, «About Capital in the Twenty-First Century», American Economic Review: Papers & Proceedings, 105(5), mayo de 2015, sección III (copia del propio autor en piketty.pse.ens.fr, archivada) fuente

  2. «We are in the social sciences – there are different ways to interpret history, and our objective is not to come with ready-to-apply solutions or a “magic bullet”, but rather to contribute to a more informed democratic discussion about inequality. And, ultimately, the objective is surely that everybody, normal citizens, can look at this data, look at the book written from this data and make their own opinion, because these issues are too important to be left to a small group of experts.»

    Thomas Piketty, 13ª Conferencia Anual Nelson Mandela, campus de Soweto de la Universidad de Johannesburgo, 3 de octubre de 2015 (transcripción editada de la Nelson Mandela Foundation) fuente

  3. «The Communist Manifesto of 1848 is a short and strong piece. Das Kapital, I think, is very difficult to read and for me it was not very influential. [...] The big difference is that my book is a book about the history of capital. In the books of Marx there’s no data.»

    Thomas Piketty, entrevistado por Isaac Chotiner, «Thomas Piketty: I Don't Care for Marx», The New Republic, 6 de mayo de 2014 fuente

  4. «The book has often been presented as a twenty-first century substitute for Karl Marx’s nineteenth century work of the same title. Piketty actually denies this was his intention, which is just as well since his is not a book about capital at all.»

    David Harvey, «Afterthoughts on Piketty's Capital», davidharvey.org, 17 de mayo de 2014 fuente

  5. «Overall, the net capital share has increased since 1948, but once disaggregated this increase turns out to come entirely from the housing sector: the contribution to net capital income from all other sectors has been zero or slightly negative, as the fall and rise have offset each other.»

    Matthew Rognlie, «Deciphering the Fall and Rise in the Net Capital Share: Accumulation or Scarcity?», Brookings Papers on Economic Activity, primavera de 2015, resumen fuente

  6. «Our analysis of pretax income shows that top income shares are lower and have increased less since 1980 than other studies using tax data. In addition, increasing government transfers and tax progressivity have resulted in rising real incomes for all income groups and little change in aftertax top income shares.»

    Gerald Auten y David Splinter, «Income Inequality in the United States: Using Tax Data to Measure Long-Term Trends», Journal of Political Economy, 132(7), julio de 2024, resumen fuente

  7. «He was brought up in Clichy in a mainly working-class district and his parents were both militant members of Lutte Ouvrière (Workers' Struggle) – a hardcore Trotskyist party which still has a significant following in France. Like many of their generation, disappointed by the failure of near-revolution of May '68, they dropped out to raise goats in the Aude.»

    Andrew Hussey, «Occupy was right: capitalism has failed the world», entrevista con Thomas Piketty, The Observer / The Guardian, 13 de abril de 2014 fuente

  8. «I refused these conditions and told them that I would only accept a translation with no cut of any sort. They basically wanted to cut almost all parts referring to contemporary China, and in particular to inequality and opacity in China.»

    Thomas Piketty, citado por Helen Davidson en «Thomas Piketty refuses to censor latest book for sale in China», The Guardian, 31 de agosto de 2020 fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Económico · polo Estado / IntervenciónEl capital en el siglo XXI · 2013

Muestra, con datos fiscales de tres siglos, que cuando la rentabilidad del capital (r) supera de forma sostenida el crecimiento de la economía (g), el patrimonio se concentra en una minoría rentista y el capitalismo deriva hacia patrimonialismo dinástico salvo que la política lo redistribuya activamente.

«Cuando la tasa de rendimiento del capital excede la tasa de crecimiento del producto y la renta, como ocurría en el siglo XIX y parece muy probable que vuelva a ocurrir en el XXI, el capitalismo genera automáticamente desigualdades arbitrarias e insostenibles que socavan radicalmente los valores meritocráticos sobre los que se asientan las sociedades democráticas.»

Original: «When the rate of return on capital exceeds the rate of growth of output and income, capitalism automatically generates arbitrary and unsustainable inequalities that radically undermine the meritocratic values on which democratic societies are based.»

El capital en el siglo XXI, Introducción (2013)

Sutileza / error común

Piketty no es marxista. Es un economista liberal-igualitario en la tradición de Rawls y la socialdemocracia europea. Su propuesta política central es un impuesto progresivo global sobre el patrimonio, no la abolición del capital ni la planificación. Su afirmación r > g no es ley universal: es una constatación empírica sobre datos históricos largos, sujeta a debate, y él mismo la matizó en «American Economic Review» (2015) como «uno de los factores» de la desigualdad, no el único. Confundir su crítica empírica con marxismo es error común en debate público español.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Thomas Piketty también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

El capital en el siglo XXI

Thomas Piketty · 2013 · FCE

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