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Referente del test

Friedrich A. Hayek.

1899-1992

Sostiene que ninguna autoridad central puede reunir el conocimiento disperso, tácito y local que poseen millones de agentes, y que el sistema de precios es el mecanismo descentralizado que coordina ese conocimiento sin necesidad de planificador.

La vida

Friedrich August von Hayek nació en Viena el 8 de mayo de 1899, en los últimos años del imperio de los Habsburgo y en una familia de científicos: su padre, August von Hayek, era médico municipal y botánico, y llegó a enseñar botánica en la Universidad de Viena; su madre, Felicitas Juraschek, procedía de una familia acomodada de funcionarios y académicos. Por parte materna era primo segundo de Ludwig Wittgenstein, y esa relación familiar hizo que estuviera entre los primeros lectores del «Tractatus» cuando apareció en alemán en 1921. En 1917 se alistó en un regimiento de artillería del ejército austrohúngaro y sirvió en el frente italiano; volvió con el oído izquierdo dañado, un detalle con el que seguía bromeando sesenta años después. Contó más tarde que fue esa guerra, y el deseo de entender los errores que la habían provocado, lo que lo empujó hacia la economía. El imperio por el que había combatido se deshizo, Austria abolió la nobleza por ley en 1919 y él firmó desde entonces como F. A. Hayek.

Estudió en la Universidad de Viena entre 1918 y 1921, dentro de la facultad de derecho, que es donde se enseñaba economía. Salió con dos doctorados: en derecho en 1921 y en ciencias políticas en 1923. Durante un cierre temporal de la universidad pasó una temporada en el instituto de anatomía cerebral de Constantin von Monakow tiñendo células nerviosas, y de ahí y de su lectura de Ernst Mach salió su primer proyecto intelectual, un manuscrito de 1920 sobre la formación de la conciencia que tardaría treinta y dos años en publicarse. Políticamente empezó cerca del socialismo democrático de su maestro Friedrich von Wieser: encontraba el marxismo rígido, pero su fase socialista moderada duró hasta los veintitrés años y terminó al leer «Socialismo» de Ludwig von Mises. Fue Wieser quien lo recomendó a Mises, que lo contrató en la oficina que liquidaba los detalles jurídicos y económicos del Tratado de Saint-Germain, donde trabajó de 1921 a 1926. Ese empleo le abrió el seminario privado de Mises, con Fritz Machlup, Alfred Schütz, Felix Kaufmann y Gottfried Haberler. Entre marzo de 1923 y junio de 1924 estuvo en Nueva York como ayudante de investigación de Jeremiah Jenks, compilando datos sobre la Reserva Federal; fueron meses pobres y solitarios. De vuelta en Viena, en 1927 fundó con Mises el Instituto Austriaco de Investigación del Ciclo Económico y lo dirigió hasta 1931. En agosto de 1926 se había casado con Helen Berta Maria von Fritsch, secretaria en la oficina donde trabajaba, con la que tuvo dos hijos.

En 1931 Lionel Robbins, recién puesto al frente de la London School of Economics y decidido a construir un contrapeso a Cambridge, lo invitó a dar cuatro conferencias para estudiantes avanzados. Esas conferencias se publicaron como «Prices and Production» y le valieron la cátedra Tooke a los treinta y dos años. Lo que siguió fue el duelo más célebre de la economía del siglo XX: Keynes calificó el libro de «uno de los enredos más espantosos que he leído nunca», encargó a Piero Sraffa una réplica demoledora, y en octubre de 1932 los dos bandos se enfrentaron por carta abierta en «The Times» sobre si el ahorro privado ayudaba o agravaba la depresión. Hayek perdió esa discusión en público y, durante los años cuarenta, su obra técnica quedó prácticamente desatendida salvo por las críticas de Nicholas Kaldor; el propio Robbins acabó lamentando el libro austriaco que había escrito y aceptando buena parte de los argumentos keynesianos. Se nacionalizó británico en 1938, el año del Anschluss, y conservó esa nacionalidad el resto de su vida; había dejado Viena a principios de los años treinta y ya no volvería a vivir en Austria.

«Camino de servidumbre», publicado en Londres en marzo de 1944 con una dedicatoria «a los socialistas de todos los partidos», lo sacó del mundo académico. El racionamiento de papel de guerra lo convirtió en Gran Bretaña en «ese libro inencontrable», y en abril de 1945 el «Reader's Digest» publicó una condensación por iniciativa de su editor Max Eastman: esa versión abreviada, no el libro, es la que leyeron millones de norteamericanos y la que fijó su fama pública. En 1947 convocó en Mont Pèlerin, sobre el lago Lemán, la reunión de la que salió la sociedad del mismo nombre. Su vida personal se rompió en esos mismos años: había reanudado tras la guerra una relación con una prima con la que se había querido de joven, se trasladó a Arkansas para acogerse a su legislación permisiva de divorcio, se separó de Fritsch en julio de 1950 y se casó semanas después con Helene Bitterlich. El episodio provocó un escándalo en la LSE, donde algunos colegas dejaron de tratarle, y lo dejó en mala situación económica. Ese mismo año dejó Londres por la Universidad de Chicago, y conviene el matiz: no entró en el departamento de economía sino en el Committee on Social Thought, y su sueldo no lo pagaba la universidad sino una fundación externa, el William Volker Fund.

En 1962 volvió a Europa como catedrático en Friburgo, donde se jubiló en 1968. Pasó luego a Salzburgo entre 1969 y 1977, un traslado del que escribió sin rodeos que había sido un error: el departamento era pequeño y la biblioteca insuficiente. Regresó a Friburgo y allí se quedó. Fueron años de mala salud y de episodios depresivos, y trabajó en «Derecho, legislación y libertad» en los intervalos en que se encontraba mejor. En 1974 compartió el Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel con Gunnar Myrdal, socialdemócrata sueco y contrincante suyo desde los años treinta, una pareja que sorprendió a todo el mundo. Recibió la Orden de los Compañeros de Honor británica en 1984 y la Medalla Presidencial de la Libertad, que le concedió George H. W. Bush en 1991. Murió en Friburgo el 23 de marzo de 1992, a los noventa y dos años. Fue enterrado el 4 de abril según el rito católico en el cementerio de Neustift am Walde, a las afueras del norte de Viena, en la ciudad de la que había salido seis décadas antes.

La obra

Su primera obra es técnica y hoy es la menos leída. «Geldtheorie und Konjunkturtheorie» (1929, en inglés «Monetary Theory and the Trade Cycle», 1933) y «Prices and Production» (1931) formulan la teoría austriaca del ciclo: la expansión del crédito que empuja el tipo de interés por debajo de su nivel natural deforma la estructura temporal de la producción, atrayendo inversión hacia etapas demasiado alejadas del consumo, y la crisis es la liquidación de esa mala asignación. El adversario era doble: los teóricos del subconsumo y el Keynes del «Treatise on Money» (1930). La consecuencia práctica es incómoda y explica por qué perdió: si la recesión es el ajuste, estimular la demanda agregada no la cura, la aplaza. «The Pure Theory of Capital» (1941) fue su intento de dar a ese esquema el fundamento que le faltaba. Es su libro más árido y el último de economía técnica pura que escribió.

El giro llega con «Economics and Knowledge», el discurso presidencial que leyó ante el London Economic Club el 10 de noviembre de 1936. Ahí desplaza la pregunta entera: el análisis del equilibrio, dice, es un conjunto de tautologías, y lo único empírico de la teoría económica son proposiciones sobre cómo se adquiere y se comunica el conocimiento. El contexto era la polémica sobre el cálculo socialista. Mises había sostenido en 1920 que sin propiedad privada de los medios de producción no hay precios y sin precios no hay cálculo posible; Oskar Lange y Abba Lerner replicaron en los años treinta con modelos de socialismo de mercado en los que una junta central simula los precios por tanteo. Hayek, en «Collectivist Economic Planning» (1935, que editó) y en los tres ensayos sobre cálculo socialista recogidos en «Individualism and Economic Order» (1948), cambió el terreno de la discusión: la objeción ya no es que el cómputo sea inabarcable, sino que el conocimiento relevante es tácito, local y solo existe en el acto de usarlo, de modo que ninguna junta puede recibirlo aunque quiera. Es el momento en que deja de ser economista técnico y pasa a filósofo social.

De la guerra salen tres libros muy distintos entre sí. «Camino de servidumbre» (1944) es un argumento dirigido a la opinión británica, no un tratado: sostiene que la planificación del rumbo económico exige un acuerdo sobre fines que una sociedad plural no puede dar, y que por eso el plan acaba necesitando coacción para completar lo que la deliberación no cierra; el título venía de la expresión «camino de servidumbre» de Tocqueville. «La contrarrevolución de la ciencia» (ensayos de 1941-1944, libro en 1952) ataca el cientificismo, el traslado mecánico de los métodos de la física a los asuntos humanos, y lo rastrea hasta Saint-Simon y Comte. Y «The Sensory Order» (1952), que no es economía en absoluto: es un tratado de psicología teórica desarrollado a partir de aquel manuscrito de 1920, que describe el cerebro como un sistema jerárquico de clasificación, una red de conexiones que ordena los estímulos en lugar de leer el mundo tal cual es. Su núcleo, formulado en el manuscrito de 1920, se adelanta a la regla de aprendizaje que Hebb publicaría en 1949 y no lo leyó casi nadie, pero es el suelo epistemológico de todo lo que dirá después sobre conocimiento disperso.

La última etapa es jurídica y constitucional. «Los fundamentos de la libertad» (1960) es su exposición sistemática de la libertad como ausencia de coacción arbitraria, y cierra con un epílogo, «Por qué no soy conservador», en el que se desmarca del conservadurismo por carecer de dirección propia y limitarse a frenar, y reivindica para sí la etiqueta whig. «Derecho, legislación y libertad», en tres volúmenes (1973, 1976 y 1979), distingue el derecho que crece del derecho que se fabrica, argumenta en el segundo tomo que aplicar la idea de justicia al resultado de un proceso impersonal es un error de categoría, y propone en el tercero un diseño constitucional de dos cámaras para acotar lo que llama democracia ilimitada. «La desnacionalización del dinero» (Institute of Economic Affairs, 1976) propone acabar con el monopolio estatal de emisión y dejar competir monedas privadas. «La fatal arrogancia» (1988) cierra el catálogo, aunque su autoría está en disputa académica: apareció como volumen primero de las obras completas bajo la edición de W. W. Bartley III, y hay especialistas que sostienen que el texto publicado es en buena medida de Bartley y no de Hayek.

Cómo se le ha leído

El propio Nobel de 1974 arrastra un malentendido. La Academia sueca justificó el premio afirmando, entre otras cosas, que Hayek «fue uno de los pocos economistas que advirtió de la posibilidad de una crisis económica grave antes de que llegara el gran crac en el otoño de 1929». No se ha encontrado texto suyo con esa predicción, y sí lo contrario: el 26 de octubre de 1929, tres días antes del desplome, escribió que no había motivo para esperar un hundimiento súbito de la bolsa de Nueva York. Él aprovechó la conferencia de aceptación para hacer algo que no se esperaba de un premiado: atacar a su propia disciplina («como profesión, hemos hecho un desastre») y advertir contra la pretensión de conocimiento exacto en fenómenos de complejidad esencial. La imagen con la que cerró, el jardinero que cultiva un crecimiento en vez del artesano que moldea su pieza, se lee hoy tanto como argumento sobre los límites de la modelización como por su contenido económico.

La apropiación política llegó después y fue rápida. Desde Mont Pèlerin en 1947 y desde el impulso al Institute of Economic Affairs, Hayek construyó una red de instituciones cuyo efecto tardó treinta años en verse y luego se vio de golpe. La escena más citada es de 1975: en una reunión del departamento de estudios del Partido Conservador británico, mientras un ponente defendía la vía intermedia, Margaret Thatcher sacó del maletín «Los fundamentos de la libertad», lo levantó y dijo «esto es lo que nosotros creemos» antes de golpearlo contra la mesa. El relato procede de un asistente, John Ranelagh, y conviene acompañarlo de dos correcciones: el trato real entre ambos fue escaso, una o dos veces al año, y el libro que ella exhibió termina con un epílogo dedicado a explicar por qué su autor no era conservador. En España su recepción es sobre todo editorial: Unión Editorial mantiene una colección de obras completas y Alianza publica «Camino de servidumbre», mientras su nombre circula en el debate público como sinónimo de mercado libre a secas, que es la lectura más delgada posible.

Se le tergiversa en las dos direcciones. Por un lado, la caricatura del enemigo del Estado: no lo era, admite un mínimo garantizado y un seguro obligatorio frente a riesgos comunes, y lo que rechaza es la dirección discrecional de la economía, no las reglas generales; tampoco es Friedman ni Rothbard, que son tradiciones distintas. Y no era conservador, cosa que él mismo se molestó en escribir. Por otro lado, sus defensores tienden a saltarse Chile. Visitó el país en 1977 y en 1981 bajo la junta militar y aceptó la presidencia honoraria del Centro de Estudios Públicos; preguntado por «El Mercurio» en 1981, respondió que como institución permanente estaba totalmente en contra de las dictaduras pero que una dictadura podía ser un sistema necesario para un periodo de transición, y que personalmente prefería un dictador liberal a un gobierno democrático sin liberalismo. En una carta a «The Times» de 1978 afirmó no haber encontrado a nadie, ni siquiera en el muy vilipendiado Chile, que no reconociera más libertad personal bajo Pinochet que bajo Allende. Su defensa era que autoritarismo y totalitarismo no son lo mismo; si esa distinción aguanta es exactamente lo que discuten sus críticos. En el mismo registro incómodo están su carta a «The Times» de 1978 respaldando las declaraciones de Thatcher sobre inmigración y comentarios sobre grupos étnicos que ya en su época se le reprocharon. En el ámbito académico se le ha leído en serio y sin comprarlo entero: Amartya Sen ha discutido la justificación puramente procedimental del resultado de mercado, Theodore Burczak intentó en «Socialism After Hayek» aceptar el argumento del conocimiento y construir un socialismo compatible con él, y el debate reciente sobre el llamado tecnosocialismo vuelve sobre la pregunta de si la capacidad de cómputo actual resuelve lo que él declaró irresoluble.

Fuentes de esta biografía · 7

  1. «The particular occasion of this lecture, combined with the chief practical problem which economists have to face today, have made the choice of its topic almost inevitable. […] We have indeed at the moment little cause for pride: as a profession we have made a mess of things.»

    F. A. Hayek, «The Pretence of Knowledge», conferencia en memoria de Alfred Nobel, Estocolmo, 11 de diciembre de 1974, párrafo inicial. Fuente primaria. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  2. «that many of the institutions on which human achievements rest have arisen and are functioning without a designing and directing mind; that, as Adam Ferguson expressed it, “nations stumble upon establishments, which are indeed the result of human action but not the result of human design”; and that the spontaneous collaboration of free men often creates things which are greater than their individual minds can ever fully comprehend.»

    F. A. Hayek, «Individualism: True and False» (conferencia Finlay, University College Dublin, 17 de diciembre de 1945), en Individualism and Economic Order, University of Chicago Press, 1948, cap. I, p. 7. Fuente primaria. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  3. «This book owes its existence to an invitation by the University of London to deliver during the session 1930-31 four lectures to advanced students in economics, and in the form in which it was first published it literally reproduced these lectures.»

    F. A. Hayek, Prices and Production, 2.ª ed. revisada y ampliada, Londres, George Routledge & Sons, 1935, «Preface to the Second Edition», p. vii. Fuente primaria. fuente

  4. «The central values of civilization are in danger. Over large stretches of the Earth's surface the essential conditions of human dignity and freedom have already disappeared. In others they are under constant menace from the development of current tendencies of policy.»

    «Statement of Aims», documento fundacional suscrito por los asistentes a la reunión convocada por Hayek en Mont Pèlerin (Vaud, Suiza) el 8 de abril de 1947. fuente

  5. «Perhaps, partly due to this more profound analysis, he was one of the few economists who gave warning of the possibility of a major economic crisis before the great crash came in the autumn of 1929.»

    Real Academia Sueca de Ciencias, nota de prensa del Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel de 1974, concedido a Gunnar Myrdal y Friedrich von Hayek. fuente

  6. «1917-1918 War service, Austro-Hungarian Army (Italian Front). 1921-1926 Legal Consultant, Austrian government, for carrying out provisions of Peace Treaty. […] 1950-1962 Professor of Social and Moral Science, University of Chicago (Committee on Social Thought).»

    Fundación Nobel, ficha biográfica oficial de Friedrich August von Hayek, secciones «Academic Appointments» y «Others». fuente

  7. «Hayek grew up in a glorious age of Viennese culture only to see it evaporate before his eyes with WWI, the Great Depression, the rise of socialism and fascism, WWII, and the Cold War. Hayek fought in WWI. He was among those who left Vienna in the early 1930s never to return.»

    David Schmidtz y Peter Boettke, «Friedrich Hayek», Stanford Encyclopedia of Philosophy, revisión sustantiva de 28 de febrero de 2025, §6 «The Austrian School and the Open Society». fuente

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Económico · polo MercadoCamino de servidumbre · 1944

Sostiene que ninguna autoridad central puede reunir el conocimiento disperso, tácito y local que poseen millones de agentes, y que el sistema de precios es el mecanismo descentralizado que coordina ese conocimiento sin necesidad de planificador.

«Debemos contemplar el sistema de precios como un mecanismo para comunicar información si queremos entender su función real. Lo más significativo es la economía de conocimiento con que opera: lo poco que cada participante necesita saber para poder actuar correctamente.»

Original: «We must look at the price system as such a mechanism for communicating information if we want to understand its real function… how little the individual participants need to know in order to be able to take the right action.»

Sutileza / error común

Hayek no es Friedman ni un anti-Estado puro. En «Camino de servidumbre» (Cap. IX) defiende explícitamente que en una sociedad rica como las modernas debe garantizarse a todos un mínimo de subsistencia: «un mínimo de comida, techo y ropa, suficiente para preservar la salud y la capacidad de trabajar, puede garantizarse a todos». Defiende también seguro obligatorio frente a riesgos comunes y regulación por reglas generales (rule of law). Lo que rechaza es la planificación discrecional del rumbo económico, no el Estado de bienestar mínimo ni la regulación general. Confundir orden espontáneo (Hayek) con monetarismo (Friedman) o con anarcocapitalismo (Rothbard) es un error común: son tres tradiciones distintas dentro del liberalismo económico.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que Friedrich A. Hayek también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Camino de servidumbre

F. A. Hayek · 1944 · Alianza Editorial

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