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Referente del test

John Maynard Keynes.

1883-1946

Argumenta que las economías de mercado pueden quedar atrapadas en equilibrios de subempleo persistente porque el ahorro no se traduce automáticamente en inversión, y que la política fiscal y monetaria del Estado debe compensar la insuficiencia de la demanda agregada para sostener el pleno empleo.

La vida

John Maynard Keynes nació en Cambridge el 5 de junio de 1883, en una familia académica de clase media alta. Su padre, John Neville Keynes, era economista y profesor de ciencias morales en la universidad; su madre, Florence Ada Brown, fue reformadora social. Empezó a los cinco años en el parvulario de la Perse School for Girls, siguió en la escuela preparatoria de St Faith's y en 1897 ganó una beca real para Eton, donde destacó en matemáticas, clásicas e historia y obtuvo en 1901 el premio Tomline de matemáticas. Entró en el King's College de Cambridge a estudiar matemáticas y se graduó con la máxima calificación en 1904. Conviene subrayar un detalle que explica bastante de su estilo: su formación reglada en economía se reduce a un trimestre de clases seguidas como oyente cuando ya era posgraduado. La disciplina en la que se le recuerda nunca fue su titulación. En Cambridge fue miembro activo de la sociedad semisecreta de los Apóstoles, presidió la Cambridge Union y el club liberal universitario, y le marcó la ética de G. E. Moore, que situaba los estados mentales valiosos, el afecto y la contemplación de la belleza, por encima de la regla y del cálculo de consecuencias.

Aprobó las oposiciones al servicio civil en 1906 y en octubre entró de funcionario en la India Office, el departamento que administraba la India británica desde Londres. El puesto le aburrió pronto: dimitió en 1908 y volvió a Cambridge con una plaza docente cuyo sueldo pagaron de su bolsillo Alfred Marshall y Arthur Pigou. En 1909 fue elegido fellow del King's y publicó su primer artículo profesional en el «Economic Journal», sobre los efectos de la crisis mundial en la India; en 1911, con veintiocho años, pasó a dirigir esa revista. La Primera Guerra Mundial lo llevó al Tesoro, donde se ocupó de la financiación exterior del esfuerzo bélico. Al implantarse el reclutamiento obligatorio en 1916 solicitó la exención como objetor de conciencia, que le fue concedida en la práctica por su trabajo para el Gobierno: una posición incómoda ante sus amigos pacifistas de Bloomsbury, que le reprochaban alegar conciencia mientras financiaba la guerra. En 1917 fue nombrado Compañero de la Orden del Baño y en 1919 fue el representante oficial del Tesoro en la Conferencia de Paz de París. Dimitió el 7 de junio de aquel año, al concluir que el borrador del tratado ya no iba a cambiar, y escribió en pocos meses «Las consecuencias económicas de la paz». El libro lo hizo célebre en todo el mundo y a la vez impresentable para su propia administración: durante más de una década no volvió a tener cargo formal en el Gobierno británico e influyó desde fuera, con artículos, comités y una red de contactos.

Su vida privada no encaja en la estampa del tecnócrata. Perteneció al grupo de Bloomsbury, y sus primeras relaciones fueron exclusivamente con hombres, entre ellas la que mantuvo con el pintor Duncan Grant entre 1908 y 1915; durante años llevó un registro escrito de sus encuentros. En 1925 se casó con la bailarina rusa Lidia Lopokova, de los Ballets Rusos, y se instaló en la granja de Tilton, en Sussex. Coleccionó pintura (Cézanne, Degas, Modigliani, Braque, Picasso, Seurat), y compró en subasta buena parte de los manuscritos alquímicos y teológicos de Isaac Newton, que legó al King's y que hoy se citan en la investigación newtoniana como los Keynes Manuscripts. También ganó y perdió dinero de verdad: invirtió por cuenta propia, gestionó el fondo de su colegio y presidió la aseguradora National Mutual. La crisis de 1929 estuvo a punto de arruinarlo y su padre tuvo que socorrerlo; murió con un patrimonio de algo menos de 500.000 libras.

Hay un dato que las semblanzas divulgativas suelen omitir y que conviene registrar: fue partidario de la eugenesia durante toda su vida adulta. Fue tesorero de la Cambridge University Eugenics Society en 1911 y director de la British Eugenics Society entre 1937 y 1944. El 14 de febrero de 1946, dos meses antes de morir, presidió en Manson House la entrega de la primera medalla de oro Galton y describió la eugenesia como la rama de la sociología «más importante, significativa y, añadiría, más genuina que existe». Se opuso siempre a la esterilización forzosa y a la eutanasia involuntaria, y su interés se centraba en la población y la fecundidad más que en la raza. Nada de eso convierte el compromiso en anecdótico: duró treinta y cinco años y quedó por escrito.

En 1937 sufrió un infarto que le obligó a largos periodos de reposo y lo dejó al margen del debate teórico que su propio libro había desatado. Se recuperó en parte en 1939 y dedicó los años que le quedaban a la economía aplicada: asesoró al Tesoro durante la Segunda Guerra Mundial, publicó «Cómo pagar la guerra» en 1940, fue nombrado barón Keynes de Tilton en 1942 y ocupó escaño de liberal en la Cámara de los Lores. En 1944 encabezó la delegación británica en Bretton Woods y presidió allí la comisión del Banco Mundial. Fue además el presidente fundador del Arts Council de Gran Bretaña, nacido del organismo de fomento cultural de guerra que él había ayudado a financiar. Las negociaciones del préstamo angloamericano lo agotaron: del tramo celebrado en Savannah (Georgia) en marzo de 1946 dijo que había sido «un infierno absoluto». Semanas después, el 21 de abril de 1946, murió de un infarto en Tilton, a los 62 años. En contra de su voluntad, que era reposar en la cripta del King's, sus cenizas se esparcieron en las colinas sobre la granja. Sus dos padres le sobrevivieron.

La obra

Antes de ser el economista de la crisis fue un técnico monetario y un filósofo de la probabilidad. «Indian Currency and Finance» (1913) salió de su paso por la India Office: analiza con detalle el patrón de cambio oro que la India usaba de hecho, una moneda interior barata de plata y papel mantenida artificialmente a la par con el oro para los pagos exteriores, y en lugar de tratarlo como un apaño colonial lo presenta como el elemento esencial de la moneda ideal del futuro. El libro le valió el nombramiento para la Comisión Real sobre Moneda y Finanzas Indias. «A Treatise on Probability» (1921), redactado antes de la guerra a partir de su tesis para la fellowship del King's, es su obra filosófica: sostiene que la probabilidad es una relación lógica entre proposiciones, un grado de creencia racional que en muchos casos no es medible con un número ni siquiera comparable con otro. Esa tesis es la raíz de lo que después llamará incertidumbre, y explica su desconfianza permanente hacia el uso de series estadísticas como si fueran conocimiento del futuro. Quien lea la obra económica sin la filosófica se pierde de dónde viene la mitad del argumento.

El Keynes polemista nace de una dimisión. «Las consecuencias económicas de la paz» (1919) no discute con economistas sino con los vencedores de Versalles: sostiene que las reparaciones exigidas a Alemania eran incobrables y que arruinar el centro de Europa arruinaría a los acreedores, e incluye retratos demoledores de Clemenceau y Wilson. «A Revision of the Treaty» (1922) es su secuela. En el mismo libro de 1919 está el pasaje que más incomoda a quienes lo tienen por inflacionista: Keynes da la razón a Lenin sobre que envilecer la moneda es el modo más seguro de derribar el orden social existente. «A Tract on Monetary Reform» (1923) desarrolla esa preocupación en positivo, contra el patrón oro y a favor de una gestión deliberada del nivel de precios, y contiene su frase más citada y peor entendida sobre el largo plazo. «Las consecuencias económicas de Mr. Churchill» (1925) es el corolario práctico: devolver la libra al oro a la paridad de preguerra obligaba a forzar a la baja todos los salarios monetarios del país sin decirlo en voz alta, y Keynes acusa a los expertos del Tesoro, no al ministro, de no haber hecho la cuenta.

Entre 1925 y 1933 escribió los ensayos que definen su posición política, y no la que se le atribuye. «Am I a Liberal?» (1925) descarta a conservadores y laboristas uno tras otro y explica por qué: el partido laborista es un partido de clase y no es su clase. «A Short View of Russia» (1925) es un rechazo frontal del comunismo soviético, tanto por sus métodos como por su texto sagrado, que llama libro de economía obsoleto. «El final del laissez-faire» (1926), nacido de la conferencia Sidney Ball en Oxford en 1924 y de una charla en Berlín en 1926, ataca la metafísica del mercado y no el mercado: niega que exista una libertad natural en lo económico y propone un criterio de reparto de tareas que sigue siendo su formulación más limpia, la de que el Estado debe hacer lo que no hace nadie, no hacer un poco mejor o un poco peor lo que ya hacen los particulares. «Economic Possibilities for our Grandchildren» (1930) es el ensayo optimista escrito en el peor momento posible: predice que el problema económico quedará resuelto en un siglo y que entonces la humanidad tendrá que aprender a vivir con quince horas de trabajo semanal. «National Self-Sufficiency» (1933) es el más incómodo de todos, porque el librecambista de formación marshalliana escribe allí que las ideas y el arte deben ser internacionales pero que las mercancías conviene hacerlas en casa y las finanzas, sobre todo, mantenerlas nacionales.

La obra teórica llega en dos entregas. «A Treatise on Money» (1930), en dos volúmenes, todavía razona dentro del marco heredado y no acaba de salir de él. «La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero» (1936) rompe con Pigou y con los postulados clásicos del mercado de trabajo, y en su capítulo 12 devuelve al centro la filosofía de 1921: las decisiones de inversión no se toman con medias ponderadas de probabilidades sino por un impulso espontáneo a la acción, y cuando el mercado bursátil organiza la liquidez de esas decisiones, la formación de capital de un país acaba siendo un subproducto de un casino. El libro discute a la vez con los liquidacionistas y con quienes proponían socializar la economía, y su capítulo final defiende el individualismo como la mejor garantía de la libertad personal. Cierra la serie «Cómo pagar la guerra» (1940), el texto que más desmiente la caricatura: ante una economía con exceso de demanda, Keynes propone impuestos altos y ahorro obligatorio, es decir, préstamos forzosos de los trabajadores al Estado, precisamente para no financiar la guerra con déficit y no provocar inflación.

Cómo se le ha leído

Su recepción empezó por una traducción técnica. En 1937 John Hicks publicó en «Econometrica» una lectura de la «Teoría general» en forma de dos curvas, el modelo que acabaría llamándose IS-LM, y con Alvin Hansen y después con los manuales de posguerra esa versión se convirtió en el keynesianismo enseñable. El propio Keynes apenas participó en esa discusión: el infarto de 1937 lo apartó justo cuando su libro empezaba a ser interpretado. El resultado es una obra domesticada, en la que la incertidumbre no medible desaparece y queda un mecanismo de ajuste de la demanda agregada. La reacción vino de Cambridge: Joan Robinson bautizó como keynesianismo bastardo a esa síntesis, y los poskeynesianos, en particular Hyman Minsky con su hipótesis de la inestabilidad financiera, volvieron al capítulo 12 y al dinero como refugio frente a la incertidumbre. El mejor testigo de cargo es el propio Hicks, que en 1980 publicó en el «Journal of Post Keynesian Economics» una revisión escéptica del modelo que él mismo había inventado.

Las apropiaciones políticas van en las dos direcciones y las dos tienen problemas. La izquierda lo reclama como padre del Estado del bienestar, cuando él nunca militó en el laborismo, escribió que en la guerra de clases lo encontrarían del lado de la burguesía culta y publicó un rechazo explícito del comunismo soviético. Cierta crítica liberal y libertaria hace el movimiento inverso y usa una frase del prólogo que escribió para la edición alemana de 1936, donde dice que una teoría del producto en su conjunto se adapta más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la teoría de la producción en competencia; leída entera es una observación metodológica sobre el alcance del aparato analítico, y el capítulo 24 del mismo libro llama a la pérdida de la variedad de la vida la mayor de las pérdidas del Estado totalitario. La tergiversación más extendida, sin embargo, es la de la frase sobre el largo plazo: se cita como si fuera una declaración de cortoplacismo o de indiferencia hacia el futuro, cuando la frase siguiente aclara que es un reproche de método a los economistas que solo saben decir que, pasada la tormenta, el océano vuelve a estar en calma. La cuarta lectura floja es la que iguala keynesianismo y déficit permanente: su regla es contracíclica en los dos sentidos, y el texto donde aplica su teoría a una economía recalentada, «Cómo pagar la guerra», propone subir impuestos y forzar el ahorro.

Su fortuna intelectual ha ido por ciclos. Hegemonía casi completa en la política económica occidental hasta los años setenta; hundimiento con la estanflación, el monetarismo y la crítica de las expectativas racionales, hasta el punto de que hacia 1980 Robert Lucas observaba que a muchos economistas les ofendía que los llamaran keynesianos; vuelta parcial desde mediados de los ochenta; y regreso masivo con la crisis financiera de 2008 y los planes de estímulo, seguido del debate sobre la austeridad en la zona euro, que fue en buena medida una discusión sobre él con otros nombres. También ha vuelto la pieza que perdió en vida: el plan de una unión internacional de compensación con una moneda de cuenta propia, el bancor, que en Bretton Woods fue derrotado por el plan estadounidense de Harry Dexter White, reaparece cada vez que se discuten los desequilibrios globales de balanza de pagos. La biografía en tres volúmenes de Robert Skidelsky, publicada entre 1983 y 2000, fijó el retrato erudito. Lo que sigue abierto no es si tenía razón, sino cuál de sus dos herencias es la principal: la técnica de gestión de la demanda que enseñan los manuales, o la tesis de que las decisiones económicas más importantes se toman sin base probabilística y de que ninguna cantidad de matemáticas arregla eso.

Fuentes de esta biografía · 7

  1. «Speaking as a theorist, I believe that it contains one essential element—the use of a cheap local currency artificially maintained at par with the international currency or standard of value (whatever that may ultimately turn out to be)—in the ideal currency of the future.»

    John Maynard Keynes, «Indian Currency and Finance» (1913), cap. II, «The Gold-Exchange Standard», final del capítulo. fuente

  2. «The writer of this book was temporarily attached to the British Treasury during the war and was their official representative at the Paris Peace Conference up to June 7, 1919; he also sat as deputy for the Chancellor of the Exchequer on the Supreme Economic Council. He resigned from these positions when it became evident that hope could no longer be entertained of substantial modification in the draft Terms of Peace.»

    John Maynard Keynes, «The Economic Consequences of the Peace», Prefacio, fechado en King's College, Cambridge, noviembre de 1919. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

  3. «But this long run is a misleading guide to current affairs. In the long run we are all dead. Economists set themselves too easy, too useless a task if in tempestuous seasons they can only tell us that when the storm is long past the ocean is flat again.»

    John Maynard Keynes, «A Tract on Monetary Reform» (1923), cap. III, secc. I, «The Quantity Theory of Money». fuente

  4. «To begin with, it is a class party, and the class is not my class. If I am going to pursue sectional interests at all, I shall pursue my own. When it comes to the class struggle as such, my local and personal patriotisms, like those of every one else, except certain unpleasant zealous ones, are attached to my own surroundings. I can be influenced by what seems to me to be Justice and good sense; but the Class war will find me on the side of the educated bourgeoisie.»

    John Maynard Keynes, «Am I a Liberal?» (1925), recogido en «Essays in Persuasion» (1931), parte IV. fuente · sostiene 3 pasajes de esta ficha

  5. «The important thing for government is not to do things which individuals are doing already, and to do them a little better or a little worse; but to do those things which at present are not done at all.»

    John Maynard Keynes, «The End of Laissez-faire» (1926), secc. V, sobre la «Agenda» del Estado. fuente

  6. «Speculators may do no harm as bubbles on a steady stream of enterprise. But the position is serious when enterprise becomes the bubble on a whirlpool of speculation. When the capital development of a country becomes a by-product of the activities of a casino, the job is likely to be ill-done.»

    John Maynard Keynes, «The General Theory of Employment, Interest and Money» (1936), cap. 12, «The State of Long-term Expectation», secc. VI. fuente

  7. «But, above all, individualism, if it can be purged of its defects and its abuses, is the best safeguard of personal liberty in the sense that, compared with any other system, it greatly widens the field for the exercise of personal choice. It is also the best safeguard of the variety of life, which emerges precisely from this extended field of personal choice, and the loss of which is the greatest of all the losses of the homogeneous or totalitarian state.»

    John Maynard Keynes, «The General Theory of Employment, Interest and Money» (1936), cap. 24, «Concluding Notes on the Social Philosophy towards which the General Theory might Lead», secc. III. fuente · sostiene 2 pasajes de esta ficha

Se citan las obras y no los comentarios sobre ellas siempre que la obra está accesible. Donde solo hay literatura secundaria, se dice cuál.

Sección 02

Qué sostiene,
con la cita.

Cada cita está verificada contra fuente primaria, con libro, capítulo y año. Donde la recepción popular deforma al autor, lo decimos.

Económico · polo Estado / IntervenciónTeoría general de la ocupación, el interés y el dinero · 1936

Argumenta que las economías de mercado pueden quedar atrapadas en equilibrios de subempleo persistente porque el ahorro no se traduce automáticamente en inversión, y que la política fiscal y monetaria del Estado debe compensar la insuficiencia de la demanda agregada para sostener el pleno empleo.

«Los defectos sobresalientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar pleno empleo y su distribución arbitraria e injusta de la riqueza y los ingresos.»

Original: «The outstanding faults of the economic society in which we live are its failure to provide for full employment and its arbitrary and inequitable distribution of wealth and incomes.»

Sutileza / error común

Keynes no es socialista ni anticapitalista: su proyecto explícito es salvar al capitalismo de sus crisis ampliando el papel coordinador del Estado, no abolirlo. Defiende propiedad privada, mercados de bienes y cálculo en precios. Se opuso al socialismo soviético. Distinguir Keynes de los keynesianismos posteriores es esencial: la síntesis neoclásica de Hicks-Samuelson reduce su teoría al modelo IS-LM y pierde elementos centrales (incertidumbre radical, expectativas no probabilísticas, papel del dinero como reserva de valor). Los post-keynesianos (Joan Robinson, Hyman Minsky) recuperan al original.

Sección 03

Contra quién
discute.

El test coloca a estos autores en el polo opuesto de algún eje que John Maynard Keynes también ocupa. Es donde está el desacuerdo real.

Sección 04

Por dónde
empezar.

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero

John M. Keynes · 1936 · FCE

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